Vivir – y pensar – como los Zombies

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Por Diego Taboada

En vida solemos decir cosas con tono rotundo y voluntad de perpetuidad; a veces es un mero jugueteo, una teatralización cómica sin más intención que la de afirmarse para sacarse encima los corsés de las palabras hechas, otras veces es el fruto del momento, del ánimo apasionado, de la desidia, del cansancio y el hartazgo, también. Hasta que llega cronos y, como suele ser habitual, nos pone en el sitio que nos corresponde y nos hace reflexionar con más ecuanimidad sobre lo dicho, hecho y escrito desde ese puntito de contradicción que anida siempre en cualquier persona.

Una de esas cosas que suele brotar como hábito mental espontáneo, tal si fuese como esas verdades auto-evidentes que se dicen en las tabernas, es la siguiente : ¡ La neutralidad no existe! o ¡ Ser neutral es de cobardes, hay que mojarse ¡. Yo – lo confieso – lo he dicho y escrito en ocasiones, pero, sin ánimo de justificarme, trataré de aclarar el contexto : hubo un tiempo no muy lejano en el que me propuse hacer una charla en mi pueblo natal, Chantada, sobre la Operación Borde protector en la franja de Gaza. La entrevistadora de la TV local me insinuó si era posible un enfoque neutral sobre el conflicto israelo-palestino y yo respondí más o menos lo mismo que pienso y siento ahora : no, en este caso – y es importante el en este caso – la neutralidad es imposible.

Creo que en algún texto o ensayo, o algo que pueda parecerse a lo último, he escrito que la llamada filosofía de la neutralidad – o del injusto término medio, como la llamaba Montalbán – me causa mucha aversión. Sin ánimo, de nuevo, de justificarme, porque la palabra hablada y escrita suele llevar a generalizaciones e interpretaciones estrechas y erróneas, cuando no injustas, quisiera matizar que es cuando se formula un juicio moral con desconocimiento de causa y escenario cuando tal neutralidad me desagrada. O dicho con más precisión, es cuando la valoración moral se formula de modo apriorístico, sin haber profundizado con información y documentación rigurosa en la mano, cuando la neutralidad epistemológica me desagrada profundamente, hasta extremos que me permitiría calificar como de provocarme santa y justa ira, y ello no por otro motivo que porque considero que un juicio moral puede cometer una profunda injusticia con quienes son actores de un conflicto que nos hemos negado a comprender con precisión y detalle.

Soy un ser de matices y concreciones. Además, me consta que la palabra oral y escrita, y su recuerdo, suele interpretarse de muy mala fe, tanto en el momento en el que se formula como una vez pasado un tiempo. Me gustaría ignorar el alto grado de mala fe que anida en tan imperfecto bicho que somos, pero no puedo, porque en ello me va, si no la vida, si mucho ahorro energético con aquellos seres que, para enaltecerse a sí mismos ante los demás, construyen a un contertulio tonto o tergiversan voluntariamente sus palabras. Nada nuevo; es un hábito cuasi antropológico inserto en nuestro latinísimo temperamento.

Al grano : la neutralidad es imposible si nos concebimos a nosotros mismos sólo – y el sólo es importante – como sujetos con volición ética y moral, pero no lo es si hacemos un ejercicio de cientificidad y nos proponemos el comprender un proceso social con la máxima claridad y objetividad posibles. Nuestra condición de seres con volición ético-moral no puede desgajarse de nuestra condición de seres con capacidad para el juicio analítico.

