«Vasallos del Imperio»

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Por Antonio Lorca Siero

A medida que la fuerza del dinero avanza en el mundo civilizado, el antiguo modelo de Estado-nación pierde protagonismo e interés para el sistema capitalista, ello en gran medida debido al nuevo planteamiento político global dominante. La aparición de Estados que por su potencial económico imponen sus determinaciones sobre los económicamente débiles ha pasado a ser la fórmula política que se adapta a ese espíritu de globalidad. Con la consolidación de la nueva fuerza dominante en la sociedades a nivel mundial, el espíritu imperialista tradicional, soportado en la violencia explícita, hubo de suavizarse para adaptarse al proceso de avance de la civilización, pero no desapareció, tan solo se trataba de un cambio de planteamiento en el método de sometimiento que exigía la nueva fuerza. Esto ha venido afectando al imperialismo tradicional, de tal forma que, primero, ahora hay que tener en cuenta el modelo de Estado-hegemónico y, segundo, que ya no se utiliza de manera abierta la violencia como instrumento de sumisión de los débiles, sino la superioridad económica, y para suavizar la expresión se puede hablar de superioridad cultural. Los dominados o vasallos acatan esta fórmula porque tiene la virtud de aparentar dejar a salvo su dignidad como nación y formalmente su soberanía local, lo que dulcifica ante los respectivos nacionales la condición real de vasallos del Estado dominante.

Hay una pluralidad de ideologías o visiones del mundo, que se ocupan de la forma, pero una sola doctrina de fondo. El padre del nuevo sistema es el capitalismo y el Estado-hegemónico su comisionado político. El valor tradicional asignado al Estado-nación ha mermado, porque la tarea de conservar el orden en las colectividades ha sido asumida por el Derecho de forma eficaz. De manera que la marcha política, en lo trascendental, sigue la línea marcada por quien ostenta la hegemonía de bloque, adaptada luego al marco fijado por la estructura jurídica del Estado sometido. Pero existe una necesidad de instrumental complementaria para la lucha por el control global que se representa en la aparición de organismos internacionales encargados de velar por la marcha del sistema a nivel general, en realidad aparatos para someter a la doctrina dominante el pensamiento mundial. Bajo el aspecto formal que brindan las leyes, se imponen los intereses económicos reales, pero por si no fuera suficiente para la estabilidad del sistema se refuerza con la amenaza de la violencia, que permanece como aparato disuasorio, para en su caso combatir la heterodoxia. Estado-hegemónico y organismos internacionales forman la infraestructura sólida de un Imperio simbólico que permite difundir la ideología del dinero como único valor.

Al ser tutelados cultural y económícamente, garantizada su integridad territorial en lo formal, al Estado-nación solo le queda seguir los mandatos superiores del Imperio, que en cada caso el Estado-hegemónico, con el respaldo de esos organismos internacionales, se encarga de transmitir. Al fijarse desde el Estado-hegemónico la política a seguir por los subordinados, no necesariamente se tienen en cuenta los intereses nacionales y, menos aún, la racionalidad, puesto que quedan sometidos al interés superior dominante. Ahora el Estado-hegemónico impone sumisión a los vasallos en nombre de la ideología capitalista y aprovecha para hacer su propio negocio como Estado. En el juego de intereses dominantes la racionalidad objetivamente considerada palidece.

Baste decir que la ideología dominante promueve el valor fundamental de la democracia representativa como sistema de gobierno, pero si el resultado de su aplicación no convence a la elite del sistema, resulta que la voluntad electoral del pueblo local ya no sirve y se le invita a reflexionar, a votar de nuevo, hasta que asuma la voluntad general capitalista. Otro tanto cabe decir del selecto designado por las urnas; si no se atiene a las reglas del juego fijadas por el que realmente manda tampoco sirve, hay que buscar a otro que responda fielmente a sus expectativas. Es decir, la democracia representativa es una hermosa palabra, siempre presente en estos tiempos, pero si en su aplicación supone un contratiempo para la dirección del capitalismo queda vacía de contenido.

