(VIDEO) La “chabolista” Tele K tuvo su concierto

La noche anticipaba un teatro lleno. Poco antes de las 8 de la tarde la sala Marcelino Camacho de CC.OO. presumía de un público que atizaba los hornos de la cuesta con ganas de oír canciones iluminadas y poemas traídos para ser compartidos, -justo- al borde del escenario.

Son esos poemas que la canción encumbra y hace palabras de todos. Son esos textos y reflexiones –entre canción y canción-, que los cantautores saben entregar para poblar de ideas y sueños el sentido de la vida.

El escenario exhibía la delgadez de los micrófonos y un atril que fue compartido por los “arriesgados” dispuestos a darlo todo. Una luz de compañía y un público eran los eternos observadores. Eran espectadores venidos de muchas partes, de muchas horas. Y es que la solidaridad no tiene carreteras cuando de abrazos se trata.

La cita empezó poco después de la hora señalada, con un Luis Pastor que destronaba alegría rebosada ante un espacio dimensionado que su estatura de hombre de Vallecas, le pareció suficiente para desatar los sueños y hacer preguntas que aún están sin responder. Habló de su infancia Vallecana y sus ganas de hacer canción. Le cantó a sus colegas y al barrio obrero donde nació, que sigue siendo un baluarte donde las utopías son posibles.

Le cedió la “palabra” a Pedro Pastor, un joven de delgada estatura que aflojó lo “ceremonioso” de la velada, para hacer “su trova” rapeando o rockeando los textos que traía bajo su guitarra. Una guitarra que grajeaba acentos y fusiones para procurarle a su canto un aire fresco, renovador y exaltado. La herencia de su padre –Luis Pastor-, se ve clarificada en los contenidos de sus canciones que son continuidad, pero con “aires de otra vuelta”.

El gran Pepe Tarduchi, quién tenía a su cargo hacer de “Maestro de ceremonias”, no desaprovechó la ocasión para arremeter contra los bancos, con argumentos sobrados y urgentes, donde la ironía y el humor son esenciales a la hora de construir el sentido de un discurso.

Venido de Andalucía y asentado en Madrid se presentó Manuel Cuesta. Otro joven que habló de la guerra, de su inutilidad y del amor. ¿Por qué no del amor?

Sobre Cuesta el poeta Miguel A Ortega Lucas sentenciaba: “Quienes ya conozcan a Manuel Cuesta, y sepan de lo que es capaz, La vida secreta de Peter Parker no será más que la deslumbrante confirmación de un talento en el punto exacto de madurez. Quienes tengan la fortuna de descubrirlo ahora, no sólo encontrarán a un cantautor arropado por los mejores ecos del pop-rock español y anglosajón, sino a un contador de historias con voz de niebla adolescente que nos invita a deshacer, generoso, todas nuestras maletas llenas de lluvia y fotos viejas. De arena de playa y esperanza”.

Validas estas afirmaciones sobre este “provocador de la escena”, quién dejó claro –ante el público-, su capacidades para hacer historias con las mismas habilidades que hace canción de autor. Su talento pasa por dominar la guitarra y la imprescindible poética, que ha de ser la protagonista –en estos tiempos- de los sueños rotos.

Ismael Serrano se presentó con su peculiar voz, estableciendo un dialogante discurso del recuerdo cuando era parte del colectivo de Tele K. No desde la nostalgia más bien de la necesidad de hacer de esos sueños –hechos realidad- sueños presentes. Era su época como conductor del programa “Cualquier noche puede salir el sol”, que se dedicó a promover a los cantautores de aquella época. Serrano en sus temas “habló” de la memoria histórica, de Violeta y Nicanor Parra, a los que tuvo tiempo para la dedicatoria.

Luis Eduardo Aute cerró la velada. Como los grandes sacó su afilada guitarra y empezó a repartir canciones y reflexiones entre tantos acordes. Sin darle mayor quietud al escenario, su aguda voz y su talento de artista universal, dejó para el final su antológica “Al alba”. Declinó de su guitarra, para cantarla a capela donde la fuerza de ese acto simbólico estremeció a los allí presentes. Todos se fueron cargados de ilusión, de arte –el de los cantautores- y de nuevas ideas traídas para la ocasión.

La estatura de este esencial artista iluminó la sabia y el espíritu de los hombres y mujeres que colmaron la sala esa noche. La fuerza de su canto y su palabra breve pero grande, fueron el puntillazo final para salir –todos- con los “leños encendidos”

Al final de la velada cada uno de los presentes recogió su parte de canción, su pedazo de poema, su reflexión apremiante. En tan poco espacio se vertieron los sueños, las denuncias y las preguntas marcadas para una epopeya de vida que parece larga.

Con la mirada, el gesto, el tono y la música, estos cantautores supieron dejarlo todo. Fueron repartidas las esperanzas y las ganas de seguir haciendo por un mundo mejor. Estas serán las motivaciones que nos han de hacer asistir ante veladas como estas. Ante el hecho de ayer que se multiplique la canción de autor.

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