Publicado en: 4 diciembre, 2015

Walter Benjamin. La vida que se cierra, de Carlos Taibo

Por José Ramón Martín Largo

Por José Ramón Martín Largo Escribió Dostoyevski que el suicidio aparece como necesidad y como mandato cuando el hombre no tiene adónde ir. Y Bertolt Brecht, al conocer la noticia de la muerte de su amigo, escribió: “Oigo que has levantado la mano contra ti mismo, anticipándote al verdugo. Ocho años proscrito, observando el ascenso del […]

Por José Ramón Martín Largo

Escribió Dostoyevski que el suicidio aparece como necesidad y como mandato cuando el hombre no tiene adónde ir. Y Bertolt Brecht, al conocer la noticia de la muerte de su amigo, escribió: “Oigo que has levantado la mano contra ti mismo, anticipándote al verdugo. Ocho años proscrito, observando el ascenso del enemigo. Empujado finalmente contra una frontera infranqueable, has franqueado, se dice, una que sí era franqueable”. Walter Benjamin se suicidó en Portbou, en la frontera franco-española, hace ahora setenta y cinco años. A lo mucho que se ha escrito acerca de los últimos días, y horas, de su vida, se ha añadido el libro Walter Benjamin. La vida que se cierra, del que es autor Carlos Taibo, quien ha intentado en sus páginas reconstruir las condiciones en que el apátrida Benjamin escribió sus tesis acerca de la Historia, y que ha publicado Libros de la Catarata.

Carlos Taibo, profesor de ciencias políticas en la Universidad Autónoma de Madrid, conferenciante, miembro del consejo editorial de la revista Sin Permiso, colaborador habitual en algunos medios de comunicación, es reconocido desde hace tiempo como uno de nuestros mayores entendidos en los procesos de transición en los países del Este de Europa. Igualmente divulgadas, entre los más de treinta títulos que ha publicado tanto en castellano como en gallego, son sus reflexiones acerca de la geopolítica actual, el anarquismo y el decrecimiento. Menos conocida acaso es la faceta que le acerca a personajes a cuya fascinación ha sucumbido por un motivo u otro y que tuvo hace unos años como producto el libro Parecia não pisar o chão. Treze ensaios sobre as vidas de Fernando Pessoa, que dedicó al escritor portugués. Anotó entonces en su prólogo que “una tarea muy honrosa en relación con seres humanos tan singulares como Pessoa bien puede ser la que nos invita a tirar de las notas a pie que los biógrafos canónicos relegan a un lugar secundario para, con su concurso, acometer un intento, siempre fracasado, de reconstruir quiénes fueron”. Palabras que son igualmente aplicables a este ensayo sobre Benjamin, aunque con la particularidad de que esta vez el primer motivo de atracción, según nos confiesa Taibo, no ha sido la vida del pensador, sino su muerte. “En virtud de un innegable absurdo”, escribe, “la muerte sería entonces algo más relevante que la vida, de la mano de una aventura en la que se habrían dado cita el cruce clandestino de una frontera, la belleza del lugar y el horror que provoca un momento histórico singularmente aciago”. Es de esa aventura de la que Taibo ha intentado rescatar la verdad, a fin de comprender mejor el último texto escrito por Benjamin, cuyo manuscrito, posiblemente, era el que guardaba en su cartera, único equipaje con el que llegó a Portbou.

Divide Taibo su libro en cuatro capítulos, dedicado el primero a una somera biografía de Benjamin, a la que incorpora algunas observaciones acerca de su carácter y a su relación con España, adonde viajó en varias ocasiones; el segundo se centra más extensamente en el exilio de Benjamin, otorgando especial atención a las dificultades materiales de su existencia, a sus problemas de salud y a su marginación en París; nos habla el tercero, con detalle, de su muerte; y el cuarto, por último, viene a ser un intento de interpretación, a la luz de todo lo anterior, de las Tesis sobre el concepto de la Historia que Benjamin debió escribir en algún momento de su exilio, cuando los ejércitos alemanes se aproximaban a París y él, en compañía de otros refugiados, emprendió el incierto viaje primero hasta Marsella y después hacia la frontera española.

