Venezuela y EEUU. Goliat no es invencible

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El año pasado caminé con Mariela Machado por su complejo habitacional conocido como Kaikachi, en el barrio de La Vega (Caracas, Venezuela). Después de que Hugo Chávez asumió como presidente en 1999, un grupo de trabajadorxs de la ciudad vio un terreno vacío y lo ocupó. Mariela y otrxs fueron al gobierno y dijeron: “Nosotrxs construimos esta ciudad, podemos construir nuestras propias casas. Lo único que queremos son máquinas y materiales”. El gobierno lxs apoyó, y así construyeron este encantador complejo de varios pisos en que habitan noventa y dos familias.

Al otro lado del camino hay un edificio de departamentos de clase media. A veces, me dijo Mariela, la gente de ese edificio lanza basura a Kaikachi. “Quieren que nos desalojen”, dijo. Si el gobierno bolivariano cae, señala, un gobierno de la oligarquía tomaría partido por esos residentes, desalojaría a las familias —principalmente afrovenezolanas— que construyeron el proyecto habitacional, y lo entregaría a un rentista. Esta es la naturaleza de su lucha, dijo, una lucha de clases para defender las preciadas ganancias de lxs pobres contra la oligarquía.

Marisol, Culture Head, 1975.

Marisol (1975), Culture Head.

Donde quiera que vayas entre la clase trabajadora y lxs pobres urbanxs de Venezuela, te encontrarás con una identidad efusiva: chavista. Esta palabra es usada por mujeres y hombres que son leales a Chávez, ciertamente, pero también a la Revolución Bolivariana que su elección inauguró. Las revoluciones son difíciles, deben romper cientos de años de desigualdad, deben erosionar las expectativas culturales y construir los cimientos materiales para una nueva sociedad. Lenin escribió que las revoluciones son “una larga, difícil y obstinada lucha de clases, que, tras el derrocamiento del dominio capitalista, tras la destrucción del Estado burgués… no desaparece… sino que apenas cambia sus formas y en muchos aspectos se vuelve más feroz”. Los hombros encorvados deben enderezarse y se deben lograr aspiraciones que van más allá de las necesidades básicas. Ese era el programa que Chávez puso sobre la mesa. Inicialmente, los ingresos del petróleo proveyeron los recursos para esos sueños —tanto dentro de Venezuela como en todo el Sur global—, pero luego los precios del petróleo colapsaron en 2015, lo que tuvo un impacto en la capacidad del Estado venezolano para profundizar el cambio revolucionario. Pero el proceso bolivariano no se debilitó.

Desde 1999, las principales empresas mineras y petroleras intentaron deslegitimar a toda costa el proceso revolucionario de Venezuela. No lo hicieron solo para acceder a los recursos del territorio, sino también para asegurar que el ejemplo venezolano de socialismo de los recursos no inspirara a otros países. En 2007, por ejemplo, Peter Munk, el director de la canadiense Barrick Gold, escribió una exaltada carta al Financial Times titulada “Detengamos la demagogia de Chávez antes de que sea demasiado tarde” (traducción libre). Munk comparó a Chávez con Hitler y Pol Pot, diciendo que a esos “demagogos autocráticos” no se les debiera permitir actuar. Lo que molestó a Munk —y a los ejecutivos mineros como él— es que Chávez estaba llevando a cabo una “transformación de Venezuela paso a paso”. ¿De qué naturaleza era esa transformación progresiva? Chávez y la Revolución Bolivariana estaban tomando los recursos de empresas como Barrick Gold y los estaban conduciendo a beneficiar no solo al pueblo venezolano, sino también a los pueblos de Latinoamérica y otras regiones. Este socialismo de los recursos debía ser destruido.

 Comando Creativo, ‘This is our homeland’ / Tenemos patria. Macuro, Sucre. 2014.

Comando Creativo. Tenemos patria. Macuro, Sucre. 2014.

En 2002, Estados Unidos —con fondos de la Fundación Nacional para la Democracia y de USAID— intentó hacer un golpe de Estado contra Chávez. Este golpe falló completamente, pero no detuvo los embustes. En 2004, el embajador estadounidense, William Brownfield, produjo un plan de cinco puntos de la embajada: “el foco de la estrategia es 1) fortalecer las instituciones democráticas [es decir, de la oligarquía]; 2) penetrar [es decir, desorientar y sobornar] en las bases políticas de Chávez; 3) dividir al chavismo; 4) proteger los negocios estadounidenses vitales, y 5) aislar a Chávez internacionalmente”.

Estos son los componentes de la guerra híbrida contra Venezuela, una guerra cuyas tácticas van desde sanciones hasta estrangular la economía, pasando por una campaña de desinformación y por aislar el proceso revolucionario. El gobierno estadounidense y sus aliados (incluyendo a Canadá y a varios gobiernos latinoamericanos) han hecho todo lo posible para derrocar no solo al presidente Chávez y al presidente Nicolás Maduro, sino a la Revolución Bolivariana completa. Si EE. UU. y sus aliados ganaran esa guerra, no hay duda de que eliminarían el complejo habitacional Kaikachi en que Mariela Machado es líder local.

