Uruguay: Balance de los balances y lo que le pasa a los demás

Una opinión personal

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«…no es menos cierto, por poco que se recuerden las enseñanzas de la historia, que la cuestión del fascismo es actual, que hay que tomarla en consideración y tratarla de manera justa. En efecto, si historia tiene sentido, es porque puede servir de lección para el presente. Equivocarse en la actualidad, y ser incapaz de descubrir la realidad de un proceso eventual de fascistización no puede ser excusable en la medida que lo fuese alguna vez. El fascismo, como por lo demás los otros regímenes de excepción no son ‘enfermedades’ o ‘accidentes’; no sólo les ocurren a los demás.»  Nicos Poulantzas. Fascismo y dictadura

 

Por Fernando Moyano

Fui a buscar a este griego afrancesado (cuyo estructuralismo no comparto pero eso es otra cosa) para que me ayudase a entender el problema de si estamos o no estamos, mundo, continente y también país, aunque fuese ante una punta emergente de fascismo. Un problema que provoca una discusión, y una discusión sobre la discusión. Pero no es para tratarlo a la ligera, lo veremos luego. Una cosa tan solo.

Dice un documento de la Federación Anarquista Uruguaya, FAU, «Balance de los resultados electorales y de todo lo que se ha dicho», que tomo nada más por ser uno entre muchos que plantean el tema de esa manera: «…se ha hablado del miedo al fascismo. Todo ello fue colocado como argumento para votar a Martínez, entre tantas otras cosas».

Apenas un ejemplo de cómo se aborda esta discusión, importaría más el para qué se usa un argumento que el problema real al que el mismo se refiere. Más el miedo al aprovechamiento no deseado del miedo al fascismo, que al fascismo, si es que es miedo. Una metodología inaceptable, pero tampoco para verlo ahora, lo planteo como escalón a lo que quiero llegar.

Porque el griego afrancesado trajo de pasada algo más importante: «no son ‘enfermedades’ o ‘accidentes’; no sólo les ocurren a los demás». Voy a centrar el problema.

La coyuntura de octubre/noviembre significó una derrota política de nuestra clase trabajadora.

Como fue una derrota electoral del Frente Amplio y yo no estoy en el Frente Amplio, podría asumir la fácil negadora y desentenderme, le pasó a los demás.

Hay muy buenos y documentados análisis del cómo y por qué. Proyecto de mejora posible dentro del capitalismo pero sin ruptura, límites que tenía, agotamiento del ciclo de coyuntura favorable que le dio aire, etc. Los valiosos aportes abundan, pero no nos quedemos en entender lo que «le ocurre a los demás», los socialdemócratas, reformistas, bonapartistas, progresistas, o lo que sea.

Estos análisis vienen también con la advertencia de lo que se viene y la necesidad de salir a luchar. A la calle, en el movimiento social, con la gente. Estoy de acuerdo.

¿Pero la política qué? ¿Qué pasó, no a los demás, a nosotros? A nosotros la clase, el nosotros grande que es el que importa, y que ha sufrido y sufrirá esa derrota. Y también al nosotros chico de la izquierda alternativa o intento de eso, formado por varios nosotros más chiquitos todavía peleando en lo que Freud llamaba narcisismo de las pequeñas diferencias.

La derrota política vivida tiene tres aspectos. La alienación política del FA es uno. Ese proyecto reformista, dentro del capitalismo pero reformista al fin y con un ala radical y fermental, fue reconvertido en proyecto social-liberal y partido político vertical centralizado; la posible alternativa interna fue cooptada, comprada o expulsada. La izquierda reformista pagó concientemente ese precio para poder llegar al gobierno. Ese es el primer aspecto, no lo hicimos nosotros pero nos pasó a nosotros.

La recuperación del gobierno por la expresión más rancia y más directa de la clase dominante es la culminación del proceso anterior, su lógica consecuencia, y no es algo que le haya pasado a los otros porque de ahí el «se nos viene». Ese es el segundo aspecto de la derrota. Y el primero no le quita relevancia a este segundo aunque se le quiera quitar, con eso de «todo es lo mismo».

Porque tenemos entonces acá un tercer aspecto de la derrota, y es imposible de negar: Una nueva derrota de la izquierda alternativa. Digo nueva, porque considero que el fracaso de un intento de «polo radical» dentro del Frente Amplio que se terminó de frustrar antes de la llegada al gobierno, y con ella, fue un primer fracaso.

Dice -un sector del nosotros chico- que fue por la equivocada estrategia de otro sector del nosotros chico. Pero si aquella vez fue por el error de pelear adentro, ahora, la nueva derrota ha sido la de pelear afuera, y las dos derrotas en dos momentos diferentes, se complementan. Esa coincidencia en la diferencia sugiere una raíz común.

Lo que rompe los ojos es que, si el obstáculo principal para el crecimiento político de la izquierda extrafrentista fuese la falsa ilusión de los explotados en la política reformista, esta vez se habrían dado las mejores condiciones para superar ese obstáculo, pues la caída del Frente ocurre precisamente por la desilusión. Las mejores condiciones se dieron, y ocurre el peor resultado.

Una de las particularidades hoy es que ni siquiera se intentaron casi procesos unitarios como las fracasados anteriormente. Y no porque no sea necesario, ya que todos dicen que sí lo es.