Nos recuerda el autor el origen de Benjamin, hijo de un anticuario judío asimilado y residente en Berlín cuyos múltiples negocios en diversos ámbitos, entre ellos la banca, terminarían por llevarle a la ruina, cosa que no dejaría de tener influencia sobre la vida de su hijo. La formación de éste fue accidentada, en primer lugar a causa de su precaria salud, y tuvo lugar en diversos internados y universidades alemanas. En una de ellas, en la de Múnich, conocería a Rilke y a Gershom Scholem, con quien mantuvo una duradera amistad que debió ser ante todo epistolar, ya que Scholem no tardó en emigrar a Palestina. Fue en la Universidad de Berlín donde Benjamin se familiarizó con el sionismo, doctrina que en vísperas de la Gran Guerra circulaba ya ampliamente en los medios intelectuales de Europa. No se sintió, sin embargo, atraído por dicha doctrina, lo que no impidió que extrajera de la tradición judía, en especial de su misticismo, algunos aspectos que elaboraría ulteriormente y que de un modo u otro estarían presentes en su obra, lo que ocurriría más tarde en singular combinación con el marxismo, al que accedió mediante la lectura del célebre libro de Georg Lukács Historia y conciencia de clase.

Benjamin, como muchos otros, llegó a abrazar posiciones de izquierda a partir del pacifismo que se extendió progresivamente durante la Gran Guerra. No fue nunca, sin embargo, un militante. No podía serlo, como se desprende de la amalgama de sus intereses y de esa personal mixtura entre misticismo judío y marxismo. Se entiende así que sus textos no encajaran bien en las corrientes de pensamiento que predominaron durante el período de entreguerras, en la República de Weimar. Fue un pensador solitario y a contracorriente que durante la mayor parte de su vida encontró dificultades para publicar y dar a conocer sus obras. Éstas, a causa de las necesidades económicas que siempre le apremiaron, tuvieron que orientarse en las direcciones más diversas, a veces peregrinas y alejadas por completo de sus intereses. Otras veces, por el contrario, supo sacar partido de los encargos que ocasionalmente recibía, incorporando a sus esquemas de pensamiento ideas y temas alejados entre sí. La originalidad de sus trabajos sólo pudo encontrar algún acomodo en la Escuela de Frankfurt, a la que también pertenecían Max Horkheimer y Theodor Adorno. Parece, sin embargo, que sobre todo a partir del exilio de Benjamin en París la relación entre uno y otros se basó en razones prácticas muy distantes de la coincidencia de intereses intelectuales. Desde su exilio al otro lado del océano, en efecto, los restantes miembros de la Escuela de Frankfurt ayudaron a Benjamin económicamente y le facilitaron el visado de entrada en Estados Unidos, lo que no era poca cosa, aunque, como se vio enseguida, no iba a ser suficiente. La propia Escuela carecía de recursos, como supo Benjamin mediante una carta en la que se le anunciaba que la ayuda económica que había recibido hasta entonces iba a interrumpirse provisionalmente. Otro auxilio económico, el que podía proporcionarle Brecht, a quien Benjamin visitó en ocasiones en Dinamarca, se cerró también cuando los alemanes atravesaron la frontera francesa. Por otra parte, estaba divorciado de la que había sido su mujer, Dora Kellner, desde hacía diez años. Cuando en septiembre de 1940 Benjamin, habiendo abandonado París como refugiado, trató de encaminarse hacia la frontera española a fin de llegar a Lisboa, donde esperaba embarcarse hacia Nueva York, estaba completamente solo.

El relato de esos últimos días ha podido reconstruirse a partir de los testimonios de otros refugiados que también trataban de cruzar los Pirineos, los cuales han dado lugar a gran cantidad de libros. Sin embargo, dichos testimonios son incompletos y a menudo contradictorios, lo que ha dado lugar a frecuentes especulaciones. Por esos datos, tanto por los más fiables como por los que no pasan de ser dudosos rumores, trata de guiarse Taibo en el libro que comentamos, el cual, en resumidas cuentas, acaba por justificar plenamente su subtítulo: “la vida que se cierra”. Nuestro autor desgrana de manera documentada las circunstancias de esos días, mostrando cómo las posibles salidas a una situación de por sí desesperada fueron clausurándose hasta que, el 25 de septiembre, ya en el lado español de la frontera, y tras una ardua caminata, Benjamin y sus acompañantes conocieron por la Guardia Civil que la frontera estaba cerrada y que debían dar la vuelta y regresar “por el mismo camino”. Para ellos, esto equivalía a caer en manos de la policía francesa de Vichy o en las de la Gestapo. Alojados por esa noche en el Hotel Francia de Portbou, los otros refugiados asistieron impotentes a la agonía de Benjamin, que había tomado al parecer una dosis de morfina. Falleció al día siguiente.

