Volver al Estado Normal?

Coronavirus, Capitalismo y Necrosis Planetaria.

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Si la actual crisis causada por el Coronavirus nos ha demostrado algo es que el sistema post-Fordista neoliberal está obsoleto. El Coronavirus, surgido en los wet markets de Wuhan y que ya se avisó de su alta potencialidad para crear una pandemia a gran escala a través de episodios de zoonosis en murciélagos rinolófidos hace más de 10 años (Shi, Hu, 2008), ha sacado a la superficie las incoherencias del sistema actual, dándole un golpe casi letal a la homogeneidad de la que goza. El Coronavirus parece haber sido la gota que podría colmar el vaso después de unos meses de protestas contra el status quo neoliberal desde Santiago de Chile a Beirut, entre otros, como forma de descontento hacia un sistema que no funciona para las masas, en una directriz basada en el capital ficticio y la expansión infinita del capital, la acumulación y la deuda (Harvey, 2020). En una de sus última intervenciones, Slavoj Zizek (2020) definió este golpe Tarantinístico, macabro y a su vez ilustrador, haciendo un paralelismo con la última escena de Kill Bill II. En ella, Beatrix realiza la “Técnica del Corazón Explosivo de la Palma de Cinco Puntos” sobre Bill, ataque mitológico en las artes marciales que destaca por causar la implosión del corazón del individuo a la que se le realiza tal técnica después de andar cinco pasos. En esta instancia, Zizek conecta de manera original dicha técnica con la actual crisis global dilucidando que el Cornonavirus es una “Técnica del Corazón Explosivo de la Palma de Cinco Puntos” contra el actual sistema capitalista, neoliberal, extractivista y voraz. Por consiguiente, el actual sistema se encuentra en un crítico punto de inflexión. Está acabado en la práctica tal y como lo conocemos. A pesar de todo, las alternativas especulativas sobre cómo va a estructurarse el orden sociopolitico y ecológico después de esta crisis son muy diversas. Como ya apuntó Harari (2020), “Las decisiones que tomen los ciudadanos y los gobiernos en las próximas semanas moldearán el mundo durante los próximos años. No sólo moldearán los sistemas sanitarios, sino también la economía, la política y la cultura” (Harari, 2020). Aún así, que el actual sistema esté entre la espada y la pared no significa -¡ni mucho menos!- un giro hacia un sistema global más equitativo. Estamos en medio de una dialéctica Hegeliana entre la muerte y la vida donde una síntesis es crucial y urgente, sinterización que puede ser muy fructífera para teorizar, imaginar y ver florecer nuevas formas de vivir y convivir.

La edad contemporánea ha sido confinada dentro de una Capitalomania, un Capitalocentrismo marcado por la desigual ejecución de poder para subyugar a entidades subalternas para controlar poblaciones dentro de un sistema radicalmente marcado por la globalización de los mercados, la privatización del mundo bajo la bandera del neoliberalismo, la creciente sobreposición de los mercados financieros unos sobre los otros, la composición post-militar, tecnologías digitales y manipulación de ontologías e ideas, donde creencias y una aflicción individualistica se alinean con la dominación de la sociedad techno-Capitalista, guiando dichas masas hacia un proceso de desterritorialización y desculturalización que las prepara, de manera Orwelliana, para el proceso de consumo global, validando, a través del consumo y de manera pía, el espíritu individualizado y anti-colectivo (Mbembe, 2017; Ungureanu, 2017; Chomsky, 1997). Es crucial comprender que dentro de esta complejidad, tal como apunta Bruno Latour (2017), desde la década del 1980, la oligarquía y los grandes poderes dominantes pararon de liderar y empezaron a refugiarse del mundo, en una edad contemporánea que parece que no puede escapar de los tentáculos de un sistema en el cual el beneficio y la acumulación son la prioridad por encima de cualquier cosa, donde las agendas políticas no concuerdan con la lógica de los diferentes ecosistemas, tanto sociales como ecológicos.

