Venezuela. Los errores de la revolución

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Chávez nos mostró algo que antes parecía imposible en el mundo: una revolución triunfante sin disparar un sólo tiro. Claro, eso tenía su precio, había que refrendarla, año tras año, en procesos electorales inevitables. En la 4ª República, bastaba una elección (bien controlada) cada cinco años.

Pasar airosos esos portones comiciales requería sustituir (y rápido) la esperanza por hechos. El Gobierno asumió cerrar la brecha social mantenida por la oligarquía nacional desde el coloniaje. Y lo hizo con lo que antes se llevaba esa oligarquía: la renta petrolera. La gran brecha se achicó.

Pero, no era suficiente, para ganar elecciones se necesitaba también una maquinaria electoral poderosa y bien aceitada. El partido de la revolución se convirtió en eso pagando con algo costosísimo: la formación de conciencia revolucionaria, que es el antídoto contra el oportunismo. Sin embargo, teníamos a Chávez.

Con el tiempo hubo que tomar control del mercado especulativo y enfrentar el acaparamiento saboteador. Y el Estado expropió empresas pretendiendo ponerlas en marcha con sus funcionarios. Se entiende, teníamos por delante una tarea desconocida, lograr que la sociedad produjera en colectivo. Sin eso no es posible avanzar hacía el modo de producción socialista.

La tarea se fue poniendo más cuesta arriba: seguía la economía de puertos, la burguesía manteniendo el control de los bienes importados (y de los dólares), mientras las empresas estatales se hundían por la mala dirección y la corrosión. Ante la orfandad próxima, Chávez lanzó su “Comuna o nada”.

Nada que ver, con la revolución en gravísimo peligro, vemos como se esgrime la imagen colaboracionista de un sector del empresariado nacional, que es absolutamente falsa. Se inventan nuevas organizaciones populares para distribuir los bienes que no producimos, dejando de lado lo único que puede hacernos productivos. Y se presenta ingenuamente la productividad familiar en canteros urbanos, como una vía. Tal vez sea por el desespero de las propias dudas no reconocidas que el discurso, ahora, es ficticio.

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