Vuelta a empezar: sindicalismo en el siglo XXI

Publicidad

Las convulsiones vividas durante los primeros años del siglo XXI en todo el mundo representan para la izquierda un cúmulo de retos y oportunidades que la obligan a romper con la dinámica derrotista de la era post soviética. En pocos años se han acumulado experiencias de gran riqueza y diversidad; un movimiento de movimientos se postula para algunos como el embrión de una nueva internacional, mientras la realidad del día a día pone en entredicho la ficción posmoderna que muchos habían ya asumido como inapelable. La proclamación del final de la historia y de la caducidad de los grandes relatos de emancipación humana ha quedado reducida a otro intento más de finiquitar la lucha de clases. Vano intento, desautorizado por dos aviones estrellándose en prime time en los televisores del mundo entero. Los grandiosos símbolos arquitectónicos de la hegemonía económica estadounidense se derrumbaron sobre los hombros de unos miles de trabajadores inmigrantes, los que fallecieron bajo las llamas y el hormigón. La historia sigue siendo, pues, como decía Marx en el Manifiesto Comunista, la historia de la lucha de clases. ¿En qué clave podemos comprender mejor sino la Revolución Bolivariana en Venezuela o el Proyecto por Un Nuevo Siglo Americano de Bush, por poner solo dos ejemplos?.

Pero una “clase” no es una abstracción metafísica: es una categoría social a la que cualquier persona pertenece, aunque el concepto de pertenencia requeriría una reflexión un poco más matizada. La lucha de clases se determina así, como una acción llevada a cabo por individuos conscientes. Como tal, el resultado de esta lucha y sus consecuencias depende de aquello que los miembros de una clase estén dispuestos a hacer y de las capacidades y los recursos de que dispongan para hacerlo.

Pero esto empieza a parecerse peligrosamente a una digresión. Volvamos a citar a Marx, otra vez el Manifiesto Comunista: “opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada, unas veces, y otra, franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna”. En el capitalismo globalizado, las clases en pugna siguen siendo burgueses y proletarios (si me permitís estos términos) y la dicotomía expresada por Rosa Luxemburgo que resume la anterior cita de Marx, socialismo o barbarie, resulta hoy más pertinente que nunca. No voy a argumentar aquí sobre la centralidad estratégica de la clase trabajadora en las luchas por la transformación social ni sobre el preponderante papel que en estas desarrollan las organizaciones de clase, los sindicatos; todo ello se desprende de la concepción marxista de la historia antes esbozada. Pasaré automáticamente a un segundo nivel, más concreto y terrenal, para extraer algunas reflexiones, espero que útiles, de mi papel como secretario de organización en un pequeño sindicato de hombres y mujeres trabajadores del cine, la televisión y el audiovisual en general.

Nuevas prácticas

Lo primero es constatar la necesidad misma de una organización sindical que plantee la superación de viejas prácticas sindicales, que no sirven en un sector extremadamente disperso y flexibilizado. En este sentido no se diferencia de otros sectores ni de la tendencia a la precariedad creciente en el mercado de trabajo en general. Con una mayoría de gente joven, la implantación sindical es prácticamente nula y la cultura política y asociativa igualmente inexistentes. Este sector, el cine y el audiovisual, no fue ajeno al auge de luchas obreras de finales del franquismo; las asambleas de rodaje y los representantes escogidos democráticamente existieron asiduamente durante algunos años, pero el modelo sindical que emergió de los Pactos de la Moncloa resultó incapaz de mantener un mínimo de estructura organizativa. Lo que fue creado se desintegró poco a poco hasta la nada, mientras los movimientos de base que agitaron los últimos años del franquismo se batían en retirada. Hoy en día, trabajadoras y trabajadores del sector audiovisual no tienen voz ni mucho menos voto, no tienen representación sindical y su situación frente a la patronal, tanto en lo colectivo como en lo individual, es de extrema debilidad. De ahí la importancia de un proyecto como Técnicos del Audiovisual y el Cine del Estado Español (TACEE) y lo trascendente de su éxito o su fracaso.