El Capitalismo actual pide y exige control sobre todo lo que está a su alcance. No se trata de innovación o desarrollo, nomenclaturas basadas en un pozo Nietzcheano donde la ontología neoliberal no nos deja discernir claramente entre lo bueno y lo malo moralmente. En cortas palabras, si una práctica no beneficia la finalidad última del Capitalismo, la cual es la interminable espiral de acumulación y el control piramidal, clasista, discriminatorio, falocéntrico y antropocéntrico sobre los diferentes ecosistemas humanos y no-humanos, dicha práctica no va a ser usada por el Capitalismo o, a su vez, va a ser modificada para no poner en peligro el status quo del sistema y la naturaleza hegemónica Gramsciana de este definida como un proceso de subordinación moral, intelectual, política y social (Gramsci, 1971). Es por eso que alternativas como el Capitalismo Verde o Green New Deal, aún que pueden ser interesantes de contemplar como soluciones a corto plazo o transitorias, nunca van a ser coherentes en un futuro socialista real porque no dejan de ser una extensión del Capitalismo y todas las desigualdades que este conlleva. Parafraseando -si se me permite- a Noam Chomsky (2013), los agentes humanos y no-humanos no pueden existir ni convivir de manera equitativa y ecológica dentro del Capitalismo existente, voraz, violento, virulento y desigual, pues este es incompatible con ninguna forma de democracia y con un socialismo real. El capitalismo nos lleva a todos hacia la existente Sexta Extinción masiva, la primera causada única y exclusivamente por las prácticas planetarias de una especie, y la última Tragedia de los Comunes que ya se ve acechando en el horizonte material y ontológico.

Es en este estado de caos donde podemos verle los colores de manera clara y concisa al Capitalismo, y su naturaleza vírica y mortal. Aquí, el proceso de muerte o de putrefacción son decisivos para comprender la problemática material y ontológica del capitalismo. En los últimos años hemos podido ver la muerte directamente relacionada con el capitalismo voraz en la crisis de los refugiados climáticos de las islas del Pacífico, los fuegos forestales de Australia en 2019, el golpe de estado en Bolivia, el extractivismo neocolonialista de zonas en América Latina, las políticas de Jair Bolsonaro hacia la destrucción irreparable de la Selva Amazónica, los procesos de bleaching en la Gran Barrera de Coral, la imparable extinción de anfibios alrededor del planeta o en el deshielo de los polos y sus consecuentes escapes de substancias congeladas en el permafrost. Las ideas de muerte, putrefacción y, sobre todo, de extinción nos dejan entrever, deconstruir y analizar, desde una ontología reversa, el caos sociopolítico, ecológico, material, ontológico e histórico en el que la edad contemporánea esta inmersa hasta el cuello.

Aquí es donde la nomenclatura de esta época recae en gran importancia. Dejando de lado la idea del Antropoceno llevada a la discusión cultural por Paul Crutzen (2002), la cual abrió nuevos horizontes de discusión, investigadores y teóricos han optado por la idea de Necroceno. Primero de todo, porque la idea de Antropoceno sigue manteniendo al ser humano en el centro de la ecología de este debate, reforzando el antropocentrismo, y extiende la abstracción del hombre como una entidad todopoderosa cuando, en realidad, esta modificación material de la ecología y lo sociopolítico ha venido a raíz de las practicas capitalistas y acumulativas profundamente desiguales. La nomenclatura del Necroceno se funda en la definición del Capitaloceno propuesta por Jason W. Moore (2016), una época gobernada por la agencia geológica, política, ecológica y cultural de la acumulación capitalista, creando una dualidad dialéctica entre Humanidad (explotadores) y Naturaleza (entidades explotadas). Esta dualidad no divide entidades humanas y no-humanas, sino que seres humanos han entrado a formar parte del grupo de entidad explotadas, como pueden ser los colectivos racializados de manera discriminatoria, las mujeres o las personas viviendo en secciones semicolonizadas, neocolonizadas o extractivizadas, entre otros (Moore, 2016). Esto es denominado por Moore (2016) como Law of Cheap Nature (Ley de la Naturaleza Barata), en la cual el planeta esta radicalmente dividido. La teoría del Necroceno recae en esta narrativa, pero trata de reconstruirla situando la muerte y la extinción en el centro. McBrien (2016), considera que el Necroceno encapsula la desaparición de especies, lenguas, culturas y sociedades que sucede dentro del sistema Capitalista, pues la acumulación infinita nos lleva a la extinción. En otras palabras, la teoría del Necroceno reforma la historia material y ontológica de la expansión del Capitalismo a través de los procesos de muerte y extinción.

