Venezuela, revolución de impunidad

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El temor que tantas personas sienten a la palabra «revolución» está totalmente justificado por la historia de medidas violentas que las revoluciones emplean. No obstante, es siempre importante recordar que ninguna revolución surge «de la nada» sino de la acumulación de condiciones adversas a toda una sociedad, obligada a lidiar con la batalla por la supervivencia hasta extremos intolerables.

Se puede reconocer este hecho en el nacimiento de la Revolución Cubana, que respondía en muchas formas a la barbarie del régimen de Batista contra el pueblo de Cuba. También podemos reconocerlo en la insurrección militar del grupo liderado por Hugo Chávez, decididos a terminar «de golpe» con la dinastía de gobiernos sumisos al FMI y a corporaciones transnacionales; gobiernos amaestrados por Friedman y la Escuela de las Américas (USARSA) para liquidar científicamente toda voz incómoda en el sistema.

Ante medidas extremas y en condiciones extremas, impuestas por aquellos en el poder, surgieron de forma inevitable respuestas extremas: revuelta y revolución.

Un juicio injusto siempre se hace desde la comodidad del sofá, en el confort de una buena vida, cuando medimos las acciones del régimen de Castro con la misma vara que usaríamos para evaluar una democracia estable con problemas por resolver. Toda sociedad tiene problemas por resolver, pero hay diferencias relevantes entre los problemas de una democracia y una dictadura, o de un país en guerra y uno exportador de guerra. Sería absurdo creer que una nación como Francia tenga actualmente problemas que “deban” ser resueltos por la revolución armada, y que a París arriben desde una «Sierra Maestra Francesa» barbudos combatientes a instaurar un orden de cosas distinto, imperfecto pero necesario.

Así de absurdo resulta pensar que en una Venezuela de «Yumares y Cantauras», de «un gallito pa’ ti y otro pa’ mi», de «Carriles y Bosches» y “Guarenazos” y “Caracazos”, fuera sensato pensar en reformas adelantadas por partidos políticos y ONG’s, en el marco de la paz y el respeto a las leyes. Ante condiciones extremas, respuestas extremas.

Mas sin embargo, la historia nos da ejemplos de otra clase de revoluciones, que aunque busquen también transformar la estructura de las sociedades, no lo hacen desde una «violencia justificada» sino desde la reforma como base de su acción política. Es, de hecho, «reformismo radical» y no «revolución» en su sentido más conocido. El Chile del presidente Allende y la Venezuela del presidente Chávez, la «Revolución Ciudadana» de Correa y el «Estado plurinacional» de Evo son ejemplos de ese reformismo radical que cambia sociedades, animándolas (y presionándolas) a cambiar sus estructuras por medio de la estructura misma. Por eso a veces resulta risible encontrarse con «super-revolucionarios» que pretenden insultar a los moderados llamándoles «reformistas», cuando las «revoluciones» que ellos protegen (y que tanto les han beneficiado) son justamente reformismos.

He dicho más arriba que las revoluciones no surgen «de la nada», sin embargo nuestra historia más reciente nos obliga a revisar este dogma:

Hoy día tenemos en Venezuela, a partir de las últimas revueltas, un intento de “revolución” que para muchos de nosotros (los que estudiamos la realidad social) parece haber surgido justamente “desde la nada”.

No se me malentienda; de ninguna forma estoy expresando que no existen problemas graves por resolver en este país. No podría decir algo similar, pues poseo tantas críticas y desacuerdos fundamentales contra este gobierno, que no podría llamarme “chavizta”. Pero hablando sobre las causas propias para una revolución, ellas no existen en Venezuela, ya no.

¿Entonces, qué ocurre? Una minoría entre las minorías extremistas de la oposición venezolana, aboga por el uso de la ilegalidad y la violencia, “conquistando” sus propias urbanizaciones de clase acomodada, imponiendo un ambiente de guerra civil (barricadas, toque de queda, modificación violenta del entorno público), dificultando la vida de sus propios vecinos y de los transeuntes; mientras que en las zonas populares y la mayoría de urbanizaciones del país, la vida sigue su curso normal. Todo esto ha sido planificado durante mucho tiempo, siguiendo los manuales de Sharp para crear revoluciones artificiales y derrocar gobiernos.

Esta situación se prolonga por la postura abiertamente pusilánime del gobierno. Aunque existe una campaña mediática deliberadamente histérica, que intenta convertir cada lacrimógena en un “grave atentado contra la democracia”, los que conocemos suficiente del acontecer político de otros países, sabemos que los antimotines venezolanos deben ser hoy la burla de todos sus colegas extranjeros, quienes emplean mayor violencia legal en situaciones de mucha menor gravedad. La guerra tan prolongada que ha dado la oposición, y la postura tan débil del gobierno, ha agotado la paciencia de un puñado entre cientos de efectivos antimotines, quienes perdieron toda moderación y violentaron a los manifestantes (en realidad no resulta extraño, pues la tolerancia no es parte natural de su trabajo). Todos esos funcionarios hoy día están presos; no obstante, la oposición venezolana omite sistemáticamente ese hecho y con la histeria que la caracteriza, enarbola una y otra vez esos incidentes para “evidenciar” que la violencia es “política de Estado” en Venezuela. Todos los presos en las revueltas han sido liberados, y aún se sigue hablando de la dictadura venezolana.

