Volver a alguna parte

En “El deseo de ser un indio apache” el escritor Franz Kafka habla del placer de cabalgar cada vez más deprisa y de la necesidad paradójica del jinete de desprenderse de aquello gracias a lo cual puede avanzar: las espuelas, las riendas, el caballo mismo. Lo natural, en la cresta de la velocidad, es querer liberarse también del cuerpo del apache, medio y obstáculo de nuestro impulso ya sin objeto. La velocidad es el destino tecnológico del hombre, pero es sobre todo -lo he dicho otras veces- el alimento y el combustible del capitalismo. Y lo es porque el capitalismo, que necesita producir cada vez más y cada vez más deprisa, necesita asimismo eliminar, o al menos ocultar, el medio y el obstáculo de su reproducción: precisamente los cuerpos.

El cuerpo humano emite sonidos, desprende una voz extraña, vanguardia y bocina de su existencia, mano larga lanzada en la distancia, como el sedal de una caña de pescar, que luego recogemos de otra boca o que tira de nosotros hacia el extremo, reabsorbiendo la unidad. Los cuerpos humanos, nacidos sonoros, desprendieron luego otros proyectiles que llegaban más lejos que la voz e incluso más rápidamente: flechas, balas, bengalas, alfabetos, misiles. Hasta que en 1854 Antonio Meucci -y no Graham Bell- inventó el teléfono y con él la posibilidad de lanzar la propia voz tan lejos como lejos llegara la intrincada telaraña de nuestros cables. En todo caso, la imagen del sedal y la caña de pescar siguió siendo válida hasta hace pocos años, pues era un hilo el que mantenía unidos dos cuerpos distantes, atados no sólo entre sí sino también al salón de sus respectivas casas. Por eso el teléfono fijo es tan primitivo, en realidad, como un caballo (o como una caña de pescar). Lo que el teléfono móvil o celular ha cortado es ese hilo y por lo tanto la linealidad entre el cuerpo y la voz, la cual discurre ahora paralela a su emisor, en libre torbellino, emancipada en su cabalgada del apache mismo que la retenía en su prisión o la devolvía sin cesar a ella. La pregunta espontánea de todo arranque telefónico ya no es “¿quién eres?” sino “¿dónde estás?”, precisamente porque la identidad ha quedado radicalmente desterritorializada, descarnada en mensaje puro, disuelta en el aire como el polen de las flores.

Se habla mucho de la deslocalización de la producción y muy poco de la del consumo. La movilidad subjetiva de las nuevas tecnologías, que tantas vidas ha salvado, se ajusta como un guante al universo de la publicidad y a su ecosistema cerrado de voces e imágenes desinfectadas de cuerpos. La mercancía nos salva de la muerte como la comunicación nos salva del contagio; si compro y me compran no muero; si no soy más que un eco nada ni nadie puede hacerme daño. Pantallas, redes informáticas, mercados financieros, telefonía móvil, la ilusión inmaterial es la de un impulso individual sin fronteras, la de una pulsión aérea que revolotea picoteando entre marcas y simulacros. No es más que una ilusión: la deslocalización del consumo, cuyo símbolo máximo es el teléfono celular, está ligada por un hilo invisible, al otro lado del mundo, a la muerte de 5 millones de cuerpos en el Congo, cuyo territorio y minerales se disputan unas cuantas empresas occidentales ( Nokia, Ericson, Siemens, Sony, Bayer, Intel, Hitachi, IBM). A nosotros no nos importa. Se pueden mantener los muros o levantar otros nuevos porque no impiden que pase la voz (o el gag visual) por encima de ellos; los muros están hechos solamente para retener los cuerpos, para frenar a los retrasados que todavía conservan uno: los pobres y los terroristas, y también las mujeres, cuyo exceso de cuerpo conviene tener localizado ininterrumpidamente. EEUU, en efecto, ha desarrollado un sistema de espionaje para localizar llamadas desde celulares sin intervención judicial y una empresa española anunciaba hace poco la comercialización de un dispositivo para que los celosos puedan saber en todo momento desde dónde llaman sus esposas.

En España viven 42 millones de personas y a finales de 2007 había ya 50 millones de teléfonos móviles. Según algunos estudios de mercado, los europeos cambian de modelo cada cuatro meses. Podemos hablar ininterrumpidamente con todos nuestros amigos -que no son necesariamente conocidos- en cualquier lugar del mundo y en cualquier momento. Pero, ¿tenemos algo que decirles? Sí, tenemos que decirles dónde estamos, desde dónde llamamos. O, al revés, tenemos que decirles en realidad dónde no estamos, desde donde no llamamos. Porque el único lugar del mundo donde ya no estamos es aquel desde donde llamamos o donde recibimos una llamada. Llamamos o recibimos llamadas precisamente para no estar allí donde estamos, para no estar allí donde está nuestro cuerpo, ese rescoldo tenaz y desazonante que, en condiciones capitalistas, queremos olvidar lo antes posible, por falta de recursos y para conservar nuestro prestigio: la pura tentación de la descorporización vacía, el malestar de estar vivo, el rechazo de las situaciones residuales, la intolerancia frente a lo concreto, el creciente desprecio por los otros, el deteriororo cultural y antropológico del espacio público. Cada vez me resulta más incomprensible el escándalo de los que protestan en Europa por la intromisión en la vida privada de los medios de comunicación o del Estado. Lo que es inquietante, lo que es verdaderamente amenazador es la invasión del espacio público por parte de los intereses y las pulsiones privadas. El ágora capitalista es esta imagen: la de una plaza donde se reunen miles de personas para darse la espalda unas a otras y declarar por teléfono a miles de ausentes diferentes: “No estoy aquí”, “no estoy en ninguna parte”.

El único acto de comunicación total que conocemos es la guerra. La ininterrumpida conversación sin vivencias y fuera del espacio convierte el intercambio de mensajes en un puro intercambio de señales. Liberados del cuerpo, desprendemos sin cesar flechas, balas, misiles, bengalas. Es parte de la guerra, aunque los muertos caigan sobre todo en el Congo y nuestro propios cadáveres mentales los escondamos detrás de una valla publicitaria.

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