La teoría del Necroceno nos permite, tal y como hemos dicho, analizar el estado actual del mundo contemporáneo y los tentáculos que crecen de él, ayudándonos a ver la naturaleza infecciosa y extinctiva más allá del espectro del Capitalismo, funcionando dicha teoría como un heurístico sociopolítico que nos permite crear nuevas narrativas para fluctuar, enredar y escrutar las partes contaminadas del sistema. Esta narrativa se desarrolla hacia lo que he denominado el Realismo del Necroceno –Necrocene Realism (Batalla, 2019)-. Este realismo se alinea con la idea Gramsciana donde las poblaciones no controlan sus ideas, sino que las ideas controlan a la población, y parafraseando el Capitalist Realism (Realismo del Capitalismo) de Mark Fisher (2019), el Realismo del Necroceno plasma la lógica Capitalista bajo una ontología del negocio y el consumo, que ciega a la humanidad tanto ontológica como materialmente de manera que no pueda percibir ni pensar en ninguna alternativa factible o coherente fuera del Capitalismo. El Necroceno es un Hiperobjecto Oscuro, una entidad masiva difusa en tiempo y espacios paralelos en sus dimensiones físicas y metafísicas. Es una ecognosis (Morton, 2016), nos deja saber que existe a través de sus características de hiperobjecto para entrar en el bucle del conocimiento: lo extraño se convierte en común y lo común en extraño (Morton, 2016). En otras palabras, el Necroceno se ha convertido en la ontología y el materialismo común de nuestra percepción de la realidad y, consecuentemente, no cuestionamos su existencia fundamental.

El Realismo del Necroceno considera que la narrativa capitalista y su ontología matan, extinguen y infectan las alternativas fuera del Necro-Capitalismo, pues el capitalismo, como hemos definido antes, funciona a través de los procesos de extinción y muerte, destruyendo, engullendo y pudriendo las diferentes alternativas a el de manera superficial. Aún así, es cuando podemos atacar de manera radical las inconsistencias del capitalismo donde se abren nuevas puertas de discusión. El Coronavirus, a pesar de su catastrófica naturaleza, nos ha dado las herramientas a nivel teórico para reforzar la narrativa del Necroceno y la realidad de la lógica mortífera del Capitalismo.

El Necroceno está basado en las ideas de Necropolítica, Necroeconomía y Necro-ontología, en la cual se construye la Ley de la Naturaleza Barata (Moore, 2016). Aunque no es mi idea definir estas en profundidad en este escrito, es vital conocerlas en su superficie para crear una narrativa convincente para alterar el curso del Capitalismo. Aquí la necropolítica rechaza la idea Foucauldiana de Necropolítica definida como las políticas del derecho a matar. EL Necroceno se alinea con las ideas propuestas por Achilles Mbembe (2003), que entienden la necropolítica como el derecho de exponer a entidades a la muerte y a las practicas de muerte, basadas en la instrumentalización generalizada de la existencia humana y de la destrucción material de ella, convirtiendo las entidades sujetas a estas políticas en el Homo Sacer de Agamben. Aún así, la idea de Necroceno nos lleva un paso más allá de Mbembe, pues en su confinamiento planetario dividido entre Humanidad (explotadores) y Naturaleza (explotados) de manera holística, afirma los procesos extintivos y extremadamente desiguales capturados del capitalismo. Se crean, de esta manera, mundos muertos (death worlds), una nueva forma de existencia social donde poblaciones gigantes son sujetas al estatus de muerto viviente (Mbembe, 2003). Este estatus de muerto viviente, aun recordarnos al imaginario del zombie, es realmente una conexión entre la dominación de las políticas de la muerte sobre la vida, muerte conectada con el Capitalismo. La teoría del Necroceno empuja las entidades hacia este estatus entre el rechazo de la violencia abiertamente aclamado por el vox populi humanitario y, a su vez, el fetiche hacia esta.