Lo mismo que la democracia representativa se interpreta a conveniencia, los derechos humanos cumplen con su papel al objeto de seducir a las masas. Políticamente son utilizados para desprestigiar al enemigo, mientras el guardián de la doctrina impone a los demás su dictadura de los derechos. De otro lado, lo que interesa de ellos al sistema es su papel comercial, y si de alguna manera no son aptos para vender ya no sirven. Si molestan se reinterpretan a conveniencia y en todo caso siempre se pueden pasar por alto, quedando recluidos en el recinto de los valores.

Del instrumental del sistema lo que queda indemne es el consumismo, porque viene a ser la base del negocio capitalista, el que permite convertir a las personas en siervos del sistema y directamente del Estado-hegémonico, que toma el control exportando su cultura. Esta vía doctrinaria se encarga de indicar a los sometidos cómo se ha de actuar, convirtiendo la idiosincrasia popular en anécdota, para sacar a relucir en las fiestas locales. La entrega al dogma aparece como inevitable en cuanto es asistida por un doctrina que predica al consumidor que lo suyo representa el mejor de los mundos posibles.

Si se acudiera al ejemplo concreto para ilustrar la situación, pudiera servir el modelo de USA, un Estado-hegemónico de bloque que aspira a ser exclusivo a nivel global frente a otros bloques competidores —y de hecho lo es en el plano económico, al dominar abiertamente los mercados financieros mundiales—, con el que colaboran organismos de carácter internacional surgidos al efecto para consolidar el Imperio —entre otros, ONU. FMI, BM, OTAN…— . De tal forma que se ha construido un Imperio de naturaleza capitalista desde la base económica del dólar, asistido en todos los campos de la actividad humana sin limitaciones fronterizas. El dominio USA, asentado sobre el componente económico, determinante de la política, lo militar y la cultura del bloque occidental, se extiende por gran parte de América y de Europa. Los Estado-nación integrantes del bloque dirigido por USA proclaman su soberanía territorial y así se les reconoce, pero siempre dejando claro el vasallaje económico, militar e intelectual al Estado-hegemónico, encargado de imponer las consignas imperiales en todos los frentes de actuación conjunta. En último término, a nivel social la dependencia y fidelidad a quien realmente manda es evidente, ya que a cada paso se aprecia en las masas una clara sumisión a los mandatos del dólar y a la cultura americana.

Dado que la fuerza dominante viene de la ideología del capital, que es una forma civilizada de ejercer la violencia tradicional, el aislacionismo ya no es posible. El Estado-nación económicamente débil no tiene otra opción en un mundo gobernado por la fuerza del dinero que incluirse en un bloque dominado por un Estado-hegemónico cediendo parte de su soberanía, adaptando a su entorno la ideología del Imperio para subsistir. Incluso las organizaciones de Estados, como pudiera ser el caso europeo, el organismo de coordinación burocrática entre los distintos Estado-nación asociados, es decir la Unión Europea, aunque aspira a tomar autonomía formal respecto del Imperio, no pasa de representar un intento formal por guardar las apariencias de autonomía política, ya que está obligada a seguir con fidelidad las consignas dictada por el hegemónico en lo fundamental, o sea en el plano económico, político, militar y cultural.

El vasallaje al Imperio se pone de manifiesto permanentemente, alineándose con los posicionamientos del que manda, aunque la racionalidad objetiva quede en entredicho, porque lo primero es sin duda el interés del dinero. De esta forma es posible pasar por alto hasta los pilares políticos de cualquier sociedad capitalista sin el menor rubor. Incluso se puede decir que la democracia representativa sirve, si responde a los intereses del Imperio, o que los derechos humanos, solo son humanos si los dirige el Imperio. En caso contrario ya no son válidos.

Antonio Lorca Siero

Marzo de 2019.

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