La segunda reflexión importante consiste en ver dónde nos encontramos como sindicato independiente y qué puede depararnos el futuro inmediato. Pese a ser la única organización de clase que intenta representar a todo un colectivo con una problemática y unas características muy concretas, no podemos hacerlo, ya que son precisamente estas particularidades las que lo impiden. No existen las condiciones legales para que se lleven a cabo elecciones sindicales, debido a la temporalidad de la mayoría de los puestos de trabajo. Esto significa que no podemos tener delegados, no pueden existir representantes sindicales y, por tanto, no tenemos lugar en la mesa de negociación del convenio colectivo. ¿Quién puede firmar, pues, los convenios que rigen el ámbito laboral al cual se encuentran adscritos nuestros afiliados? Los sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, que con pocos delegados en las únicas empresas del sector donde sí se pueden celebrar elecciones, principalmente televisiones locales o grandes productoras con una plantilla de indefinidos en categorías administrativas, se autoproclaman representantes de un amplio grupo de trabajadores que nunca les han elegido democráticamente. Estos sindicatos tampoco se preocupan de organizar a nadie ni entienden muy bien cuáles son las particularidades del sector.

La aparición de nuestro sindicato, TACEE, que ha pasado de 10 a 700 afiliados en cinco años, ha causado perplejidad y desconcierto en una patronal acostumbrada a una contraparte tradicionalmente dócil y colaboracionista. La Federación de Asociaciones de Productoras Audiovisuales Españolas (FAPAE) no sabe exactamente la fuerza que tenemos ni, sobre todo, la fuerza que podemos llegar a tener. Esta incertidumbre la compartimos también en el sindicato. A pesar de haber crecido en número, estamos muy lejos de podernos considerar una organización en el sentido estricto de la palabra. La inmensa mayoría de las personas que se afilian a TACEE lo hacen por la situación de indefensión en la que se encuentran frente a quienes les contratan y con la idea de encontrar asesoramiento legal en caso de despido, impago de salario —algo bastante habitual— u otros problemas relacionados con la contratación. La conciencia de formar parte de un proyecto colectivo es inexistente, no hay cultura sindical, casi nadie sabe qué es un convenio, qué es un delegado sindical o qué es una sección sindical.

Esta circunstancia nos ha llevado a una situación muy difícil: mientras la afiliación creció de 10 a 700, el número de activistas, de personas que dedicamos nuestro tiempo libre a trabajo sindical, se ha mantenido igual y no llegamos a 10. La situación, como decía, es crítica y, aunque la mayoría de estos 10 apostamos por un sindicalismo democrático y combativo —más en la línea de la CGT o de cobas—, es difícil alcanzar logros concretos si no conseguimos involucrar a más gente en el proyecto. Para esto, como sabemos quienes hemos militado políticamente durante algún tiempo, no hay atajos ni recetas mágicas. ¿Qué podemos hacer entonces?

Sindicalismo y movimiento anticapitalista

Si bien es cierto que el caso de TACEE es particular y ligado a sus propias circunstancias, también refleja una realidad global que no se puede dejar de subrayar. Sea cual sea el sector en el que nos fijemos, las organizaciones de la clase trabajadora no están capacitadas para constituir un liderazgo estratégico de carácter transformador, democrático y radical en ninguna de las hipotéticas luchas sociales que seguro vamos a vivir en un futuro próximo. Los sindicatos mayoritarios, parapetados detrás de una política social-liberal colaboracionista, se han convertido en la correa de transmisión de gobiernos y patronal. Los sindicatos que apuestan por una política de clase y combativa no consiguen aglutinar a su alrededor los recursos humanos y políticos suficientes para desarrollar un papel determinante en las luchas actuales y futuras.

Queda, pues, sobre la mesa una dicotomía insalvable. ¿Damos la batalla por perdida y aceptamos el fin de la lucha de clases o nos comprometemos con la reconstrucción de un movimiento obrero llamado a cumplir una misión histórica? No es una cuestión sencilla ni intrascendente. Tampoco se trata de plantear debates teóricos abstractos. Desde En lucha defendemos la centralidad estratégica de la clase trabajadora en cualquier proyecto de emancipación humana o de transformación social. También en la actualidad, sea cual sea la situación y el balance de fuerzas. También para el movimiento anticapitalista.

El cambio de siglo ha vivido un fenómeno político fundamental para la izquierda social. Una nueva conciencia crítica ha puesto en jaque a la no-conciencia del capitalismo globalizado. Aquel pensamiento que se consideró a sí mismo “único” ni siquiera se puede considerar hegemónico hoy en día. El alzamiento zapatista en 1994 fue el principio de lo que luego se ha conocido como movimiento anticapitalista. Sin embargo, igual que los zapatistas no tardaron en encontrarse bloqueados en la selva por un ejército hostil que les deja existir pero no ir más allá, las victorias políticas e ideológicas posteriores de este movimiento no han conseguido alterar el balance de fuerzas hasta el punto de convertir lo simbólico en material y significativo. Estamos solo al principio. Lo realmente trascendente de todo lo que hemos vivido hasta hoy es la emergencia en la escena política de una nueva generación de activistas, que han sabido interrogarse de forma inquieta y constructiva, en la práctica, y que han sido capaces de empezar de nuevo sin menospreciar las experiencias del pasado, aprendiendo día a día de las suyas propias, enarbolando la bandera de la resistencia, de la honestidad y de la inteligencia, y haciendo germinar un suelo que muchos consideraban yermo.

