¿Y si el problema es Dios?

¿Y SI EL PROBLEMA ES DIOS? (I)

La Vanguardia

Gregorio Morán

 

Soy consciente de adentrarme en uno de esos temas delicados, de los que más vale no escribir si se quiere sobrevivir a estos tiempos de creyentes muy liberales siempre que no se trate de sus creencias. Se trata de un asunto sobre el que la gente se bloquea y apela a sus sentimientos más hondos, que en general suelen ser los más superficiales y más violentos, y lo que pretende alcanzar la altura de una meditación se transforma en una pelea o en una sarta de insultos descalificadores.

Aunque advierto que he de moverme en terreno minado, lo intentaré y de paso aprovecho para decir que ya es vergüenza que en el siglo XXI aún haya cuestiones sobre las que no se puede escribir sin herir supuestamente la sensibilidad de quienes no muestran sentimientos en cuestiones capitales de la vida y de la humanidad y del sufrimiento.

Pero eso sí, a «mi Dios» que no me lo toquen.

Fíjense por un momento en un detalle que es toda una categoría; en la breve declaración última de Ossama Bin Laden se cita exactamente o­nce veces a Dios y una sola a Andalucía, pues bien, lo de Andalucía es un elemento que genera todo tipo de comentarios pero lo de Dios ninguno.

Hay como un temor, nunca mejor dicho religioso, a enfocar el asunto desde la raíz del otro y no desde las concepciones nuestras, defensivas y autosatisfactorias. El terrorista suicida, islámico o cristiano, que también los hay aunque menos notorios -uno de los tabúes en nuestros medios de comunicación, como muy bien saben los periodistas que viven, sufren y trabajan en Euskadi, es el de los funerales religiosos por los mártires abertzales en el que los imanes católicos, popularmente conocidos como curas, dicen cosas que de leerlas el común les evocaría escenas que les escandalizan cuando las pronuncian los musulmanes barbados-, el terrorista, digo, basa su acto en el más allá.

Independientemente de las variedades de los textos sagrados, en ambas está presente la idea del cielo, del paraíso, del gozo junto a Dios que le acoge y por tanto le bendice. Esta monstruosidad que nadie se atreve la abordar es algo que me subleva; no porque la piensen -las creencias pertenecen a quien las tiene y están en su derecho a defenderlas- sino porque no se cuestiona el fondo del asunto que no es otro que ese diabólico, digo bien, diabólico paralelo de vida eterna y de paraíso, que para los creyentes resulta una obviedad. En otras palabras, que el canalla capaz de matar indiscriminadamente a centenares o decenas de ciudadanos, ya sean ancianos, señoras o niños, por el sencillo hecho de que les ha declarado la guerra, no lo haría si no tuviese la firme promesa del paraíso y por tanto de la bendición de su Dios. Lo de las huríes es ya un añadido para nosotros sarcástico y que da mucho juego para el humor, pero sin embargo no solemos hacer chistes sobre los ángeles asexuados, tan populares entre los católicos.

¿Quién carajo es el que garantiza la vida eterna? La Iglesia católica lleva siglos administrando la vida eterna con gran éxito de crítica y público. En Jerusalén hay un cementerio donde enterrarse cuesta una millonada y todo porque los rabinos aseguran que el día del Juicio Final será el primer lugar donde resucitarán los muertos. Ahora que son tan de uso las autocríticas históricas -una forma inane de quitarse la responsabilidad de encima, para encanto de los cándidos- sería bueno una revisión sobre este asunto. Para ilustrarlo yo suelo traer a colación un personaje por el que siento especial atracción, aquel inefable Marqués de Comillas, con plaza pública importante en Barcelona, que después de hacer una fortuna como negrero, entre otros jugosos negocios nada santos, se puso a bien con Dios, o al menos eso le debieron garantizar los jesuitas de la época, donándoles nada menos que la Universidad de Comillas, por citar su más notorio pacto con la Divinidad por mediación de los hombres tonsurados. ¿A ustedes les cabe en la cabeza que a hombre tan probo y tan desprendido, aunque sea tardíamente, se le haya podido negar el paraíso? Una complejísima tela de conceptos que recuerdo muy bien desde mi infancia, sobre los limbos y los purgatorios y los paraísos, sin huríes pero con muchos angelitos, lo que le daba un aire un poco mariquita al cielo, dicho sea sin ofender. Esos conceptos aún están ahí, y no en el subconsciente colectivo sino en la cotidianiedad de la vida intelectual de una inmensa mayoría de ciudadanos por más pobres e ignorantes que sean, y cuanto más pobres e ignorantes más creyentes. Lo cual se sostiene sobre una lógica aplastante: si no creyeran en el más allá ¿cómo iban a aguantar resignadamente el más acá?

