Whose world? Our world!

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El 29 de noviembre de 1999 comenzaron las manifestaciones contra la cumbre de la OMC en Seattle, finalizando el 3 de diciembre tras lo que se llamó “la batalla de Seattle”.
Clinton declaró que estaba de acuerdo con los manifestantes y acto seguido se prohibió la venta de máscaras antigas en toda la ciudad y se estableció la “zona de exclusión”, una zona de seguridad a la que los manifestantes no pueden acercarse. La policía hizo uso de gas pimienta. McWilliams y Amparo Reyes denunciaban el libre comercio. Comenzó el uso común del término “fair trade”.

Mientras me limpia las sardinas pregunto al pescadero si el género etiquetado con “origen Mauritania” está pescado por flotas canarias. Gira la cabeza y levanta las cejas para reponderme.

– Qué va! –

– ah. Entonces son flotas mauritanas. –  afirmo.

Al parecer del pescadero la conversación es más interesante que limpiar tripitas. Se gira del todo, y con los guantes rojos de plástico grueso, chorreando agua, me aclara:

– Tampoco. Los moros son unos vagos. Son senegaleses. Esos pescan con los mismos cayucos que vienen aquí. –

Sólo acierto a responder con una especie de risa corta y nerviosa mientras el empleado del pescadero me mira sin hacer gesto alguno, pero con suficiente evidencia como para sentir su juicio.

Cada madrugada el pescadero espera a que el transportista le suministre el pescado desde la lonja de la dársena: doradas de acuicultura y viejas de Tenerife, samas roqueras de Mauritania,  meros de Senegal…Todo buen género, fresco.
Le amarga tener que estar despierto a las 5 de la mañana, cargar el hielo, oler a pescado todo el día. Es un hombre serio que apenas te mira cuando habla, como si tener la vista sobre las escamas hiciera que el tiempo se deslizara más rápido.
Cada mañana el empleado del pescadero se despierta a las 6. Está cansado porque va a clases de ADE de 16:00 a 20:00. Le molesta oler a pescado y llegar siempre tarde. Es un chico serio y de una tristeza evasiva. Es de esas personas que te miran a la cara cuando habla, pero que prefiere utilizar las mismas frases una y otra vez para evitar que la conversación vaya más allá del modo en que quieres que el pescadero te limpie el pescado y cuánto cuesta lo comprado.
Al principio creí que el pescadero y su empleado eran familia. Creí que eran padre e hijo y tenían un relación seria, formal, justa en lo laboral, pobre en lo familiar, y silenciosa en lo que respecta a los gustos de cada uno. Creí que al padre poco o nada le importaba que al empleado le molestase que todos los días el olor a pescado de sus manos le hiciera sentarse en la última fila. Creí que el empleado y el pescadero habían acordado que los secretos del primero eran asunto suyo, que las revistas que compraba en el estanco de Eusebio eran asunto suyo. Creí que el enfado triste y permanente del pescadero era el pacto de silencio como aceptación. Y que la tristeza y velocidad nerviosa del empleado eran el camino más rápido entre las cajas del pescado de playa y las calles de la ciudad.
A medida que pasa el tiempo y tras kilos de sardinas, viejas, samas y chicharros, dudo.

La correcta cara del empleado, con la ausencia de emoción de quién calza guantes de látex, me gritaba que era un imbécil por permitir que el pescadero llamara “vagos” a los moros. Su silencio al mirarme me acuciaba a desdecirme de mi “nacionalismo ictiófago” y comprar todo el género pescado por extranjeros. Y yo…¿qué podía hacer? Nada. Sólo avergonzarme de la brutalidad del pescadero, de su incomprensión para con el empleado estudiante de ADE que tenía sueños recurrentes en los que Andrej Pejic calzaba guantes blancos de látex mientras limpiaba tripas de sardina. Avergonzarme por mi orgullo político, firme en la convicción de la compra sólo de productos locales. Y avergonarme por no mostrar empatía y comprensión con los sueños del empleado y gritarle al pescadero que era un bruto troglodita heteropatriarcal.

En mi cabeza respondía al empleado, bajito, para que el pescadero no nos oyera:

– Te equivocas. En serio. Si estuviéramos en Mauritania sólo compraría pescado local. Nada tiene que ver con el nacionalismo… – Y más estúpido me sentía por semejante relación.

– 12, 80 € –

– Gracias. –

A partir de la contracumbre de Seattle nace Indymedia, el Foro Social Mundial y la economía solidaria.
Mauritania alcanzó su independencia de Francia el 28 de noviembre de 1960.

Hasta 1980 la esclavitud estaba permitida en el país, y pese a que hoy existen leyes al respecto, la esclavitud sigue presente, especialmente en las zonas rurales, avalada por las diferencias sociales.
Senegal alcanzó su independencia de Francia el 20 de junio de 1960. Hay varias teorías al respecto de la etimología de su nombre, pero la más aceptada, empleada como eslogan nacional, es que proviene de la expresión wólof sunu gaal, que significa «nuestra canoa».
La pesca es uno de los principales productos de exportación del país.

Todos estamos en la misma canoa.

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