Podemos, por supuesto, cometer errores en tal pretensión. Errores tan humanos como el no disponer de otras fuentes de información y documentación, o errores tan humanos como el no contenernos antes de llegar apresuradamente a cualquier tipo de conclusión. Sin embargo, el error, afortunadamente, forma parte del proceso de investigación y reflexión mismo en cualquier campo de las ciencias y las artes, y quizás contra lo que más debiéramos luchar no es contra el error, sino contra la instrumentalización político-partidaria y económico-mercantil de las ciencias humanas y naturales. Dicho de un modo sencillo : contra el hábito socializado de asociar la verdad al interés propio

Decía Gabriel Marcell, en paz descanse :

  • Se suele olvidar porque se asimila el hecho de creer al de formar o sostener una opinión. Pero esto es un grave error : mucho más a menudo sucede que nuestras opiniones se reducen a hábitos, a frases que nos hemos acostumbrado a pronunciar sin representarnos lo que significan, sin imaginar la manera en que se traducirían en la realidad concreta; con frecuencia nos veríamos bien atrapados si a alguien se le ocurriera traducirlas a actos”.

Nada es más habitual en los círculos político-culturales de los autodenominados partidos de izquierda en España que la búsqueda de influencia en las fábricas de opinión en detrimento de la reflexión crítica y la búsqueda de la verdad. Nada más habitual que el activismo y la política institucional sin fundamento ni poso filosófico, político-ideológico y moral interiorizado. Nada más habitual que el sacrificar la pauta de conducta concorde a volición ética y rigor analítico en aras de las prisas político-electorales. Y nada más habitual, por supuesto, que la lucha por construir otro sentido común, otra hegemonía, poniendo en su lugar mentiras y topicazos diferentes al anterior.

Quizás ya sea hora de recordar clara y rotundamente que el pretender la hegemonía aplicando la lógica conductual el fin justifica los medios es algo que pueden desear trepadores y oportunistas que nada tienen que ver con la sensibilidad cultural de los valores de izquierda. Lo que tiene que devenir hegemónico, además de los valores de libertad e igualdad, es la búsqueda de la verdad, y nada más : es antropológicamente evidente que si ese valor epistemológico, la búsqueda de la verdad, se socializa, ello debe tener fuertes consecuencias civilizatorias; pero, en cualquier caso, sería sólo durante ese momento histórico en el que la filosofía profunda, por así decirlo, que cementa a una civilizatio, se rompe en pedazos.

En resumen : buscar la verdad y comunicarla es un horizonte cultural, pero la desfragmentación de una civilizatio corrupta y retroalimentada con la mentira, es tan sólo – y no es poco – la consecuencia de haber asumido ese horizonte y haber persistido en el mismo. No tengo mejor fundamento empírico para afirmar esto último que la antropológica e histórica evidencia de que todo imperium se desmorona tarde o temprano, y ese proceso de desmoronamiento no es sólo una crisis de carácter técnico-económico – que también -, es también una crisis existencial y cultural en la que la vieja cosmovisión ya no vale, ni para interpretar una realidad social que ha cambiado, ni para satisfacer las necesidades más radicales del ser humano. Por lo tanto, sólo con el recurso a la violencia institucionalizada, la mentira y la persecución puede seguir erguida.

La presencia de las pautas de conducta referenciadas, así como la ausencia de otras , son el motivo profundo por el que me he cansado de compartir barco con seres que no llevan otro estandarte que el de exclamar aquello de ¡la neutralidad no existe! sin otro motivo que el de sentenciar, en trágica consecuencia, lo siguiente : ¡por lo tanto, muera la verdad y la objetividad!.

De esta actitud vital y epistemológica al ridículo y el esperpento más delirante apenas media un paso, y por ello me he distanciado de las mareas gallegas desde un principio, no sin antes explicar los motivos (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=206477) en un artículo que lleva por título Mareas – y cantos de sirenas. De nuevo se ha cometido el error de pretender construir unidad popular donde no existen, ni sinergias culturales, ni suficiente trabajo social y cultural de base. Los acrónimos que protagonizan esta pretendida confluencia político-electoral entre la izquierda nacionalista heterodoxa protavoceada por Xosé Manuel Beiras (ANOVA), que procedió en la Asamblea de Amio a un divorcio político-administrativo con la izquierda nacionalista ortodoxa hoy mediáticamente liderada por Ana Pontón (BNG), y la izquierda no-nacionalista representada por el espacio Podemos-IU, es de difícil, sino imposible, materialización.