Cuando conocí a Mariela en 2019, Estados Unidos había estado intentando instalar a Juan Guaidó —un político insignificante en la política de Venezuela hasta ese momento— como presidente. Fue gente como Mariela la que salió a las calles diariamente a resistir el intento de golpe y la guerra híbrida diseñada desde Washington por las empresas transnacionales y por la vieja oligarquía venezolana. Personas chavistas como Mariela comprendieron muy bien los comentarios de Chávez en 2005: “Goliat no es invencible. Eso lo hace más peligroso, porque como el imperialismo comienza a sentir sus debilidades, entonces comienza a recurrir a la fuerza brutal. El atropello contra Venezuela utilizando la fuerza bruta es una señal de debilidad, de debilidad ideológica”. Lo que Chávez dijo esa vez se asemeja a lo que Frantz Fanon escribió en A Dying Colonialism [Un colonialismo moribundo, traducción libre] (1959): “Lo que realmente estamos presenciando es la lenta pero segura agonía de la mentalidad del colonizador” y la “mutación radical” que el proceso revolucionario produce en la clase trabajadora. Chavismo es el nombre de la energía revolucionaria, de la mutación radical de la personalidad de lxs venezolanxs que ya no están dispuestxs a doblegarse ante la oligarquía o Washington, sino que, dignxs en la lucha, ya no aceptan una vida de sumisión.

Durante el periodo de la pandemia global, un mundo sensible se hubiera unido para condenar el estrangulamiento de lugares como Venezuela e Irán, que enfrentan una guerra híbrida de parte de Washington que ha disminuido su capacidad para combatir al virus. Sin embargo, en lugar de terminar o incluso suspender su guerra híbrida, el gobierno de Estados Unidos —junto a sus aliados de Canadá, Europa y Latinoamérica— ha intensificado el ataque contra Venezuela. Estos ataques van desde evitar que Venezuela pueda usar el fondo COVID-19 del Fondo Monetario Internacional  (FMI), hasta acusar de narcotráfico —sin evidencia— a importantes líderes venezolanxs para intentar invadir el país.

El Instituto Tricontinental de Investigación Social trabajó junto a Ana Maldonado del Frente Francisco Miranda (Venezuela), Paola Estrada de la Asamblea Internacional de los Pueblos, y Zoe PC de Peoples Dispatch, para elaborar el estudio nº 2 sobre el coronashockCoronashock y la guerra híbrida contra Venezuela (junio 2020). El texto aborda la guerra híbrida contra Venezuela durante 2020 y muestra cómo —a pesar de las súplicas de la ONU— Estados Unidos persistió e incluso aumentó sus sanciones y ataques militares. Les invitamos encarecidamente a leer este estudio, a discutirlo con amigxs y compañerxs  y a difundirlo ampliamente.

Palabras como “democracia” y “derechos humanos” han sido vaciadas de significado por la guerra híbrida. Estados Unidos acusa a Venezuela de “violaciones a los derechos humanos” al mismo tiempo que implementa políticas de sanciones que son equiparables a un crimen contra la humanidad; EE. UU. —de la nada— escoge a un hombre al que designa como presidente de Venezuela en el nombre de la “democracia”, sin preocuparse por los procesos democráticos dentro de Venezuela.

Años antes de que Chávez ganara la elección, la poeta venezolana Miyó Vestrini escribió sobre esta manipulación del lenguaje:

Me pregunto si realmente los derechos del hombre
son una ideología.
Fernando, el único barman alcohólico no jubilado,
habla en rimas:
la noche es tenebrosa
y no tengo a mi osa.
A mi entender, es uno de los pocos que vive 
los derechos humanos como una moral.

Ciertamente, en Washington usan los “derechos humanos” como un instrumento de guerra.

Mientras tanto, cinco buques petroleros iraníes rompieron lo que en la práctica es un embargo estadounidense del comercio venezolano para llevar gasolina al país. El primer buque, Fortune, entró el 24 de mayo y el quinto, Carnation, llegó a puerto el 1 de junio. El año pasado, un barco iraní, Grace 1, fue secuestrado en Gibraltar, pero esta vez Estados Unidos no pudo provocar un incidente. Ayuda que China y Rusia estén apoyando a Venezuela con recursos para contribuir a la lucha contra la COVID-19, y ayuda también que China haya dejado claro que no permitirá un cambio de régimen en Caracas. Sin embargo, esto no es suficiente protección, en nuestros tiempos parece que nada puede impedir que Washington lleve a cabo una guerra.

Luis Cario, Now we are breathing, 2020.

Luis Cario, Ahora estamos respirando (traducción libre), 2020.

Las calles de EE. UU. están en llamas una vez más debido al asesinato de George Floyd, un hombre afroamericano desarmado, por parte de un policía blanco y sus cómplices en Minneapolis. Malcom X una vez dijo: “No soy yo que tengo rencor. Eres tú el que tiene su pie en mi cuello”. Una semana antes de que George Floyd fuera asesinado, João Pedro Mattos Pinto (14 años) fue asesinado por la policía en Río de Janeiro (Brasil) mientras jugaba en el patio de su casa; unos días después de su asesinato, las fuerzas de ocupación israelíes asesinaron a Iyad el-Hallak (32 años), quien trabajaba y asistía a una escuela para necesidades especiales en la antigua Jerusalén. El pie en el cuello de George Floyd, João Pedro Mattos Pinto e Iyad el-Hallak es el mismo pie que estrangula al pueblo venezolano, que sufre cada día por la guerra híbrida conducida por Estados Unidos.

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