Valle de lágrimas

Existen varias condenas bíblicas sobre la cabeza de la humanidad. Empezando con eso de que “ganarás el pan con el sudor de tu frente” y pasando por la esclavitud que amerita las siete plagas de Egipto, los 40 años de vagar por el desierto del pueblo elegido por Dios, los espacios publicitarios al servicio de la divinidad que dan cuenta clara y concisa de que aquí será ese horrible lugar del crujir de huesos y el rechinar de dientes, para concluir con el gran final de los siete jinetes del apocalipsis, cuyas manifestaciones concretas se registran en la marquesina de la historia como grandes estrenos: la Primera y Segunda guerras mundiales, pasando por la Gran Depresión, la guerra fría y su pléyade de experimentos científicos sobre cómo matar o al menos inutilizar al enemigo por un mínimo de tres generaciones, que incluye la esterilización del enemigo, las malformaciones en fetos y la vida breve de los sobrevivientes, el horror de la insolvencia económica para países enteros y sus poblaciones en vías de extinción o de emigración en condiciones duras y terribles; las guerras de exterminio en Europa Oriental, Medio Oriente, África, más las no tan fotogénicas del tercer mundo en su conjunto mediadas por el hambre y la represión político-militar de gobiernos alineados al infaltable Tío Sam y, desde luego, genocidios a nombre de la democracia como los perpetrados por Estados Unidos en forma de invasiones injustificables como en Afganistán, Irak y puntos circunvecinos.

En nuestra cotidianeidad actual, tenemos para no extrañar los horrores de la furia divina, interpretada por el supremo gobierno y encarnación de la fe y buenas maneras, a las múltiples hazañas legales perpetradas por la Suprema Corte, a favor de, por ejemplo, la banca, en forma de licencia para robar mediante el acuerdo que hace posible el anatocismo (cobro de intereses sobre intereses), que plaga y caracteriza cualquier estado de cuenta bancario que le llega a usted con puntualidad inglesa. A ello habremos de agregar la carencia de una política que permita que los jóvenes y no tan jóvenes accedan a empleos permanentes que mantengan sus derechos laborales asalvo, aunque cabría aclarar que el propio gobierno tuerce el cuello de la gallina de los huevos de oro que es su base tributaria, al generar desempleo, que no paga impuestos, en vez de empleo, que si pudiera generarlos, lo que nos lleva al siguiente problema: si se genera desempleo, entonces ¿de qué manera se puede sostener un sistema de seguridad social que permita la solidaridad generacional? ¿De qué manera el sistema de salud pública puede cumplir con su elevada tarea? ¿Cómo se puede arraigar a la población económicamente activa y aprovechar socialmente su capacidad generadora de valor? ¿Estará el gobierno neoliberal de guarache, aserrando la rama histórico-social donde está parado? En caso de ser así, ¿se puede hablar de Estado fallido?

Llegado a este punto, permítame hacer una breve digresión. El concepto Estado alude a una entidad macrosocial histórica que tiene por elementos el territorio, la población y el poder o la autoridad, y que tiene atributos como la soberanía. No se debe confundir con el gobierno. El estado puede ser de varios tipos y asumir diversas formas, así tenemos estados unitarios y estados compuestos o complejos, como también autoritarios o democráticos. En cambio “gobierno” es una forma política que puede cambiar, de “democrático, representativo y popular”, a cualquier otra forma que incluye la dictadura, aunque también puede distinguirse por su sujeción a un modelo económico-ideológico como el neoliberalismo. Quizá sea más afortunado, en todo caso, hablar de gobierno fallido.

Si hablamos de gobierno que puede fallar en tanto no cumple las funciones que le encomienda la Constitución Política, se supone apropiado hablar de reforma, o reformas, que eventualmente habrían de corregir las fallas del órgano de poder o autoridad nacional o local. Este supuesto da lugar a considerar benéfico el cambio político mediado por la participación ciudadana por sí o mediante entes tales como los partidos políticos. En el caso mexicano (que no es excepción) la realidad empírica demuestra que el gobierno neoliberal de derecha panista es fallido. Pero los partidos políticos carecen de programa porque eliminaron el elemento de compromiso que los hacia viables socialmente: la ideología.

La ideología puede ser de derechas o de izquierdas, puede asumir formas eclécticas que suponen cierta moderación entre extremos, pero nunca deja de tener acentos precisos en problemáticas sociales que enarbola como foco de su acción teórica y pragmática. El partido tiene, en todo caso, una ideología definida que determina sus objetivosy formas de acción, su discurso y posición ante la realidad y, por ende, el compromiso histórico que asume ante la sociedad. El problema aparece cuando no existe ideología sino intereses de corto plazo.

Desaparecida la identidad ideológica se diluye la identidad política, y el partido queda reducido a una agencia de colocaciones en el gobierno en turno al que sirve criticándolo cuando es conveniente aparentar disidencia, y en la estructura legislativa como puede ser la representación plurinominal, a la que se llega por el fácil expediente de las negociaciones entre grupos al interior de los partidos. De esta manera, la clase política formal es una clase parasitaria, tanto o más que los especuladores bancarios, financieros o comerciales, o los que a la sombra del gobierno en turno trafican influencias y engordan cuentas corrientes al margen y por encima de la ley. Un gobierno fallido puede ser, entonces, producto de un sistema político fallido, que vendió su primogenitura por un plato de lentejas. Esto es consecuencia lógica de la cancelación de principios y valores, traducidos en forma de compromisos sociales e históricos refrendados por una práctica política definida a favor de la sociedad, del pueblo, en el estado, región o nación.