¿Difícil, porqué?; a mi modo de ver, por un motivo muy simple que va más allá del cálculo aritmético y político-electoral : porque la traditio republicana del soberanismo gallego de izquierdas, fragmentada entre heterodoxos y ortodoxos con concepciones político-culturales muy diferentes de lo que debe ser un partido digno de ser atributado como realmente socialista y democrático, tiene como horizonte estratégico un proceso de desenganche político-administrativo con el estado español, concebiendo este desenganche como conditio sine qua non para una política de emancipación social y ruptura civilizatoria con el capitalismo neoliberal.

Sin embargo, la traditio del republicanismo federal-unitario del espacio IU-Podemos , también fragmentada entre heterodoxos y ortodoxos con concepciones político-culturales diferentes de lo que debe ser un partido realmente socialista y democrático, no está ni estará nunca dispuesta a reconocer las aspiraciones soberanistas del nacionalismo periférico : hay confluencias imposibles y monsieur Hegel, siendo muy estimulante como instrumento interpretativo, no puede hacer milagros ni de palabra, ni de obra, ni de omisión, construyendo verbalmente síntesis mágicas.

Si fuésemos honestos y valientes, lo cual es mucho suponer, no tendríamos más remedio que reconocer que, en el actual contexto geo-político, una Galicia con un estado propio, una Cataluña con un estado propio o un País Vasco con un estado propio serían, como ideal, lo mismo que es, como realidad, el estado español : un vagoncito más que tendría que callar y obedecer las directrices económicas, bancarias, monetarias y fiscales del Eurogrupo marcadas por las locomotoras de Alemania y Francia. Y un vagoncito, además, que tendría que hacer lo mismo que el Eurogrupo : callar y obedecer al imperialismo cultural y político-militar norteamericano, añadiendo a esta obediencia otras anexas a imperialismos competidores como Rusia y China.

Si fuésemos honestos y valientes, lo cual es mucho suponer, no tendríamos más remedio que concluir que el arribismo, la pose, el exhibicionismo verbal y mediático en redes y la improvisación verbal en medio del caos es lo que caracteriza a la nueva izquierda. Uno no pide autenticidad ni pureza – puesto que no creo en ellas -, lo que pide es que la cosa vaya en serio si los valores y la tradición cultural e intelectual que se asume es realmente la referente a la traditio emancipadora y anti-capitalista. En caso contrario, si la cosa no va en serio, agradezco mucho más la opción de quedarme contemplando el mar encima de una roca; el caso es que, en aras de la verdad, conviene no olvidar que significantes como socialismo y democracia son algo más que significantes, son historia, tradición crítica en cuestionamiento y diálogo perpetuo con la realidad, significado y también sentido. Historia, tradición crítica, significado y sentido que, ni mucho menos, está interiorizada en la educación sentimental y cultural de este experimento llamado En Marea.

No basta en absoluto con construirse y representarse en las redes sociales como alternativa a la derecha. Es necesario asumir y compartir una tradición – y una formación – ideológica, política, científica y filosófica que el anti-intelectualismo, los anti-intelectuales y el populismo intrínseco en el deseo de hablar para la gente normal y sencilla no está dispuesto a asumir; como si tener nociones básicas y generales en ámbitos como las ciencias sociales y la filosofía fuese un crimen, como si el deseo de saber fuese incompatible con el limpiar cañerías o reparar sistemas eléctricos… o como si un discurso estructurado, exigente y robusto no pudiese ser comprendido por el demos.

De estos lodos pedagógicos, los futuros lodos políticos, resentimientos y decepciones. Y si no, al tiempo.

Diego Taboada, a 30 de Agosto de 2016.

 

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