Uruguay ||| Como dios manda…

Nadie ignora que una vez derrotadas las fuerzas políticas de acción armada del movimiento popular uruguayo, a principios de los ´70, el objetivo estratégico inmediato de las FF.AA. conducidas ideológicamente por los elementos más fascistas del bipartidismo criollo tradicional y sus asesores yanquis, fue el desmantelamiento y la desmoralización total del movimiento sindical.

Los trabajadores organizados y nucleados en la CNT, habían demostrado ser la única fuerza capaz de hacer punta en la resistencia al golpe de estado institucionalizado el 27 de junio de 1973, con una huelga verdaderamente heroica y ejemplar, que a pesar de no resultar suficiente por sí sola para frenar y voltear a los golpistas, permitía verificar en la práctica la premisa teórica de que es la clase trabajadora organizada la que está potencialmente en mejores condiciones de vanguardizar los procesos políticos de perspectivas pre-revolucionarias o de simple resistencia al autoritarismo represivo capitalista.

Para la clase dominante, esta premisa no era ninguna novedad: sabía muy bien desde siempre –lo aprendió antes que nosotros– que la principal nutriente cuestionadora, más firme y duradera, del modo de producción capitalista y su sistema político-ideológico-económico de privilegios y corrupción, procede necesariamente del conjunto de hombres y mujeres que más directa y duramente sufren las consecuencias inhumanas de la explotación capitalista, y que mejor que ningún otro conjunto social dispone de condiciones materiales y potencialidad subjetiva propicias para complicar y hasta desarticular totalmente el funcionamiento del Estado opresor burgués.

Golpear fuertemente y con contundencia paralizante a la clase trabajadora –muy especialmente a los sectores más comprometidos en las actividades propiamente productivas y más estratégicas–, era para el fascismo golpear sobre la multitud de la cual, en definitiva, surgen las mujeres y los hombres más resueltos y más convencidos de la necesidad de enfrentar al capitalismo y su aparato coercitivo-represivo permanente, hasta las últimas consecuencias.

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Hoy, la paradoja salta a la vista:

Algunas de aquellas trabajadoras y algunos de aquellos trabajadores perseguidos por la dictadura, son ahora “militantes” de la contención y el escarnio de cuanto conflicto sindical aparece en el horizonte político de la “era progresista”. &nbsp Son auténticos agentes del sistema arremetiendo contra los que luchan, sin siquiera mantener ya una impostada verborragia reformista que pretenda ganar las cabezas del pueblo trabajador con la ilusión de “los cambios graduales” a través del “diálogo y el consenso social”.

Son, casi cuatro décadas después, rentados del antisindicalismo, lisa y llanamente, aunque exhiban ropaje de fantástica representatividad “obrera” que solamente existe en sus delirios de grandeza chiquita.

Si fuera solo esto, vaya y pase. Sería la repetición histórica, casi inevitable, de las deformaciones y las deserciones que suelen lucir algunos individuos y algunas capas sociales, en todo proceso histórico que asume la apariencia de paréntesis “bobo” de la lucha de clases. Serían nada más que los infaltables revisionistas ganados por la ilusión de una “paz social” que, como espejismo, en general dura lo que dura un lirio.

Lo que está ante nuestros ojos, nuestra vergüenza y nuestra razón, hoy, es algo más groso que algunas esperables y tristes defecciones individuales o grupales propias de los períodos de reflujo general del movimiento popular organizado.

Lo de hoy es el súmun de la filosofía de la miseria ideológica de ciertos sectores sociales que han dado finalmente con la expresión política y los representantes más idóneos de un desclase apequeñoburguesado y contrarevolucionario que se ha convertido en su forma de vida, definitivamente (viven mismo del burocratismo estatal, de los curros filantrópico-asistencialistas, del corporativismo de los acomodados, del antisindicalismo, mercan con la contrarevolución, pretenden contrabandearnos una absurda “sagacidad política” de iluminados; &nbsp poseen un “status” que nunca antes pudieron soñar, en un país en el que para sentirse casi feliz, bastan cifras de ingresos que se arrimen a un poco&nbsp más de la mitad de&nbsp la canasta familiar básica… y las de buena parte de ellos, las superan graciosamente, ni qué hablar).