Como se ha dicho, el capítulo final del libro de Taibo trata de ser una interpretación de los últimos escritos de Benjamin, de los que había mandado copia a algunos amigos y que, quizá en un estado de elaboración más avanzado, se encontraban en la cartera de la que se incautaron las autoridades españolas tras su muerte. Extraviado este manuscrito, conocemos las tesis a través de las copias conservadas. Estos textos aparecen manuscritos bajo el epígrafe de Tesis sobre el concepto de la Historia, y, como sucede con la propia muerte de su autor, han dado lugar a numerosos debates. Se trata de unos breves fragmentos que son bien conocidos y que posiblemente habrían debido servir de fundamento a un trabajo más amplio. No se ocupa Taibo de todos ellos, sino sólo de los que, “en virtud de condiciones estrictamente contemporáneas, me interesan, de la mano de una lectura que no tengo ningún problema en aceptar que es manifiestamente sesgada”. En concreto, el contexto en el que Taibo sitúa estos fragmentos es el de la actual “hondura de la crisis ecológica y el riesgo que nos acecha de un colapso más o menos próximo”.

La comprensión de estos textos, a juicio de nuestro autor, debe hacerse a la luz no sólo del estado de ánimo que podía experimentar Benjamin al final de su vida, sino también a la de otros pasajes que podemos localizar repartidos a lo largo de su obra. Una primera observación de Taibo se refiere al carácter heterodoxo del marxismo benjaminiano. Pues no faltan en sus escritos alusiones a “un visible desdén con respecto al marxismo que invocaba progresos irresistibles, leyes de la historia y fatalidades naturales”. En particular el culto al progreso técnico y económico que el marxismo ortodoxo comparte con la doctrina capitalista, y que tradicionalmente se ha expresado a través de la socialdemocracia, ha sido objeto del rechazo de Benjamin, para quien era preciso integrar en el materialismo histórico “los estallidos mesiánicos, románticos, blanquistas, libertarios y fourieristas, en provecho de un marxismo nuevo y herético”. Se desprende de ello que si para Marx la revolución no podía venir del pasado, sino del futuro, “de un futuro de progreso”, para Benjamin en cambio la inspiración de la revolución se encontraba ante todo en el pasado, en formas pretéritas de organización y de actividad humana. Así, el componente de “irracionalidad” asumido por Benjamin sería producto de un romanticismo “que asumía la forma de una protesta cultural contra la civilización capitalista en nombre de valores premodernos, esto es, precapitalistas”.

Benjamin intentó dar forma a su heterodoxia marxista vinculándola a fenómenos modernos que sin embargo no formaban parte de la política (por ejemplo del modelo soviético, que conocía y por el que no sentía el menor entusiasmo), sino de la estética, en concreto una estética moderna que procedía de Baudelaire y que habría tenido su consumación con el surrealismo, el cual había suministrado a Occidente “una idea radical de la libertad”. Esta idea se contradice de manera manifiesta con la condición del autómata que rige cada vez más en la sociedad capitalista, lo que implica que “el hombre moderno, a través de la técnica, sólo se encuentra a gusto cuando responde a los deseos que él mismo ha generado, mucho más allá de las necesidades biológicamente objetivas”. A lo que se añade el hecho de que “el desajuste entre el progreso técnico y el desarrollo inicial tiene un efecto mayor, la guerra, que constituye una constante en las sociedades modernas”.

De esa Historia a la que se refieren las tesis de Benjamin lo que nos queda a nosotros es principalmente la cultura, la cual merece un cuestionamiento aparte, pues, como escribió, “no hay documento de cultura que no sea al mismo tiempo documento de barbarie”. A propósito de ello Taibo cita a Carlo Salzani, quien ha afirmado que “como quiera que la cultura está impregnada de barbarie, la única solución estriba en subvertir los cánones culturales vigentes y en robar la energía de la transformación a la barbarie equivocada, para así inventar una barbarie nueva y positiva”. Tarea ésta, añadimos nosotros, que no es de las menores a las que, si está interesado en su supervivencia, se enfrenta el hombre de hoy.

El libro de Carlos Taibo constituye una excelente aproximación a la obra de Benjamin, este autor que no dejó ninguna ortodoxia que custodiar y cuyos textos dispersos, fragmentarios, diseminados muchas veces en apuntes y en citas ajenas, nos ilustran mucho más acerca de nuestra propia realidad de guerra, de refugiados y de catástrofe de la Historia que acerca de la suya propia, aquélla en la que vivió hace setenta y cinco años y que fue a terminar, cuando la vida se cerró para él, en una fonda de Portbou.

http://www.larepublicacultural.es/article10702.html

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