Venezuela. La pregunta

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Con ella Clodovaldo Hernández materializó en piedra agobiante lo que a muchos nos rondaba como neblinoso espectro: ¿Avanzó lo suficiente la Revolución como para sostenerse a si misma o era tal su dependencia del descomunal liderazgo de Chávez que se está desdibujando sin remedio ante la ausencia física del máximo comunicador..? ¿Estamos en capacidad, sin Chávez, de ganar esa guerra..?

Lo primero que me viene a la mente es decirle al Presidente que sea cual sea la respuesta no tiene que ver con él. Le es vano, y a cualquier otro, pretender llenar ese descomunal vacío. Chávez fue una ráfaga de viento que levantó la polvareda del sur. La humanidad olvidada se había puesto a andar. De ese viento nos quedó su efecto: la certeza de ser fuerza incontenible.

La podemos convertir en escapulario personal al que se ruega en solitario, o en masivo ariete que derriba murallas. Es un asunto de convicciones y voluntades, como son los empeños de la gente. Lo cierto es que en la acción política, en la comunicación colectiva y en la consolidación de una conciencia social, ese viento no se puede imitar, menos aún sacralizar en imagen reverenciada.

En momentos de apremio siempre recuerdo una fugaz imagen en aquellos videos gloriosos del rescate de Chávez. Era de una potencia abrumadora. Un grupo de jóvenes avanza al trote por el centro de la calle, llevan el torso desnudo y sus brazos entrelazados en varonil gesto de unión. Elevan cantos de guerra.

Esa es la fuerza incontenible. La fuerza del equipo, de la multitud desprendida, la de los brazos entrelazados y del avance torrencial. La de la revolución.  Esa sí sustituye la ausencia del viento del sur. Ante ese vacío la discusión suple al discurso. Que  bueno sería que el Consejo de Ministros la convirtiera en práctica.

De eso se trata, gobernar junto al pueblo es gobernar en equipo. Son brazos entrelazados y grito coral. Es la única manera que los enemigos de la revolución sientan que cuando estalla el trueno es demasiado tarde para taparse los oídos…

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