Vargas Llosa, un cretino ilustrado

  Vargas Llosa es un bicho cultiparlante, un cretino ilustrado. Y los cretinos ilustrados son los más peligrosos. Son de la estirpe de los necios. A todos los cretinos ilustrados y a to­dos los necios les da por lo mismo. Lo único que se les da bien a ambos es reventar iniciativas que no se avengan a su seso y a su panza…


  Pues bien, hoy Vargas Llosa dedica todo un artículo, en­volviéndolo en otras anécdotas, a desprestigiar a Francia y a atacarla por sus bases humanistas. Y lo hace precisa­mente el día en que se decide el destino próximo y lejano de Europa… Es una pécora. Pero El País, que se lo publica, no es mucho más limpio y más europeísta por lo que se ve. Su Libro de Estilo debiera pronunciarse. Lo menos que debía haber hecho es publicarlo mañana en lugar de hacerlo hoy que decidirá las dudas de algún votante en el referéndum francés… a menos que sea precisamente esto lo que quiera. (En todo caso es de suponer que en esta ocasión los partidarios del NO, allá y acá, estarán de fiesta con esta basura argumentativa de este miserable argumentador).

  Primero, por las buenas afirma V. Llosa que a Francia ha llegado la «decadencia, que se ha extin­guido en Francia el espíritu renovador e instalado la resis­tencia a la modernización”. Para nada aclara, como tam­poco lo hacen los sofistas, qué entiende él por «decaden­cia» y por «modernización»; conceptos anfibológicos donde los haya y aclaración in­dispensable para saber de qué habla y saber si es po­sible remotamente ponernos de acuerdo.

  Pero no nos preocupemos, la clave la da en la siguiente afirmación. Cuando afea a Francia que se oponga a la glo­balización, encontramos la respuesta. De un tiro mata dos pájaros. Ya está claro: llama «modernización» a «globaliza­ción», y «globalizar» a «modernizar». Pero resulta que ni Francia ni la mayoría en Europa (tan gratuita puede ser esta afirmación como las suyas) vemos en la globalización mo­dernización, sino todo lo contrario. Lo que vemos, y que no ve él ni les interesa ver a sus compinches, es, norteameri­canización por defecto y anglosajonización por definición. Lo que vemos son desvaríos economicistas, materialistas, agi­tación, fiebre, depredación, instinto corrompido por consumir y por fabricar para consumir, destrucción de la biosfera, etc.

  Gracias a él, a Vargas Llosa, esta idea de la globalización como modernización arroja la luz que faltaba para que mu­chos se den cuenta de qué se trata cuando se habla de ella. Otros conceptos de la ideología de V. Llosa y de los ensa­yistas mediáticos norteamericanos neocons, como la doc­trina anticipatoria que se explica por sí sola, no precisan de interpretación, pero este de la globalización lo estaba pi­diendo a gritos. Por fin V. Llosa ha encendido inequívoca­mente la bombilla. 

  Que V. Ll. sea un cretino ilustrado no hace daño. Lo que hace daño es que un periódico, con eso de la libertad de expresión y de presumir que en él caben todas las opciones ideológicas, publique el artículo de un cretino ilustrado cuando el neliberalismo ya cuenta, sólo para él, con la in­mensa mayoría de los medios del mundo y desde luego con la mayoría de los este país, y que lo publique además en un día como hoy; signo de por sí inequívoco de la globalización que quiere extender para todos este V.LL.

  Por otra parte, el que un novelista haya hecho fortuna por algunas de sus novelas de calidad tan discutible como la de otros de su clase, no es garantía sino todo lo contrario de acierto en la materia sociopolítica que precisamente nada tiene que ver con la creatividad literaria ni con la imagina­ción, sino con el de la justicia social. Y en el neoliberalismo, y particularmente el que nos propugna V. Llosa, hay de todo menos creatividad, igualitarismo y justicia a secas.

  En resumen, tratándose de un escritor mundialmente co­nocido es lamentable que se valga de palabras como “de­cadencia” y “modernidad” para exhortar a Francia y a los lectores del periódico a unirse al neoliberalismo, y lo haga precisamente el crítico día del referéndum en Francia sobre la integración de Europa. Palabras és­tas, “decadencia” y “modernidad”, sobre las que es muy difí­cil ponerse de acuerdo aplicadas a una sociedad. Razón por la cual quien, postulándose como intelectual las usa, antes de entrar en el núcleo de su razonamiento está obligado “intelectivamente” a la consiguiente precisión gnoseológica de sus respectivos signi­ficados. En caso contrario incurre en lo que en Lógica formal se llama petición de princi­pio: conside­rar definido lo que precisamente está pendiente de defini­ción o se quiere definir. Máxime cuando, por hablarse del presente, el pretendido intelectual carece de la debida pers­pectiva histó­rica para valorar la decadencia de un país, por un lado, y la noción de “modernidad”, para otros intelectuales y no intelectuales, es justo el princi­pio de la involución, del fin. 

  Da la impresión de que, simplemente, a Vargas Llosa le sólo le mueve el instinto primario que mueve a los débiles a situarse de lado del más fuerte que además está dispuesto a descargar su brutalidad sobre quien le lleve la contraria…

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