Venezuela. Para qué la verdad

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Soy firme seguidor de la sentencia que dice que verdugo no pide clemencia. Desde que supe que Henry Kissinger recomendó en una clase magistral de guerra sucia aquello de «Acusa a tu enemigo de fornicar con cerdos y siéntate con un trago a ver cómo lo desmiente», entendí lo que es una operación psicológica. Para entender lo que es la política tardé un poquito más, pero vaya: hace mucho rato sé lo que se puede hacer con la propaganda, sobre todo cuando el propagandista cuenta con una red mundial de medios de información a su servicio.

Lo que quiero decir es que a estas alturas de mi medio siglo y piquito de vida, y unos 30 de andar trabajando y jodiendo en medios y ahora en redes, no voy a salir con que me asquea, perturba o sorprende alguna trampa o estrategia armada por «periodistas» o con ayuda de «periodistas» y corporaciones de la información.

A ustedes, compañeros chavistas con destrezas e inteligencia suficientes para entender las claves de la guerra sucia, ¿les parece o les ha parecido que el antichavismo está muy bien organizado y activo en la guerra comunicacional, y que en cambio los chavistas andamos como extraviados, sin líneas claras, sin dirección y sin estrategia? Bueno, cáiganse pa atrás: entre los estudiosos de esta guerra, pero del lado del fascismo, creen lo contrario: que nosotros tenemos una coordinación arrechísima, diseñada desde el Mippci, que a todos los que quebramos lanzas en favor de la Revolución (o del Gobierno) nos pagan un sueldazo, y que en cambio ellos, pobrecitos, caramba, dámele un sanguchito a los empleados de La Patilla que trabajan con las uñas.

Así mismo: ellos y nosotros tenemos EXACTAMENTE la misma visión lastimosa de nosotros mismos, y en cambio creemos que ellos están blindados.

Vainas de la guerra: tenemos dos bandos que dudan de sus posibilidades y capacidades y sobrevaloran a ese ejército de culillúos que tienen enfrente, y aun así salen a desgastarse en estas batallas de gente desconcertada.

El sábado 23 de febrero de 2019 ha sido el día en que he visto salir a la verdad más violada, escupida, regurgitada, vomitada, pateada, cagada y vuelta a escupir. Y repito: yo me he pasado más de la mitad de la perra vida en redacciones de periódicos chavistas y escuálidos, y nunca, NUNCA JAMÁS, había presenciado una vaina tan loca como que el gobierno más poderoso de la tierra se esté apoyando en un embuste infecto, frágil, gracioso hasta la carcajada o el llanto, como ese de los camiones incendiados, para proceder a forjarle el expediente al presidente de un país y desatarse a amenazarlo de muerte por Twitter, así tan sabroso y tan descaradamente y tan gratis y tan celebrado con aplausos.

Y entonces volví sobre nuestro «trabajo» del 23 de febrero: horas tratando de desmentir cada mentira con la purita y simple lógica de la gente sensata, esa a la que todavía no se le ha fundido el cerebro aunque tal vez le falte poco, y concluí que tal vez ya no valga la pena seguir invirtiendo tanto tiempo y esfuerzo en esa quimera que es la defensa de la verdad.

Debe haber una forma de decirle al jefe de los nazis antichavistas allá en Estados Unidos, que sí, que yo sí incendié tus camiones de mierda y me pegué a tu maldita cochina y me pienso raspar a las demás, así que puedes ir puliendo tus bombitas y metiéndole su ración de coca a tus mercenarios, que aquí también sabemos ser embusteros y algo se nos ocurrirá bajo los efectos perversos del cocuy.

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