Tenemos en primer lugar la notoria derrota del mayor proyecto político de izquierda extrafrentista en este período: Unidad Popular. Una proceso de casi diez años orientado al crecimiento electoral y parlamentario que fracasa precisamente por estar así orientado. Cinco años de campaña electoral centrada en aumentar la bancada terminan con la pérdida de la bancada. La causa del fracaso es el oportunismo.

Llevada por el maquiavelismo de tomar al vecino como enemigo principal, la UP centró toda su campaña contra el FA porque allí estaban los votos que tenía que rascar. Pero precisamente la coyuntura de debilitamiento del FA aumentaba el peligro por el flanco que ese electoralismo oportunista descuidaba. Y el simple instinto de clase hizo que tuviese más rechazo que aceptación, por eso fracasó en su propia salsa. Como no hubo ni pizca de autocrítica sino reafirmación del mismo camino fracasado, podemos dar tranquilamente la espalda a ese proyecto político.

El continuado fracaso y decadencia del PT es importante más que nada porque es una variante de lo que llamo izquierda doctrinaria, la región de la que yo mismo vengo y en la que me formé, aunque no en esa misma capilla. Una izquierda muy lúcida para todo salvo para confrontar su propia política con la realidad. Hemos visto en todo este tiempo varias variantes, todas en situaciones parecidas.

El voto nulo y en blanco es otro caso, también varias variantes, algunas históricas y otras que vinieron llegando por el proceso de esa decadencia general. De nuevo: en la mejor situación posible se llega al peor resultado posible, tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo. En tanto centrada en el voto pasivo pero en el voto, es también electoralismo fracasado.

Algunas experiencias confusas de semi-izquierda han mostrado un crecimiento electoral sin base orgánica, y una llega al parlamento. No son, en el balance, un avance cuantitativo sino otra distribución. Y significa sí un retroceso cualitativo. Ese voto disperso manifiesta un malestar, y al mismo tiempo muestra nuestra incapacidad para recoger ese malestar.

Hay en el panorama dos o tres fenómenos incipientes y diferentes entre sí. No diremos nada por ahora, precisamente porque son incipientes.

Toda esa izquierda, cada corriente, puede mostrar una linda experiencia afín que tuvo su momento, y pude mostrar todos los fracasos acumulados de los otros competidores. Que harán simétricamente lo mismo.

Tenemos dos problemas por delante, uno dentro del otro. Enfrentar al enemigo de clase, y enfrentar nuestra propia incapacidad para construir una herramienta para enfrentar al enemigo. Lo grave es qué ni siquiera sabemos que clase de herramienta, y en algunos casos peor aun, creer que sabemos. Y mientras no resolvamos el segundo, el primero irá por su cuenta. Prefiero eso, por supuesto, a esperar que la realidad espere por nosotros. Pero algo mejor podríamos hacer, si lo queremos hacer en serio.

«…que no sea para calificar la actitud de los otros, sino para orientar la nuestra; porque lo que urge considerar no es lo que el adversario hizo para perjudicarnos, sino lo que nosotros no hicimos para contrarrestar su agresión y lo que tendremos que realizar mañana si no queremos ser aniquilados». Ya alguna vez antes recordamos esas palabras del argentino Manuel Ugarte, y hoy también son oportunas.

Pero eso es general. Quiero ver lo particular.

Tendremos por delante una lucha por defensa de las conquistas parciales del período que concluye, que serán atacadas. En ella tenemos la oportunidad de ampliar la política de alianzas hacia las bases «desencuadradas» del Frente, que las habrá, una alianza que apenas hemos podido hacer a veces. La cúpula del FA, y ya lo vemos, se volcará a la «gobernabilidad». Eso nos abre una nueva oportunidad.

Algunas líneas de desborde (que siempre fueron a contraria de la política del FA, por ejemplo contra UPM2, o las nuevas denuncias sobre la intervención en Haití) dan una continuidad entre lo que hicimos antes y lo que tenemos que hacer ahora, y allí el terreno es nuestro.

Pero si queremos mirar un poquito más lejos estamos muy mal. ¿Qué es un proyecto socialista hoy día? Ahí si que lo pero es creer que lo sabemos.

La cúpula del FA intentará mantener su colaboración de clases y al mismo tiempo reconstruir un proyecto de apariencia reformista. Y ya está la estrechez mental, hija del electoralismo fracasado, queriendo ver allí el enemigo principal.

La lucha por reformas no es el enemigo, la lucha por reformas es la cantera. Y las condiciones son las mejores para nosotros y las peores para ellos porque no habrá una nueva bonanza para sentar una política de contención y concesiones parciales.

El verdadero problema lo tenemos nosotros, porque nuestra derrota no ha ocurrido porque sí, sino que muestra nuestras propias carencias, muy serias, muy profundas, muy difíciles de superar y ya debemos tomar conciencia de hasta qué punto no hemos sido capaces de hacerlo. Y que no se resuelven al grito, mucho menos con el grito equivocado.

Como viene la cosa, un intento de reconstrucción reformista no me quita el sueño. Prefiero aplicar una fase que me pasa un amigo, del ajedrecista uruguayo Luis Roux Cabral (el ganador de «La inmortal uruguaya» en 1943): «No hay que estorbar el plan del adversario. Suele ser malo».


fernando moyano

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