Víctimas del consumismo

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La cultura del entretenimiento ha pasado a ser una forma de vida impuesta, en la que se dice dejar a salvo la individualidad desde la diferencia, pero conteniéndola dentro del terreno comercial asignado a la muchedumbre para que se extienda por mimetismo y venda. Esta cultura se soporta en el imperio de las modas, que son el culto a la mercancía efímera, y las empresas se entregan permanentemente a vender moda como exponente de progreso, una carrera basada en proveer entretenimiento. El negocio funciona en tanto la consciencia social no asume el engaño, pero acabará cayendo en la cuenta del fraude. Si supera la tendencia impuesta por la cultura del entretenimiento y ya no se deja seducir con banalidades, el individuo adquirirá consciencia de que se le vende humo, algo que nada tiene que ver con el bienestar, y lo exportará a los demás e indudablemente las cosas cambiarán. En definitiva acabará pasando de la condición de consumista o consumidor compulsivo a consumidor racional. Como el negocio empresarial se resentirá, habrá que reorientarlo, procurando lo que los individuos demandan en la línea del bienestar real, pasando el entretenimiento a ser algo secundario. Las empresas dependerán de la demanda del consumidor de bienestar y no del consumista adicto a los simples intereses comerciales de las empresas. Este es el principio del cambio social, que a la postre es inevitable, y será evidente cuando se agote la capacidad innovadora de las empresas y se deje campo abierto a la reflexión individual. Si los individuos se identifican como tales dentro de las masas y no consienten ser manipulados por las tendencias impuestas por las modas empresariales, dejando a salvo la individualidad frente a la atracción del grupo y de las masas, el control absoluto dejará de existir para abrirse a un diálogo con el consumidor individual.

El totalitarismo empresarial, que es la parte visible dentro del totalitarismo capitalista, cuenta con una realidad presente en la sociedad de masas que les sirve de referencia, tal es la incapacidad de un gran número de individuos para organizar su vida. Para suplirla se les ofrece refugio en el entretenimiento centrado en lo banal o en el simple ocio, a ellos destinan sus productos con la finalidad de crear dependencia traducida en gasto por parte del destinatario. Sobre esta base se ha dado un paso más y se ha construido la sociedad del espectáculo. Como señala Debord (2004), el espectáculo es el corazón del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida socialmente dominante. Quien procura y fomenta el espectáculo son las empresas capitalistas con vistas a la promoción del negocio. Mientras, el capitalismo desplegando la acción totalitaria cierra todas las salidas para que nadie escape agrediendo a los individuos con nuevos espectáculos para que no dispongan de tiempo para pensar.

Ante la endeblez de las convicciones individuales, que vienen a reforzar la tesis de la incapacidad y la necesidad de tutela de las masas, el capitalismo ofrece soluciones en su proyecto de atender al bienestar colectivo con lo superfluo, por simple exigencia del mercado que necesita actualizarse para seguir representando su función. Junto a la incapacidad, pesa el aislamiento de los individuos que limita la toma de decisiones, por eso se siente la necesidad de volver la mirada hacia otros, demandando ayuda para superarlo, pero lo que hace es entregarse de lleno al juego capitalista, porque las empresas están presentes en todas las direcciones del pensamiento. El problema se ha acentuado, ya que en la actualidad resultaría complejo recuperar la individualidad a la vista del contexto en el que se desarrolla la existencia. Para mayor comodidad de los usuarios, el capitalismo ha creado el espectáculo visual a base de imágenes para ver desde el sillón o salir a campo abierto si se es inquieto. Las empresas han aportado soluciones aparentes para todo, reconduciendo a los individuos al terreno de lo virtual como refugio o en el otro caso a la fantasía. Por ejemplo, a través de una mercancía como los teléfonos inteligentes se obvia el problema de conexión entre individuos. Otro ejemplo, se ha creado la necesidad de participar en redes sociales para aliviar la agonía de la individualidad, pero en realidad no pasa de ser un medio para entregarla a las determinaciones del grupo y condicionar sus propias decisiones buscando referencias ajenas. La televisión y sucedáneos son ese otro mundo para existir mentalmente. Si se aspira a tocar la realidad, los viajes son de dominio público para negocio empresarial, se trata de vivir la fantasía de acercarse a la realidad turística a través de la mirada puntual para luego retornar al refugio habitual y tener algo que contar. Reforzando el panorama, se crean iconos culturales e influenciadores de quitar y poner cada día para marcar la línea a seguir a los individuos que han perdido el rumbo. Con tales instrumentos el totalitarismo ejerce su función tutelar que solamente es pura dominación, puesto que las personas no son ellas mismas, viven la vida marcada por la doctrina y se sienten la imagen de otros.

Los tópicos son el alimento de la sociedad de lo virtual, fabricados por el capitalismo para ayudar a que sus empresas vendan entretenimiento y las masas no se esfuercen. Han venido a sustituir al pensamiento individual independiente marcando la senda por donde debe discurrir y son el otro sentido práctico de la doctrina consumista, capaz de formar tendencia y determinar la actitud de los sujetos. No es complicado el proceso dada la entrega incondicional a lo repetitivo, adornado con un falso aire de novedad. Por otra parte, el individuo está desarmado porque se siente aislado y forzado a integrarse en el grupo o entregarse a las masas alimentadas con ficciones de moda, que junto con las elites cuentan a los individuos como tienen que vivir para que el rebaño siga dócilmente al pastor. La publicidad se encarga de promocionar el producto y la propaganda hace lo propio en aquello que le interesa. El objetivo esta claro, entretener al auditorio con productos inofensivos que, en el caso de la propaganda permita a las burocracias conservar su condición de autoridad, y en el de la publicidad no solamente se trata de cantar las excelencias de la mercancía, sino de vender estilos de vida (Klein, 2002).

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