Ya no les quieren

Mishima vivía de manera que jamás pudiera encontrarse en el brete de tener que defenderse echando mano a la espada… ¿Hay alguien que desee después de todo el triunfo? Solamente aquellos seres de probada estupidez, aquellos seres mezquinos. Las elecciones las gana siempre todo el mundo, sin embargo todos sabemos que son un juego como el fútbol, en el que se juega a ganar para seguir jugando, que como dicen los olímpicos organizadores de carreras populares, lo importante es participar. 

   La estrategia china apunta a ganar una batalla antes de haberla comenzado, pero el primado de las maniobras contra las batallas suele ser una confesión de impotencia. Como el empleo de la fuerza física en su sentido más lato no excluye en modo alguno la

cooperación de la inteligencia, quien emplee esa fuerza sin miramientos, sin economía de sangre, adquirirá superioridad si el enemigo no hace lo mismo. Los adversarios que trazan límites firman su inferioridad.

  Esos representantes del ocio con dignidad mediterráneo que viven en el sur de Europa se han quedado en casa, se han negado a participar en este juego de votar al partido ganador. Han permitido “ganar” al segundo. Ya nos dijeron que caso de no creer que los elegidos lo harían tan bien como nosotros lo que se tenía que hacer era votar al segundo. Es el metesaca, lo ondulante de la vida, el “cave ne cadas”, el “recuerda que eres un hombre” que el esclavo le repetía al vencedor en Roma cuando sostenía la corona de laurel sobre su cabeza mientras éste era aclamado por la multitud.

   Cuando ves a dos corriendo y no sabes por qué, puedes pensar que es posible que el que va delante sea el ladrón. La velocidad generada por la carrera competitiva de los Estados entre si causa más  miedo que nunca. Hasta ahora se trataba de ganar más, de tener más, marcaban el juego las altas presiones; a partir de ahora es no quedarse sin lo necesario para mantener un cierto decoro, el que marca el juego es el vacío. En el primer caso quien marca el ritmo es el ganador; en el segundo, aquel a quien cada vez le van peor las cosas. Con esto se halla relacionado el hecho de que el Estado se ve forzado en el segundo caso a someter permanentemente una parte de su población a unas intromisiones horrorosas.

  Que los que tienen más paro de Europa hayan dicho que ya no se lo creen, que ya no les quieren el día de las elecciones, puede entenderse como que si no quieren mi trabajo, para qué quieren mi voto. Se ha dicho que quieren seguir viviendo de los demás, que no quieren el capitalismo, no es de extrañar Hay dos tipos de poder: el de realizar las capacidades propias y el de utilizar y sacar provecho de las capacidades de los demás. Al primero se le puede llamar “poder de desarrollo” y al segundo “poder de extracción”. En una sociedad capitalista la inmensa mayoría carece del segundo y sólo cuenta con una cantidad “insignificante” del primero. 

  Si se da a los pobres la posibilidad de elegir entre tener libertades políticas y y satisfacer las necesidades económicas-lo que es darles libertades políticas – invariablemente eligen lo segundo. Por lo tanto, según este razonamiento existe una contradicción entre la práctica de la democracia y su justificación, a saber, la mayoría tendería a rechazar la democracia si se le diera a elegir… la verdadera cuestión no es lo que eligen en realidad los individuos sino lo que tienen  razones  para elegir.

   ¿Qué Sur es ese en el que el primer problema no es el pan sino el paro? Si el paro existe, es precisamente porque el objetivo del trabajo es ganar dinero, no el ser útil socialmente. El objetivo de los parados puede definirse como la reconquista del tiempo. Es por esa razón, precisamente, por lo que no hay tiempo para trabajar. 

  Y menos para escuchar los cuentos “oficiales” acerca del problema del paro. Cuentos como el de la impenetrabilidad del problema del paro, que es, por decirlo así, mucho más complicado; o el de que el gran auge de la sociedad de servicios vaya a salvar a la sociedad de trabajo; o que pretendan que creamos que baste reducir a su mínima expresión los costes laborales para que se esfume el problema del paro.

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