Esta cancelación explica la ausencia de compromiso de la “clase política”, su falta de cultura, de sensibilidad social, de entrega a causas que trasciendan la coyuntura, que vayan más allá del momento de las fotos y los aplausos, y la abundancia de lugares comunes, de expresiones chabacanas, de falta de oficio político, de pujos de ganadero en medio urbano, de pirrurris de colegio privado en el medio rural, de ricachón flatulento en el medio que exige sobriedad republicana. Los “políticos” crean el escenario gamoroso de los restaurantes y bares de moda, los hoteles de cinco estrellas, en la tesitura de los desayunos, las comidas y las cenas, en la vacuidad de una atmosfera exclusiva y excluyente, profundamente antisocial para quienes se dedican a los asuntos públicos.

¿Usted cree que de haber ideología distintiva de los partidos políticos se pudieran dar alianzas, por ejemplo, del PRI con el PAN, del PAN con el PRD, para ganar puestos políticos en estados y municipios, o en el propio gobierno federal?, ¿podrá la derecha y la izquierda hacer unidad de acción electoral para gobernar? La evidencia histórica enseña que la ideología determina la acción política a favor de tales o cuales intereses de clase, ¿supondrán los partidos políticos que no hay diferencias de clase? ¿Pobres y ricos padecen y aspiran a lo mismo? En este caso, suponemos que los pobres están persuadidos de que la pobreza es el destino y el medio es aceptar el destino y la acción de los ricos, y por eso votan por los candidatos que representan mayor opresión económica.

En este escenario tan poco esperanzador, ¿no cree usted que pasa algo raro? ¿No le parece que las cosas no siguen su rumbo normal? ¿Cree que alguien en su sano juicio estaría dispuesto a pasar hambres, ser marginado, carecer de recursos para mantener una familia, a cambio de nada, salvo mayor miseria y marginación? En este punto es pertinente ofrecer a su consideración un supuesto explicativo.

A poco más de un cuarto de siglo bajo gobiernos neoliberales de diverso signo político que han sido consistentes en la privatización de los medios de producción, de las reservas estratégicas nacionales, de la biodiversidad, de los mares, del espacio aéreo y el subsuelo nacionales, la sociedad ha sido permeada por una persistente campaña de desideologización, de pragmatismo e individualismo que se manifiesta en el discurso educativo, en el contacto o relación social, de manera que el proceso de reeducación o, si se quiere, des-educación, ha generado las condiciones para el impulso de una sociedad acostumbrada a la precariedad del lenguaje, la música, el empleo, la cultura, la idea de vida y familia que envuelve a todos, empezando con los más jóvenes, en una esfera de relaciones que no alientan la autoestima sino la autosatisfacción. La nueva sociedad alentada por el neoliberalismo, repudia la historia, las tradiciones, el respeto a la familia, porque es pragmática y cortoplacista. La dimensión histórica de la práctica política carece de sentido y en cambio sí lo tiene la toma por asalto de instituciones, de partidos políticos, de puestos públicos, de foros y escenarios que convoquen masas hambrientas de circo, de protagonismos fugaces, de coreografías obtusas y de acuerdos sado-masoquistas. El neoliberalismo, entre otros efectos, pretende la nulificación de la autoestima, del sentido de pertenencia, de la perspectiva de clase, hacia una sociedad de consumidores de productos chatarra, ideológicos, políticos, sociales, culturales, materiales. Es la cultura de la auto-marginación, del beneplácito a la explotación y al envilecimiento del ser humano. La renuncia a la dignidad del que trabaja políticamente para cambiar, para transformar las estructuras sociales en más justas y equitativas.

Quizá por eso, es absolutamente recomendable repensar los partidos políticos y la política, replantear la cultura y sobre todo la educación. Sobre este último aspecto, cabría preguntarse, ¿las nuevas generaciones, se están formando para ser empleados de maquiladoras, en una obediencia casi robotizada de los supuestos del mercado como única y última expresión de libertad y progreso? ¿Es lícito intelectualmente establecer una relación lineal entre democracia y mercado? El discurso económico neoliberal, ¿funciona igual para economías postindustriales y para aquellas que están en el subdesarrollo industrial? ¿Podría mostrar evidencias de que los países, como Estados Unidos, que impulsan e imponen a sus satélites el libre mercado, no hicieron su fortuna gracias a una política prudentemente proteccionista a lo largo de su historia? ¿Supone usted que la industrialización de países como México, no es prioritaria para iniciar la recuperación económica y los espacios cedidos que afectan la soberanía nacional? Sin embargo, nuestro país no tiene contemplada como prioritaria la industrialización nacional y eso se demuestra en la ausencia de un programa de desarrollo industrial que fomente la investigación y desarrollo tecnológico y científico, fortalezca la educación superior, proteja la inventiva de los científicos mexicanos y genere las condiciones para que el empleo en la educación superior sea realmente remunerador.

Tenemos un país de tercera, gobernado por gente de tercera y una clase política marginada de la ciencia política, de la historia, de la cultura, presa de apetitos que se satisfacen de manera primitiva y vulgar. Su subsistencia se debe a que realmente ninguno de los actores políticos y sociales está dispuesto a decir NO a la barbarie neoliberal y, simplemente, han asumido como propio el trabajo carroñero de desmantelar la nación, de convertirla, en los hechos, en una colonia del imperio, en un “estado asociado” que simula ser soberano. La educación debe ser protegida y redimensionada en sus aspectos transformadores, debe ser un ejercicio cotidiano de la inteligencia, inteligencia crítica al servicio de la libertad, de la integridad nacional, del progreso y el bienestar. De ser así, la universidad sería la institución más importante entre las estratégicas, entre las que significan una puerta al país que todos, de una u otra forma, deseamos. En este sentido, una buena reflexión de Semana Santa se referiría al país, a su situación actual, a su destino, y una vez considerados los aspectos anteriores, usar el libre albedrío.

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