No se trata de juzgarlos ligeramente ni de condenar simbólicamente sus supuestas “inconsecuencias” (¿habrá tal “inconsecuencia” o nos hicieron comer la pastilla?). Se trata de combatirlos frontalmente, de llamarles por su nombre, de dejar al desnudo sus falacias hipócritas y amarillas cuando nos hablan de “ir despacio” y “dejar hacer sin poner palos en la rueda”, en aras de una “acumulación” que es en realidad la acumulación de los súper capitales monopólicos, necesitados de tranquilidad y ausencia total de presión social para que el acumule no corra riesgos de frustrarse, sobre todo en las zonas del planeta donde existen enormes reservas de materias primas y recursos naturales con los que seguir colonizándonos hasta llevarse la última gota de agua, la última partícula de suelo, el último resto del patrimonio nacional.

Trabajan con auténtica contracción “militante” para el imperialismo.
Por eso es que una parte importantísima de este obligado combate político y moral, pasa por deschavar como grosero e imperdonable engaño, el verso de que hoy, nuevamente, se trata de darle tranquilidad a los buenos inversores para que haya un crecimiento de la clase trabajadora, "sin la cual ninguna transformación es posible". Hay que dejarlos pegados como auténticos truhanes y farsantes disfrazados de "serenos y maduros" dirigentes político-sindicales, que no lo son, o que en todo caso, lo son de los gremios empresariales que les untan bien las manos y el ego, hasta convertirlos en peores enemigos de los trabajadores de lo que eran hace 50 años aquellos que intentaban organizar sindicatos dirigidos por la embajada yanqui y la crema oligárquico-financiera.
Donde se los vea, hay que gritarles ALCAHUETES, AMARILLOS, CARNEROS, ROMPEHUELGAS, por lo menos y para no ser muy mal hablados. No hay que gritarles TRAIDORES, pues no lo son; sus conductas de hoy, nos dicen claramente que nunca pertenecieron a la clase trabajadora como debemos pertenecer: con la razón, con el alma, con toda la pasión y toda la furia a la que tenemos legítimo derecho y legítimo deber.
Hay que expulsarlos de cuanta organización popular sea posible. Hay que correrlos, alejarlos de la buena gente engatusable. Tienen que ser ellos los que se vayan, con las güampas clavadas en el piso, de todos los lugares en los que aunque sea en posiciones minoritarias, se defiende con dignidad la causa del pueblo trabajador.
En resúmen: someter al repudio a los antisindicalistas aggiornados, escracharlos, apuntarlos con el dedo, mandarlos a todos a convivir con sus congéneres lúmpen-pequebú del pitucaje contrarevolucionario, es nada más que parte de una elemental batalla contra los sectores que le hacen los mandados al imperio, no de piolas nomás, sino porque en ser alcahuetes de la burguesía monopólica, les va la vida tristemente placentera que llevan, por ahora.
Asediarlos entre la gente que vive del laburo y a la que se pretende vaciar hasta de instinto clasista, es de primer orden. Hacer oídos sordos y simular mudez cuando oímos los disparates que podemos oir a diario respecto a tal o cual movilización sindical, es ser por lo menos encubridores del amarillismo.
No es fácil; tenemos nuestros errores, no hay duda, pero no podemos darnos el lujo de que cualquier imbécil con ínfulas de dirigentillo populista o pseudo "comunicador social", se largue a insultarnos así nomás o descalificarnos, con los mismos argumentos cipayos que en definitiva han hecho que este pueblo diera pasos clave en su andar hacia la propia emancipación, hoy burlada por buena parte de los mentores "del cambio"…
Que ya tendrán su "Sanmartín".
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Gabriel Carbajales, 9 de diciembre de 2011
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