Venezuela. ¡Volver!. Volver. ¿Volver?

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Regresar a Venezuela me generaba sentimientos encontrados, una inmensa alegría de ver nuevamente a mi familia se nublaba por un temor a todos los cambios que se comentan y que pudiera encontrarme.

Vivo fuera del país desde hace ocho años, razones personales me mantuvieron fuera del país por más tiempo del planeado, esta es la tercera vez que vuelvo, soy una turista en mi tierra.

La preparación de este viaje me llevó dos meses. Durante este tiempo recibí peticiones que creí exageradas: afeitadoras, jabón de baño, pasta de dientes, pañales, antibióticos, Paracetamol y cualquier medicamento que pudiera encontrar. Me pasé un mes explicando que no podía ir al médico a pedir pastillas para la tensión, el corazón o anestesias porque donde estoy se requiere récipe médico para todo.

Me parecía incomprensible llenar una maleta de artículos básicos para ir a mi país cuando normalmente era otro tipo de “regalitos” los que llevábamos. Personalmente soy escéptica a lo que dicen los medios de comunicación principalmente sobre Venezuela, lamentablemente nuestro país se ha convertido en el chivo expiatorio para muchos gobiernos en los últimos años. Entonces no era muy consciente de la magnitud de la situación: las colas, el desabastecimiento, los cortes de luz, racionamiento de agua, etc.

Aterrizar en Caracas y sentir el calor húmedo, el sol incandescente en los hombros, la brisa cálida fue maravilloso. Comencé mi recorrido por la ciudad, después de las bienvenidas y preguntas de rigor sobre mi vuelo, la duración de mi viaje y el calor, comenzó lo que aún no sabía sería EL TEMA de conversación en este viaje: la escasez.

Tardé un par de horas en comprender el valor de las cosas. En 2008 hubo una reconversión monetaria y se estableció un control cambiario que aún se mantiene, existe un valor oficial del dólar y un mercado negro que establece un valor mayor por bolívar fuerte a cada dólar; este precio se puede ver cada día por internet y marca las transacciones del ciudadano común.

Todo el mundo me hablaba de precios de productos y la inflación. Incluso al cambio oficial, pude constatar que artículos de primera necesidad podían ser más caros que en España o Inglaterra; en muchos casos costos similares, pero distintos sueldos. Lo más impresionante es la facilidad con la que esos precios se inflan dependiendo del día, del local, de la zona en la que vives, es una suerte de subasta generalizada. En diez días que estuve el precio de un aceite de maíz (principal en nuestra dieta diaria) llegó a tener 3 precios diferentes en supermercados en una misma zona, nunca disminuyó. Si lo buscas en la calle, los vendedores ambulantes no dan respiro a la usura y al descaro, puede llegar a costar el 200% del precio marcado en el empaque del producto, ejemplo la caja de fósforos, una caja marca 5BsF, los bachaqueros venden 3 por 300 BsF, en oferta. Cómo consiguen los bachaqueros las mercancías, quién regula los precios en los pequeños negocios, quién puede cerrar los negocios, nadie sabe o quizás es un secreto a voces.

En vista de la falta de productos y que el dinero también escasea las familias han establecido un sistema de cambalaches o trueque. Incluso las redes sociales están llenas de mensajes como cambio combo de pastillas por crema de arroz, leche para bebés o pañales. Cada persona establece su combo dependiendo de lo que quiere conseguir y lo que tiene en casa.

Este fue el principal tema de conversación de todo el viaje, a cada rincón que iba era imposible no encontrar alguien que por mensaje de texto o redes sociales no encontrará un alguien que cambiaba o que cantaba que salió tal producto en un supermercado.

El desabastecimiento ha cambiado las dinámicas de la familia, hay que tomar en cuenta la cola para comprar jabón, hay que saber dónde y cuándo está disponible algún producto y el precio.

Las conversaciones en la mesa, la sobremesa, la playa y demás giran en torno a los precios inflacionarios, el cambalache o trueque (disponible en todas las redes sociales por localidad) y las sustituciones que han tenido que hacer en vista de la falta de producto: unen restos de jabón de lavar y lo rayan para tener una pasta y poder lavar la ropa en la lavadora.

Aunque los racionamientos de agua han disminuido ahora mismo en las casas lo común es el “perolito” y los “pipotes” de agua porque nunca se sabe.

Tratando de esquivar las conversaciones del día a día venezolano y a pesar de todo el escenario mantuve mi optimismo y comencé a soñar en invertir mi dinerito en una casita en mi ciudad natal, por aquello de tener un sitio donde volver y compartir tu cultura con los tuyos. Busqué un pequeño apartamento cerca de la playa con bonito acceso y no muy ostentoso porque no me lo podría permitir. Vi dos apartamentitos, todos los precios fueron realmente de risa tonta y cara atolondrada. Costos en dólares, lo más risible fue que por el mismo monto podía comprarme un pequeño apartamento en Europa o EEUU con agua corriente y electricidad los 365 días del año las 24 horas del día, seguridad personal y de mis bienes, policía al servicio ciudadano, facilidades de arriendo y re-venta, etc.

Ante el desconcierto y frustración no paré de preguntar y preguntarme, dónde están los ánimos de lucha, el reclamo, la expresión en la calle. Mi respuesta sigue siendo la misma, está rodeado de un increíble miedo ante la inseguridad e impunidad que se vive en el país. Este fantasma en nuestro sistema legal es una tara que hemos dejado crecer durante años y es sencillamente inmanejable.

Como dije al inicio soy una turista en mi tierra, no tengo mucha cotidianidad para opinar. Mi viaje terminó después de diez días en los que aún no he terminado de aterrizar. Un desconcierto me sigue inundando por mi familia, mis amistades y porque siempre he pensado que mi país es un sitio para volver y envejecer: por la calidez de la gente aunque el día a día haya enfriado; por la educación y respeto que siempre teníamos entre nosotras, el ‘por favor’, los ‘buenos días’, las ‘gracias’ con sonrisa que se han desgastado y oscurecido por la inseguridad.

Seguimos teniendo un país maravilloso que está un poquito encerrado hoy más que ayer.

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