Si no hay nadie, como muy bien reconocen los expertos en asunto tan controvertido, que pueda garantizar la vida eterna, por qué diantres la prometen y la hacen creer y pueden cometer los mayores crímenes en su nombre. Es verdad que cuando las sociedades se estabilizan y la gente se vuelve menos montaraz, la idea de Dios se convierte en amor, paz, comprensión y todo lo que hay de bueno entre las gentes, pero en cuanto surgen problemas y se fertilizan las angustias empieza la guerra de Dios,aquello que un criminal de guerra carlista, conocido como el Cura de Santa Cruz, denominaba «cristazos», matar a cristazos. (Los liberales de la época, para que no se diga, también mataban y con saña, pero al menos no creían que por eso se ganaban el cielo). Reconozcámoslo, el criminal ideológico es un invento religioso. Nació con el monoteísmo, con el dios único y verdadero. El totalitarismo lo hizo laico, pero la lección la aprendió de las Iglesias.

Mientras no conste lo contrario, la invención de Dios fue un asunto de los hombres, y digo bien de los hombres porque habría que rastrear hasta la magnífica Hildegarda, allá por el siglo XII, para encontrar mujeres notables en el campo del desarrollo ideológico de esa invención. Y sobre todo porque no conozco ninguna religión que no sea discriminatoria hacia la mujer, cosa que no lo eran en ocasiones las religiones paganas, por cierto. Cuando uno reflexiona sobre momentos históricos como éste que estamos viviendo, se pregunta si eso que hemos considerado como un avance, el paso del politeísmo pagano a un solo Dios, ha sido un progreso de la razón o una aventura dogmática, o ambas cosas. El politeísmo ejerció en ocasiones una mayor tolerancia religiosa; había tantos dioses, que nadie podía enfadarse por unos cuantos más. La sabiduría indudable de la Iglesia católica creó una mixtura entre la antigüedad y nuestra civilización dogmática con esa fastuosa idea de los santos, los intermediarios de Dios, pero no es lo mismo, aunque mucha gente del común así lo crea.

Soy consciente del carácter socialmente incorrecto de esta reflexión mía. Ahora, que hasta los ayer filósofos radicales han redescubierto las raíces espirituales del ser y de la nada, lo mío parece disparo en un museo, pero es así. Los hechos son tozudos y el número de gentes en todo el mundo que viven de Dios es alarmante. Cuanto más pobre es un país más gente tiene que vive de Dios; por si lo dudan recuerden nuestros años de postguerra. La religión debería concebirse -entiéndanlo irónicamente-, como si fueran armas; algo que a la humanidad le ha servido para hacer muchas cosas, pero que alcanzado un determinado momento del desarrollo histórico, debe guardarse en casa, en el ámbito de lo privado, y hacer usos colectivos muy limitados, como son la caza o el deporte. No es una minusvalorización de la religión ni de Dios, sino una necesidad social para convivir en paz.

Escribí hace varios años, y con funestas consecuencias para mí, que el fundamentalismo nació en Israel y es hijo del monoteísmo, del primer monoteísmo de la humanidad. A mí, que los judíos practicantes tengan dos lavaplatos para no mezclar productos, que un magrebí no le pueda echar un chorizo al cuscus, que los cristianos no coman carne en vigilia, me es indiferente, mientras no piensen que eso es lo que hay que hacer para conseguir la vida eterna. Detrás de esa promesa de la vida eterna está el miedo del hombre y la obligación del apostolado: convertir infieles.

Les confieso que esta reflexión absolutamente intempestiva nació al calor de la impresión que me causaron un par de filmes magníficos que plantean nuestro desamparo ante la muerte, o por mejor decir, ante el fin de la vida. El cine y la vida, ése es el objeto de los artículos que seguirán a éste. Permítanme este prólogo y sobre todo no se enfaden; tantos años diciendo lo mismo y felices de ser tan idénticos, consientan al menos que un día uno saque su desazón y la haga pública. Prometo no repetirlo, siempre que la indignación de este contubernio teológico que vivimos no me sobrepase otra vez. Aquel personaje de Dostoievsky que llegó a decir que «sin Dios, todo estaba permitido», era un miserable que temía a Dios y odiaba a la humanidad.

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