(Y IV) Va el último capítulo, porque devoción obliga

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Javier, ya te había dicho, en ocasión anterior, que habíamos llegado. De aquí que esperase tanto por la evaluación del debate mantenido como por las conclusiones de ambas partes. Y me has ofrecido tu valoración:El debate, esta controversia dialéctica mantenida contigo, me ha servido para clarificar ideas; pues toda observación es autorreferencial, dice más del observador que de lo observado.

Pues bien, me vale. Y ya que, por lo mismo, a mí también, seré quien ahora aborde las exposición de las conclusiones, cosa que no me será difícil, en tanto que todas ellas pueden ser entresacadas, incluso literalmente, del contexto del debate, tal como han sido expresadas.

El reconocimiento de la correspondencia de las conclusiones con la realidad de cada uno, el que sean reconocidas o no como certeras por nosotros mismos, nos la dará la medida del ajuste a la verdad en nuestras exposiciones. Y al mismo tiempo ello nos proporcionará la realidad de nuestros pensamientos, ya sea en consonancia con ella o bien con nuestras ficciones. Nos ahorraremos, pues, el ofrecernos como garantía el testimonio de nuestras biografías, que poco importan, dada la insignificancia de las mismas. Pero aún así, reconocerás conmigo que, aunque descarte su utilización al caso, no hago otro cosa que aceptar como válida una tus premisas, la primera de las que citas en uno de tus últimos E-mail («El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico«) como base argumental de la conclusión que propones explícitamente en el mismo: “En definitiva, que será en la práctica dónde veremos cómo sustancian las condiciones materiales estos procesos sociales, políticos e intelectuales y hacia qué sentido los orientan. No obstante Marx también atribuía poder material a las ideas, pues decía que «las ideas se transforman en fuerza material cuando arraigan en las masas«”.

Pero de la verificación de dicha conclusión, Javier, tampoco se podrá derivar lo acertado o no de nuestras posiciones actuales, sino sólo la medida de la influencia en que nuestras ideas, puestas en práctica, habrán logrado o no efectuar su empuje decisivo sobre el sentido de la orientación de las condiciones materiales que determinarán las realidades sociales del futuro. Y, en todo caso, de la realidad social futura sólo podrá concluirse la medida del éxito o del fracaso de nuestros intentos, así como de la fuerza que hemos depositado en el empeño de nuestras consecuciones con respecto a otras fuerzas actuantes de la misma naturaleza. La derrota de una opción política nos habla de su fracaso frente al enemigo, pero sería absurdo que los vencidos concluyesen de la misma, y no de la necesidad hacer la guerra, que su causa era la errónea. Otra cosa podría ser la acertada, si se diese, en este caso, con la derrota, la desaparición de las causas que habían provocado la contienda.

Aunque lo nuestro es más fácil que dirimir lo acertado de nuestras posiciones ideológicas en función de resultados futuros, puesto que sólo se trata de citar lo esencial de la diferenciación en el punto de partida, según nos ha resultado de la exposición de las mismas, sin cuestionar, de principio, su ajuste a la realidad de cada cual, pero sometiéndolas a contraste involuntario (¿O voluntario, por las dos partes, quizás?)

No obstante, siendo yo quien toma la iniciativa de esta tarea, permíteme que, antes citar lo más esencial de nuestras contradicciones, me tome la libertad de partir de la más fuerte de mis conclusiones, expresada a modo de convencimiento axiomático: El convencimiento en la certeza de lo que nos une me lleva inexorablemente al convencimiento de la certeza de que las conclusiones que nos separan son contradictorias e insalvables. Por mi parte, no necesito, pues, esperar a que los hechos del futuro, vengan a aclararnos nada.

Partimos del mismo convencimiento, pues según afirmas: “No es la conciencia del hombre la que condiciona su manera de ser, sino que es su manera de ser social la que determina su conciencia. Son, por tanto, las condiciones materiales de existencia las que determinan la producción de ideas y representaciones de la conciencia”.