Por otro lado, la Necroeconomia es definida por Unzondu (2013) como un sistema económico organizado en el consumo de cuerpos y entidades en el proceso de acumulación del Capitalismo. Las entidades se convierten en materia instrumentalizada, negadas de su identidad, y son usadas o desechadas, en buena parte basándose en su habilidad de generar riqueza y acumulación de capital, perdiendo así su valor intrínseco. Es aquí donde podemos ver una clara relación entre Necropolítica, Necroeconomía y el Necroceno. La ya mencionada Ley de la Naturaleza Barata se basa en estos fundamentos, creando la necro-ontología crucial en el Realismo del Necroceno, una sistemática reproducción de poblaciones que tienen que ser matadas -en el sentido de permanecer bajo la influencia de la necrosis de la necropolítica, la necroeconomía y el Necroceno-, entendida como la orientación filosófica que organiza, de manera racional, poblaciones para su muerte. Por consiguiente, y considerado lo previamente expuesto, política, economía, sociedad, cultura y ecología son mutualmente constitutivas y constructivas de esta necro-ontología bajo el toldo del Capitalismo extremo. En esta encrucijada, el Realismo del Necroceno, la extraña era de la muerte, nos brinda una alternativa teórica la cual es fructífera al ser considerada como una base fundacional axiomática, culminante y decisiva para retar al Capitalismo y sus inconsistencias y, a su vez, el realismo dentro del Necroceno, ese Síndrome de Estocolmo que no nos permite juzgar desde casi ningún punto de vista las desigualdades y la muerte en multiplicidad de ámbitos dentro del actual sistema. Esta teorización nos lleva a pensar al revés, desde la muerte hacia la vida, siendo el Necroceno una nomenclatura rica que nos presiona y nos fuerza a remodelar las relaciones existentes entre ontología, materia y ecología, con el fin de secularizarlas todas de las zarzas del Capitalismo Leviathánico y su acumulación.

 

Esto nos lleva a la conexión entre la crisis del Coronavirus y el Realismo del Necroceno. La crisis del Coronavirus está fundamentalmente ligada a las prácticas globales de necropolítica, necroeconomía y la necro-ontología de dicho realismo. Todo se reduce al valor de una entidad, hasta que punto debe ser explotada, hasta que punto es necesaria y hasta que punto puede ser desechada. Esta catástrofe no ha sido solo una catástrofe sanitaria, sino que también ha sido una catástrofe profundamente política y social. En un sistema basado en lo común dentro de su mundo, fundado en una profunda desigualdad y la constante reproducción de esta, se nos presenta delante como el mundo real con sus mecanismos e instituciones (Rancière, 2017), centrándose en la hiperproductivitad y subyugación de las entidades en la Ley de la Naturaleza Barata, el Coronavirus ha dejado entrever a toda la población que el capitalismo neoliberal, agresivo y voraz no sirve a las mayorías, y el individualismo no funciona. Ha puesto de entredicho esta concepción de la realidad, dejando dos alternativas claras a esta solución y a los futuros especulativos después de esta crisis tal y como las presenta Juan Carlos Monedero (2020): Socialismo o Barbarie. Lo que es básico e indispensable es entender que estamos bajo la directa presión asfixiante de una hegemonía cultural en la cual el Realismo del Necroceno controla las ideas de las personas, en un síndrome de Estocolmo ya mencionado, afectando todas nuestras acciones y pensamientos, como el Gran Hermano en 1984 y basado en el fundamento que ha hecho que el neoliberalismo extractivista y voraz triunfe, volviendo a usar a Orwell, Ignorance is Strength. En otras palabras, la ignorancia grupal que no permite ver que el Capitalismo nos domina material y ontológicamente y es parte de nuestra hegemonía cultural, es la fuerza del capitalismo para seguir propagando su discurso, su hegemonía y su voraz acumulación pues, con su control absoluto y su relación de poder y control del saber Foucauldiano, abarca todo a su alcance.

