(Video) Marina Ginestà y la pistola obrera de Barcelona

Las memorias de Ginestà nos sumergen en la durísima época del pistolerismo patronal contra la clase obrera de Barcelona

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Por Ignacio Pato

Las memorias de Ginestà nos sumergen en la durísima época del pistolerismo patronal contra la clase obrera de Barcelona

¿Para qué quieren los obreros más horas libres? ¿Para ir a la taberna, para jugar a las cartas? ¿Para emborracharse como animales fuera de un trabajo que dignifica hasta tal punto de alejarles de ese estado de animalidad primaria? Eran preguntas retóricas que se hacía la patronal ante la reivindicación de la jornada de ocho horas que acabó desembocando en la triunfal huelga de La Canadiense de hace ahora 101 años y organizada principalmente por la CNT. Ese momento histórico es uno de los que ficciona levemente Marina Ginestà en sus memorias noveladas Otros vendrán, republicadas ahora por la editorial Renacimiento.

Quien se quede en la famosísima foto que muestra a Ginestà vestida de miliciana en la azotea del Hotel Colón de Plaça Catalunya de Barcelona en el verano del 36, se pierde bastante de esta mujer nacida en 1919 en una familia de tradición obrerista. Es más, su abuela Micaela Chalmeta ya fue pionera del feminismo y el cooperativismo y participó en la Semana Trágica de 1909. Ginestà fue durante la resistencia armada al franquismo, durante la guerra civil, y como miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas catalanas, intérprete del periodista soviético de Pravda Mijail Koltsov. Ella misma escribía en el diario Verdad apoyando los últimos momentos del gobierno de Juan Negrín. El exilio la llevó a Francia, México y República Dominicana, primero, y después a Bélgica y de nuevo al país vecino, donde murió en París en 2014.

Fue en un regreso a Barcelona entre los años 1970 y 1971 cuando Ginestà escribió todo lo que de su infancia le evocaba esa ciudad. Así nació Otros vendrán, originalmente en catalán y cuyo primer título fue Els precursors. Se trata de una crónica del poderío del anarcosindicalismo del principio de los años veinte y de la atroz reacción que opuso parte del empresariado: el pistolerismo ejecutado por matones a sueldo de la patronal.

Las calles de Barcelona, en un perímetro no muy grande desde el centro de la ciudad, se convirtieron en el escenario de una cacería contra el obrero consciente. No pasaron más que unos meses desde la victoria de la huelga en La Canadiense hasta el asesinato en julio de 1919 de Pau Sabater, líder cenetista del gremio de los tintoreros, en lo que hoy es Nou Barris. Diez mil personas acudieron a su entierro en lo que realmente fue una manifestación obrera que cruzó media ciudad, por Sant Antoni y el Raval desde el Hospital Clínic hasta el cementerio de Montjuïc. A los dos días, otro sindicalista, José Castillo, es asesinado en una barbería de su barrio de Sants. Sin acabar el verano, en septiembre, el inspector de policía Manuel Bravo Portillo, implicado directamente en la organización armada patronal La Banda Negra, era acribillado.

No solo caían anarcosindicalistas radicales. Francesc Layret, de origen burgués, de ideal republicano y defensor de trabajadores y militantes de CNT, fue abatido en 1920 al salir de su propia casa en la calle Balmes, no muy lejos de las plazas Universitat y Catalunya. La Ley de Fugas fue, junto al lockout o cierre patronal, otro de los hallazgos de los represores de la época. Se liberaba al preso y se le disparaba simulando a posteriori y a efectos legales un intento de fuga. Así mataron en 1921 a Evelio Boal y a Antoni Feliu, miembros destacados de CNT, a las puertas de la cárcel Modelo, en el Eixample. Por allí pasó también Salvador Seguí, el Noi del Sucre, trasunto del protagonista Miquel Alzina en la novela de Marina Ginestà.

Seguí fue asesinado por los pistoleros de la patronal. Fue en la esquina entre las calles San Rafael y Cadena, hoy Rambla del Raval. Hoy, también, lugar de paso de turistas -cuya mayoría, con la mirada absorta en Google Maps, no reparará siquiera en la placa conmemorativa: «defensor de la clase obrera»- entre la Filmoteca, uno de los principales hoteles de la ciudad y varias decenas de locales de comida rápida.

El cambio es radical, lógico si además del diferente momento social tenemos en cuenta que ha pasado un siglo. Donde hoy hay airbnbs o matan las horas de espera los repartidores de esas empresas que todos conocemos, antes estaba, por ejemplo, el Café Asiàtic, lugar de reunión sindical en la calle Roser del Poble Sec. O la relojería de Ángel Pestaña en la ravalísima calle de la Cera. O el local del periódico Solidaridad Obrera, también en el corazón del barrio, en la calle Ferlandina. Como el Ateneo Sindicalista de la calle Poniente, actual Joaquín Costa, que era otro centro de efervescencia de conciencia de clase.

Aquel año en que mataron al Noi del Sucre se formó Los Solidarios, que más tarde llamaría Nosotros. Se trataba de un grupo de autodefensa obrera armada contra la represión patronal. Algunos de los nombres de sus militantes son historia del anarcosindicalismo: Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso, Ricardo Sanz o Joan García Oliver. Este último definió así -en un discurso pronunciado ante el mausoleo de Durruti, Ascaso y el pedagogo Francesc Ferrer i Guàrdia en noviembre de 1937, en plena resistencia de Barcelona al fascismo y siendo el propio García Oliver ministro de Justicia- aquel grupo: << lo que no tengo vergüenza en decir, lo que tengo orgullo en confesar: ¡los reyes de la pistola obrera de Barcelona! >>.

Fuente: La Marea / Apuntes de Clase

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