Pero, en cambio y según ha quedado reflejado de nuestro encuentro dialectico, aparte de diferencias obviadas, aunque no menudas, el resultado ha sido el siguiente:

a) Me hablas de la inutilidad e ineficacia democráticas de los partidos clásicos de izquierdas descalificándolos, a un tiempo, a todos por un igual (incluyendo a los de derechas en el montón), como trastos inservibles del pasado y sujetos a un tipo de organización desfasada con respecto a la realidad de los tiempos que vivimos. Abogas, en cambio, por nuevas o novísimas opciones y otras todavía minoritarias, para buscar solución urgente a la perentoria necesidad de la de unidad electoral de las izquierdas, bajo el paraguas de un hipotético Partido-Red, o en consonancia con la actual “sociedad-red”, que tú percibes como realidad incontestable y de la cual los nuevos representantes de las fuerzas productivas (productores de la misma) deberán tomar las riendas de la dirección política para “liquidar las relaciones sociales y de producción que las limiten.”

Pienso todo lo contrario, que no todos los partidos han sido ni son iguales y excluyo de la cuenta, sobre todo y preferentemente, a los partidos comunistas. Ya no por la mayor o menor eficacia conocida y derivada de sus éxitos políticos reales, sino porque lo que realmente buscan, según pienso, es el cambio del sistema económico capitalista por el socialista. Y que, si no se cuenta con ellos, esa unidad de la izquierda que se pretende, seguirá en la misma senda que las del el PSOE e IU o, como mucho en paralelo, por mucho que se renueve con partidos de otros nombres diferentes. Es entonces, ante estas sugerencias, cuando nuestra contradicción se encandila.

b) Entonces, precisamente, recurres a citas teóricas de Marx y Engels para descalificar, las practicas de los partidos comunistas, con las de otros–“partitocracias”, les llamas– donde brilla por su ausencia la democracia la democracia interna, la misma que es aplicada a la misma sociedad, en caso de gobiernen, es decir, que pueden aplicarla –y esto coincidimos lo mismo–, porque carecen de ella.

En cambio no te percatas o no quieres enterarte que las mismas teorías también me valen a mí, para explicarme que no hay partidos sin bases y que tales organizaciones no son una cosa diferente, en cualidad ideal y utilitaria, a otros productos sociales del sistema productivo que determina y conforma a toda la sociedad con todos sus cachivaches. Y, ya sea por olvido o sea por dejación, en ese intento baldío de citar a Marx y a Engels dejas un claro vacio, que, desde mi punto de vista, es lo que impide que las citas fructifiquen, tal como han fructificado en otras mentes, en otros tiempos históricos: Con la misma sociedad los sistemas productivos producen su propia contradicción. Y por esta circunstancia en toda la historia humana, según cuentan estos dos materialistas, se dio, en todos los tiempos, la misma lucha enconada entre explotados y explotadores; ocupación de los partidos políticos, cuando las guerras no mandan.

c) Pero por si fuera poco, si tocamos a partidos, yo parto de la simpleza de ver sólo a esas dos fuerzas en una pelea eterna que siempre gana la misma, porque en toda ocasión parte de asegurarse primeramente el dominio sobre el terreno que tiene sobre la otra, mientras que esta no halla en primer lugar terreno en el que asentarse, por incapaz o por débil o bien porque, simplemente, ignora que sin base es imposible sostenerse y mucho menos crecer y fortalecerse en ninguna circunstancia. No obstante, también pienso que para esta labor, de ganar y consolidar esa base necesaria para la clase explotada se necesita un Partido, comunista en este caso, que la conforme primeramente en política y que le sirva de guía en pos de sus objetivos prioritarios (de clase) siempre con la atención fija en ir ganando terreno, pero lo mismo en consolidar lo ganado, asegurándolo al paso. Por supuesto, este partido, no sólo será sólo de clase, sino que será la clase misma quien deberá configurarlo organizadamente, conforme al grado y modo de disciplina que se otorgase así misma como partido. Así de simple lo veo.

Entretanto, tú me hablas de contingencias, que son muchas; de lo que deduzco que lo mismo han lugar a otros tantos partidos de derechas o de izquierdas. Pero también dices que lo mío es agua pasada, un ideal de otro siglo y de otra historia; que ya no tiene ni cabida ni sentido, en el siglo XXI de nuestra “sociedad-red”, el hablar de partidos comunistas como vanguardia de nada: ”Si en realidad existiera una vanguardia política estaría educando a la clase obrera para que se emancipara por sí misma, hasta ahora a lo largo de la historia y hasta nuestros tiempos no ha habido más que dirigentes que han aislado, con su intervencionismo, a la clase obrera de su rol revolucionario; y para afirmar esto a los hechos me remito. Todos los procesos revolucionarios han terminado en fracaso, burocratizados y resultando un pesado lastre para las aspiraciones de emancipación. Además han denigrado y emponzoñado incluso el lenguaje y las palabras. En el siglo XIX decir socialismo y comunismo era hablar de prácticas liberadoras, en el siglo XXI decir socialismo y comunismo es sinónimo de dictadura burocrática, corrupción y opresión del pueblo.