Es vital entender que este virus ha surgido a raíz de una ignorancia sistemática a las ciencias naturales y la investigación por parte de las élites gobernantes que siempre han priorizado acumulación por encima de bienestar y equidad global, a parte de ser una causa directa de la Sexta Extinción de especies y ecosistemas. Las practicas extractivistas y acumulativas del actual sistema capitalista destructivo, a causa de la consecuente destrucción de ecosistemas, están creando espacios donde es mucho más fácil que virus como el COVID-19 se transmitan al estar expuestos cada vez de manera más directa al ser humano (Jones 2008, en Vidal 2020). Debido a la extinción masiva de especies y ecosistemas, los virus no solo están más expuestos al ser humano, sino que la tendencia hacia episodios de zoonosis es mucho mayor. De esta manera, el capitalismo nos muestra su naturaleza más mortal y su habilidad de causar necrosis allí donde tiene sus tentáculos en contacto, succionando y envenenando, a raíz de su necropolítica, necroeconomía y, en resumen, el Realismo del Necroceno.

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En esta situación, también es trascendental comprender que, como ya han avisado algunos estudios, el Coronavirus puede marcar el inicio de una época de pandemias a gran escala (Vidal, 2020). A pesar de esto, es decisivo comprender que la crisis del Coronavirus puede ser superada, a priori y a corto plazo, con el anticuerpo de una ontología y materialización de ideas sociopolíticas socialistas, equitativas y ecológicas tanto en entidades humanas como en entidades no-humanas. No obstante, hay una amenaza causada por el Necroceno mucho mayor y que puede desatar un sinfín de crisis planetarias, cayendo una tras otra como fichas de dominó y de manera irreversible, tal y como advirtió el Stockholm Resilience Center en 2009 con sus Límites Planetarios (Rockstöm et al, 2009). Estos límites son el cambio climático, el agotamiento del ozono en la estratosfera, los ciclos de nitrógeno y fosforo bioquímico, el uso global de agua natural, la velocidad y el número en la pérdida de biodiversidad e integridad, los cambios en los sistemas geológicos, contaminación química, y la carga de aerosol en la atmosfera. Según Rockstöm et al (2009), cruzar uno o más de estos límites puede ser catastrófico, irreversible y puede causar catástrofes no-lineales, cambios bruscos en el medio ambiente y catástrofes sociales, humanas y ecológicas sin igual. Al menos los límites de integridad y biodiversidad de la biosfera y de los flujos y ciclos de nitrógeno y fosforo ya han sido cruzados a un nivel crítico, y la gran mayoría de los otros están acelerándose a un ritmo preocupante y al borde de ser cruzados, mientras que las acciones políticas y económicas no están, ni por asomo, cerca de cumplir ningún objetivo que pueda mantener estos límites controlados. La crisis del Coronavirus es política y humana, por consiguiente, por muy catastrófica y dolorosa que pueda parecer, puede ser, aparentemente, controlada y revertida. La crisis global que puede surgir a causa del cruce de los Límites Planetarios es una crisis escalada y sin retorno. Una de las causas va a ser el deshielo del permafrost en los polos, donde se cree que hay virus y bacterias en estado latente y conservadas, que pueden volver a afectar al conjunto de seres vivos de la tierra después de su deshielo. Tal y como apuntaron Revich y Poldolnaya (2011), debido al derretimiento del permafrost, los vectores de enfermedades infecciosas mortíferas que causaron estragos en los siglos XVII y XIX pueden volver de manera sencilla. En 2016 ya hubo un caso mortal y más de 20 infectados por ántrax en Siberia a causa del deshielo del permafrost. Se cree que enfermedades como la Gripe Española, la Peste Bubónica o la Viruela. En estos casos, a parte de otras enfermedades que se pueden hallar en estado latente, al no haber estado en contacto con los seres humanos durante un periodo largo de tiempo, el sistema inmunológico humano no estaría preparado, siendo de esta manera extremadamente peligroso (Claverie, 2017, en Fox-Skelly, 2017). A parte de esto, enfermedades típicas de países tropicales y subtropicales como la Malaria o el Dengue serán cada vez más usuales en zonas alejadas del trópico a causa del calentamiento global.