Por último, hay otro tipo de incidentes de una gravedad tal que deberían aterrorizar a todos los venezolanos, sin importar su partido o postura política, debido a lo que significan por sí mismos: Los dos primeros asesinados en las revueltas, de bandos contrarios, fueron baleados por la misma arma (lo que hace recordar el 11A-2002); una manifestante de oposición fue asesinada en una marcha por alguien que marchaba a sus espaldas, según testigos oculares y amigos de la víctima (no fue por la acción de los guardias, como se hizo creer masivamente); hay numerosos incidentes confusos de “motorizados armados” que disparan e incendian cosas, lo que es atribuido sin investigación alguna a los llamados “colectivos chaviztas” (una camisa de color rojo parece ser la prueba irrefutable del “chavizmo”); y la presencia de grupos de carácter paramilitar en varias de las barricadas construidas por la oposición, que han producido varios heridos y un muerto entre los funcionarios policiales y de la GNB (Guardia Nacional Bolivariana) en enfrentamientos con armas de fuego en los Estados Táchira y Carabobo.

El ministro del Interior se desplazaba en una tanqueta por las calles de San Cristóbal y la tanqueta fue baleada ante una barricada… Un militar fue golpeado y desnudado en Valencia, poco después ocurrió el asesinato del Sargento Segundo Giovanny Pantoja, cuando iba a despejar una calle… Otro militar fue golpeado y desnudado por revoltosos en Táchira quienes luego le dejaron ir, pero antes pudo ver a una mujer vestida de negro portando una mini-uzi junto a varios hombres armados defendiendo una de las barricadas…

Una revolución que es realizada por ricos y clases acomodadas, mientras que las masas pobres la rechazan, ya es algo digno de la más grande sospecha. Pero con la suma de todos estos elementos tenemos un panorama monstruoso ante nuestras narices, que mataría de terror incluso a las mismas personas inocentes de oposición, si tan sólo supieran sumar.

La oposición usa temas como la inseguridad, la escasez de productos y la corrupción para justificar estas acciones, pero es absolutamente imposible que este tipo de problemas afecten más a las clases privilegiadas que a los pobres de una sociedad. La oposición explica la indiferencia de las mayorías diciendo que los pobres son “conformistas” (de hecho ésa es una matriz de opinión que se ha instalado a fuerza de repetición durante muchos años), pero ese argumento demuestra una inigualable ignorancia sobre la historia y la realidad social, no sólo de Venezuela sino del mundo entero, pues los pobres jamás en la historia se han permitido el conformismo cuando las condiciones son tan duras que ya no hay nada que perder: no hay propaganda que destruya la indignación de un estómago hambriento.

Si los pobres son “conformistas” aún los problemas del país no son extremos; y si los problemas del país no son extremos ¿de dónde surge una respuesta extrema? Más aún: ¿Por qué la respuesta extrema surge de sectores sociales que inevitablemente se encuentran siempre en mejor condición que los pobres?

Lo cierto es que las masas de oposición son personas comunes que en realidad creen que están “protestando” por problemas a resolver (aunque con una lógica debilitada creen que resolver problemas es pedir la invasión de ejércitos extranjeros). Pero los problemas más graves que aquejan al país, como la delincuencia o la escasez, tal vez pudieron haber sido resueltos si estos sectores que buscan hoy enfermizamente derrocar a un gobierno sin pensar en las consecuencias, hubiesen participado alguna vez en la vida política nacional. El accionar de la oposición venezolana se ha caracterizado durante 13 años por poseer un único y obsesivo objetivo: derrocar al chavizmo.

Las condiciones no son extremas para una respuesta extrema, pero el no-extremista hoy es rechazado. Gran parte de los problemas de Venezuela se deben a la ausencia de una masa crítica que políticamente señale los errores que se están cometiendo por falta de profesionalismo y de comprensión adecuada. Falta una oposición que decida tomar parte en la democracia participativa de Venezuela, creando leyes, proponiendo “Misiones”, sugiriendo estrategias específicas. Es en la clase media donde reside esa responsabilidad, pero en trece años jamás la han aceptado. Falta una oposición política que haga oposición política.

En ausencia de esas voces y conocimientos, han crecido las ideologías extremistas dentro del chavizmo: barrialistas que desprecian a los universitarios, pseudo-primitivistas que desprecian las estrategias de mejoramiento masivo de la sociedad por medio del conocimiento científico, clasistas recalcitrantes que se oponen a la represión legal contra los criminales y asesinos; y con ello se acumulan los fracasos y problemas, y crece la imposibilidad de resolver problemas tan fundamentales como la criminalidad o la escasez.

Ciertamente la impunidad es el sello de este gobierno, compuesto por sacerdotes disfrazados de políticos. El malestar de las masas que apoyan a las élites de oposición se debe a eso, porque la magnitud de la delincuencia en este país, requiere medidas drásticas que la teocracia cristiana venezolana se niega rotundamente a emplear. Pero la oposición jamás ha servido para presionar políticamente al gobierno en esa dirección. Jamás hemos visto una campaña propagandística inteligente que sugiera las medidas más efectivas para combatir la delincuencia. Si todo el dinero que están usando actualmente para desestabilizar al país, hubiese sido usado para mejorarlo, todo hoy sería diferente; pero ese dinero tiene un origen extranjero, y por tanto, extranjero es su objetivo. Mientras tanto, el gobierno nacional demuestra una vez más su debilidad ante los criminales, mientras los Estados fronterizos son colonizados y las fuerzas del orden público humilladas.

Tal vez en un futuro, cuando los gobernantes terminen de rezar, se den cuenta que son un gobierno y que es su deber proteger a la población. Esperemos que para ese momento los Estados fronterizos aún formen parte de este país.