Pero con este argumento que utilizas a la contra lo único que consigues, en contradicción con aquellos a quienes acostumbras a citar constantemente, es negarme la necesidad actual con los empeños, ya fallidos o errados, de satisfacer la misma necesidad en el pasado. Cuando el problema que tenemos, que se nos plantea,&nbsp radica en que&nbsp ya no existe la vanguardia, y no en lo que&nbsp debería hacer,&nbsp si existiese. El fracaso de un intento (o 50.000) de solucionar necesariamente un problema no nos librará de la necesidad de solucionarlo. A quien interese negar tal necesidad será porque no la siente, o bien porque algún beneficio alcance en que exista el problema para otros.

Y ya para terminar esta larga exposición de desencuentros, vaya este último ejemplo (que, en realidad, me dabas en respuesta a lo anterior) y en el que, sin pretendas negar absolutamente la necesidad de partido comunista, procuras invalidarlos por sus prácticas reales, según tu propia visión, proponiendo la alternativa ideal de lo que debiera ser:

Una cosa es un partido clarificador y organizador y otra muy distinta e incluso antagónica, un partido dirigista de dirigentes. Yo recelo de los dirigentes dirigistas y de los dirigismos de los dirigentes en relación con los partidos. Representan modelos piramidales y jerárquicos superados por el tiempo. Aversivos. No necesariamente hay que organizarse en un partido, hay que estar organizados como clase social con conciencia de qué conductas son eficaces para conseguir un fin y cuales no lo son, hay que ser conscientes de qué contingencias y consecuencias funcionan y cuales no. Incluso si los partidos fueran necesarios hay que dirigirlos desde fuera por parte de la sociedad, de la clase social mayoritaria de esa sociedad que es la de los/as desposeídos/as de los medios de producción, que es la de los que se ganan el pan con el sudor de su trabajo y no viven de la plusvalía ajena. Aquí si creo y apuesto por esa labor de dirigir, es el pueblo soberano el único que debe de dirigir, es la clase social la que debe de dirigir tanto a las partitocracias como a los gestores de burocracias partidistas si consideramos que estas son útiles para algún fin. Las partitocracias o partidos son una herramienta más como la propia administración y han de gestionarse de la misma manera por parte del pueblo soberano. Por mi parte ni siquiera le doy el título de representante a un miembro de una partitocracia, su estatus es el de simples mandatados del pueblo soberano, empleados del mismo, sus servidores. En el último siglo hemos visto qué ocurre cuando un partitócrata asume el estatus de representante, termina traicionando a la clase social que lo eligió; y esto ha ocurrido tanto en las democracias burguesas como en los antiguos países del bloque soviético que terminaron aplicando una especie de capitalismo de estado para acabar sucumbiendo al neoliberalismo capitalista. Las partitocracias, las patronalescracia e incluso las sindicatocracias, son una superestructura más que siempre terminan trabando el desarrollo de las fuerzas productivas, superestructuras de las cuales nos hemos de liberar.

Y a ello te respondido, literalmente que el solucionar un problema&nbsp no consiste en proponer como deberá ser la solución, sino&nbsp que la solución requiere&nbsp contar con los medios, en primer lugar, y en ponerlos en marcha, tan pronto como se pueda,&nbsp para buscarla o llegar a ella. O sea que un problema solo podrá resolverse mediante una capacidad concreta.

Y, en fin, ¿dónde reside el origen de estos nuestros desacuerdos? No me digas que de nuestras contingencias, porque eso ya lo sé y no me basta. Sino que es lo que ahora me inquieta, después de discutir tanto.

¿Qué, Javier, te apetecerá abordarlo? Por si te animas te daré alguna pista de por dónde se me ocurre que, tal vez, puedan ir los tiros: Decía D. A. Machado que hay dos tipos de conciencia. El tal Lenin –que, por cierto, también citas muchas veces– nos hablaba, creo, de la conciencia de clase. Y un tal Reich, psicoanalista, afirmaba que de estas había dos; una para dirigentes y otra para apalancados. Yo pienso que hay muchas más, o por lo menos que existen muchos niveles en las conciencias. Cuando quieras, adelante.




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