Y El País creó Ciudadanos, y luego editorializó

Por Rafael Cid

Las últimas portadas sobre el irresistible ascenso de Ciudadanos son altamente elocuentes de los intereses cruzados entre el partido emergente y el diario declinante.

Por Rafael Cid

El grupo Prisa, esa corporación mediática con una deuda mayor que la de algunos estados sin que ninguno de sus gestores haya topado aún con el código penal, está empeñado en alumbrar la Segunda Transición como si nada hubiera pasado, de ley a ley, impasible el ademán. Pero los años no pasan en balde y el diario El País, acorazado del grupo que controla Juan Luis Cebrián y los grandes bancos acreedores, ya no está para muchos trotes. Lejos quedan los días en que la sola indicación del “periódico global en español” sobraba para derribar o encumbrar gobiernos, a diestra y siniestra. Lo sabe bien el que fuera líder del PSOE desde la base, Josep Borrell, designado candidato a la presidencia por el voto militante en las únicas primarias sin truco realizadas por Ferraz, que resultó fulminado tras unas oportunas revelaciones del rotativo de la madrileña calle de Miguel Yuste.

Un periódico que ha sido dirigido por un elenco de profesionales “progresistas” de aquella manera (Cebrián, ex director de informativos de TVE en el tardofranquismo; Estefanía, significado miembro del Partido del Trabajo durante la transición; Ceberio, próximo al abertzalismo en su etapa de corresponsal en Centroamérica, o Javier Pradera, que paso del Comité Central del PCE carrillista a intelectual orgánico de la casa), pero que hoy por hoy (tras la aseada secuencia de Moreno-Caño en el puesto de mando) ya no mueve molino. Su mayor humillación la cosecharía el 12 de diciembre de 2012, cuando publicó el primero de tres editoriales (“Rescate urgente”) exigiendo al gobierno del PP llamar a la Troika sin lograr conmover a Mariano Rajoy. Desde entonces ya nada fue igual para El País.

Pero eso no significa que haya cesado en su protagonismo político. De ahí que, tras valorar que el ciclo de las mayorías absolutas estaba seriamente comprometido, tomara la decisión de promover formaciones políticas que pudieran actuar como bisagra del bipartidismo, evitando turbulencias arriesgadas para el régimen del 78 y la corona. Ello después de que la integración en el PSOE de Cristina Almeida, Diego López Garrido y Mercedes Gallizo, entre otros de la corriente Nueva Izquierda de IU, confirmara que el ciclo histórico de transferencia de cuadros desde la órbita del PCE tocaba a su fin.

Unión Progreso y Democracia (UPyD), la plataforma liderada por la ex eurodiputada socialista vasca Rosa Díez, fue la primera criatura política auspiciada desde la factoría PRISA, una especie de Arca de Noé ideológico-cultural donde se daban cita parte del staff de la revista Claves, con Fernando Savater en primer tiempo de saludo; autores en nómina de las editoriales del grupo, tipo Álvaro Pombo; y otros firmas ilustres de su escudería, como el Premio Nobel Mario Vargas Llosa. El patriotismo constitucional (entendido en clave chovinista); la defensa de los derechos y libertades (que creían amenazadas por el terrorismo etarra, aunque en su día El País prácticamente ignoró el terrorismo del GAL) y la regeneración democrática fueron las señas de identidad de UPyD hasta su debacle en 2015.

La irrupción a nivel nacional de Ciudadanos desde su regazo probeta como Ciutadans convirtió a UPyD en un juguete roto y la mano que meció la cuna magenta terminó cerrando el grifo.

De suyo, Ciudadanos representa una versión cosmopolita y ampliada de UPyD, sólo que donde la gente de Díez señala al País Vasco como tierra de promisión, los seguidores de Rivera ponen Cataluña (ojo, no Catalunya). Y ahí aparece otra vez la tradicional sagacidad de El País. Y es que, finiquitado el proceloso reinado de la avispa reina Rosa Díez, Albert Rivera ofrece mayores garantías de cumplir el histórico papel de ser el banderín de enganche entre el ala derecha e izquierda del centro del tablero. E incluso, si los hados le acompañan y el marianismo sigue retozando en el lodazal de la corrupción y la mediocridad, de consumar el sorpasso ante el PP. Desde el chupinado del 27-S, El País parece dispuesto a echar el resto para adoquinar su imperio y salvar la Marca España con Ciudadanos de mochila. Hasta el punto de utilizar a Metrosocpia como arma secreta y mantener como opinador de cabecera al constitucionalista Francesc de Carreras, torquemada ideológico de la formación (a costa de defenestrar a Javier Pérez Royo, hipercrítico con del “cepillado” al estatut perpetrado por el TC)

Las últimas portadas sobre el irresistible ascenso de Ciudadanos son altamente elocuentes de los intereses cruzados entre el partido emergente y el diario declinante. Por ejemplo: “Ciudadanos gana en Valencia ante el hundimiento del PP” (9/10); “Ciudadanos puede ser decisivo ante el empate entre PP y PSOE” (11/10); “Díaz pone su pacto con Ciudadanos como ejemplo para el futuro de España” (15/10); y “Ciudadanos vota más con la izquierda que con el PP en las autonomías” (19/10). Una cascada de titulares y sondeos Metroscopia pret a porter, aderezados con la más alta calificación para Albert Rivera como el líder preferido por los españoles (el único dirigente aprobado, a 39 puntos del segundo clasificado), que culminaron en la “predicción” del 21 de octubre (“Ciudadanos propone copagos en la sanidad y la educación”), luego rectificada por la cúpula de Ciudadanos ante lo descarado de la endogamia bípeda.

Encuestas de parte todas ellas, facturadas por cierto mientras el trust mediático que más influencia política, social y cultural ha tenido desde 1982 resultaba ninguneado en el concurso para la concesión de nuevos canales de Televisión Digital Terrestre (TDT) por el gobierno del PP.

Con tantas idas y venidas, incubando y derrocando gobiernos, haciendo y deshaciendo “estadistas”, vampirizando siempre el imaginario colectivo, lo duda reside en si el reciente fichaje contra natura de la antigua portavoz de UPyD, Irene Lozano, es una ocurrencia del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, o de su “brunete mediática”.

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