No me cabe duda que los principios sobre los que se ha articulado durante estos años el movimiento anticapitalista, principios nuevos que no son más que una reformulación de los viejos principios del internacionalismo proletario ―democracia, solidaridad, combatividad— deben servir también de base para edificar el nuevo movimiento obrero. Para ello no basta el combate ideológico. Tampoco son suficientes esos momentos de gran fuerza lírica que vivimos a veces en la calle, cuando las agendas de los sindicatos coinciden en tiempo y lugar con las del movimiento (recordemos el famoso “trabajadores y tortugas” de las movilizaciones contra la OMC en Seattle en 1999). El reto consiste en convertir a estos miles de nuevos activistas, jóvenes la mayoría, estudiantes tal vez, que han vivido ya los inspiradores inicios en Seattle o Praga, la pérdida de la inocencia que supuso para muchos los hechos de Génova, las masivas movilizaciones contra la guerra de Irak o la lucha contra la privatización de la universidad, en sindicalistas serios, coherentes y comprometidos.

Hacer sindicalismo no es fácil. Implica dedicar parte de nuestro tiempo libre a tareas monótonas y aburridas, implica ponernos en situaciones de riesgo en nuestro lugar de trabajo, implica enfrentarse cara a cara con la derecha real —los jefes, pero también los trabajadores que defienden los intereses de aquéllos— y, cuando eso ocurre desde las posiciones del sindicalismo de izquierdas y combativo, puedes llegar a sentirte muy solo. Sin embargo, es una responsabilidad ética de cualquier ciudadano, si me permitís la expresión, tomar partido por el colectivo al que pertenece, aquel que determina sus intereses políticos y económicos, independientemente de que ése no sea el único colectivo al que pertenece y con el que se comprometa. Lo que quiero decir es que da igual que seamos ecologistas, feministas, socialistas, activistas por los derechos de los inmigrantes; nuestra vida está condicionada por nuestro trabajo, al que dedicamos gran cantidad de horas y energía, y la realidad social en la que estamos inmersos está condicionada por la relación dialéctica entre el mundo del trabajo y el capital; una relación escenificada simbólicamente y de hecho en una mesa de negociación de convenio colectivo, donde se sientan cara a cara representantes de la patronal con representantes de trabajadores, para decidir cuál será el marco legal que regirá las relaciones laborales y, por tanto, nuestras condiciones de vida.

Por otro lado, como marxista revolucionario, pienso que no hay organización ecologista más fuerte que un sindicato capaz de asumir una política ecologista y no hay organización feminista más fuerte que un sindicato comprometido con la lucha por la igualdad de género. Con esto no quiero minusvalorar la importancia de todos los movimientos sociales de base que luchan día a día alrededor del planeta. Sin su compromiso y combatividad nunca existiría una oposición real al capitalismo globalizado ni tampoco existirá un movimiento obrero sensibilizado y dispuesto a presentar batalla en todos los ámbitos de la emancipación humana. Lo que planteo es una urgencia estratégica a la que hay que hacer frente en la época de crisis actual. La reconstrucción de un sindicalismo de clase y combativo debe ser hoy en día la principal prioridad para toda persona que se pregunte qué se puede hacer para cambiar el mundo.

Reconstrucción no significa otra cosa que compromiso y participación, como fundamento del combate ideológico y político en defensa de los valores que defiende el anticapitalismo y que ha defendido siempre el movimiento obrero, cuando ha sido de base e internacionalista. No es una cuestión abstracta. Significa afiliarse a un sindicato y hacer sindicalismo, sin más. Mi experiencia en un sindicato pequeño y combativo como TACEE no deja lugar a dudas: o nos afiliamos y participamos, convirtiéndonos en sindicalistas, o los gestores del capitalismo terminarán imponiendo su modelo anticrisis, que consiste en salvar el sistema socializando las pérdidas. Éste es el reto más importante que nos lanza la historia.

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More