Tomar las decisiones equivocadas a nivel global en esta estacada puede llevar al planeta, al apocalipsis dentro del apocalipsis, a cruzar los Limites Planetarios, a convertirse en un lugar mucho más hostil y desigual de lo que es basado en un control Orwelliano ya especulado por Han (2020) y Harari (2020). Según Han (2020), tras la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza, con más control sobre las poblaciones y sin ningún cambio hacia una equidad holística, pues “el virus no puede remplazar la razón” (Han, 2020: 110). Tanto Han (2020) como Agamben (2020) temen que el estado de excepción se acabe presentando como el estado social normal, convirtiendo nuestro mundo en una Distopía Capitalista Neoliberal donde el estado vital nos aísla y nos individualiza, nos subjetiza y nos explota, sin generar ningún espíritu colectivo fuerte real. La solidaridad se convertirá -si no se ha convertido ya- en una práctica fundamentalista basada en “guardar distancias mutuas”, no en pensar y soñar con un order sociopolítico y ecológico más equitativo y pacífico.

Ya avisó Thatcher con su “there is no other alternative” que es más difícil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo existente, basado en la desigualdad y la extrema privatización de los bienes comunes, anteponiendo acumulación, individualismo y producción ante la equidad, la calidad y la ecología. Todo acaba siendo absorbido por el capitalismo, desde el bien común hasta las energías renovables. No solo existe una batalla en contra del Coronavirus, sino que también estamos luchando contra el virus del Capitalismo. Si esta crisis nos puede enseñar algo positivo es que, a pesar de las conductas individualistas de ciertos colectivos, posiciones políticas, compañías y estados, el cambio radical es posible y que los estado-naciones tienen el poder de gestionar estas crisis de manera unitaria si quieren colaborar entre ellos. Después de esta crisis, el discurso popular tiene que dejar de ver al sistema capitalista y a su necrosis aparente como a Voldemort -el que no debe ser nombrado ni criticado-, y convertirse en La Orden del Fénix, aquellos capaces de criticar sin temor y sin miedo un sistema basado en una racionalización desigual, para caminar hacia la liberación del ser human y de la tierra con una política que incluya un amplio espectro de colores y se base en una Racionalización Ecológica no antropocéntrica e inclusiva (Plumwood, 2002). No se puede dejar el mañana en las manos de un posible futuro más equitativo en las manos del virus, pues este virus también va a ser absorbido por el Capitalismo y para jugar la partida en sus reglas y en su campo. Tal y como Vergara-Camus (2017) y Bellamy-Foster (2015), las sociedades deben caminar hacia la inevitable Gran Transición (en caso de que se quiera conseguir una sociedad más equitativa), donde ciertos valores como el consumismo, el individualismo y el antropocentrismo serán reemplazados por la triada compuesta por calidad de vida, solidaridad humana y sensibilidad ecológica desde un punto de vista no-antropocéntrico, basado en una propia limitación ética y moral, no en clave de impedimentos. Es por eso que, según Kallis (2019), el capitalismo no se lleva muy bien con una democracia real.

El capitalismo es sinónimo de necrosis planetaria. Es a través del Realismo del Necroceno, poniendo a las practicas de muerte y catastrófica extinción en el centro, y un pensamiento basado en una Racionalización Prismática y Ecológica podemos crear nuevas críticas, nuevas ontologías y secularizar poco a poco la sociedad del mantra del Capitalismo post-Fordista neoliberal en el que estamos sumergidos, intentando buscar una democracia que democratice todos los aspectos de la vida, tanto humana como no-humana. La humanidad quiere volver a un estado normal, al business-as-usual. Desde mi punto de vista, el Coronavirus y la realización mental y material de la idea de Necroceno nos permiten darnos cuenta de que lo normal no funciona para la mayoría. Esta es una crisis para aprender y cambiar radicalmente hacia un modus vivendi equitativo, ecológico y prismático. Si no lo hacemos ahora sin caer en el juego de la hegemonía donde se nos da una celda un poquito más grande para no quejarnos ni criticar el status quo, conformándonos con lo que existe, no hay salida.

 

Referencias:

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