Unidad, pluralidad, libre crítica. Alegato contra los patrioterismo de las escuelas

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Ahora, después de esta crisis que ha alumbrado la realidad y la vida como la luz del día incluso a muchos ciegos, nos situamos ante un complejo proceso de reconstrucción de las identidades, en un momento en el que las antiguas palabras han perdido parte de su significado, por lo cual resulta necesario que la defensa de tal o  cual legado no se convierta en un obstáculo más.

Personalmente, aunque personalmente claramente identificado con la escuela trotskiana, nunca he renegado de mi crisis cristiana ni del influjo libertario mamado en mi familia adoptiva. Además,  siempre he considerado que se trata de una síntesis personal y no un eclecticismo. Por lo demás, creo que el principio es la duda y he sentido la necesidad de atender mis enormes limitaciones, sin olvidarme la de mis escuelas y maestros. Limites obvios desde el punto de vista de una historia y una vida que nos sobrepasa. Así rechazo a los que viven en la certeza, sentado en sus “principios” llueva, nieva o haga calor.

Asumirlo de otra manera habría sido renegar de unos componentes culturales fuertes, dentro de los cuales pondrían en primer término un cierto sentimiento de sencilla decencia inherente al ámbito familiar más próximo. En lo mejor de dicho ámbito, los valores personales ha sido más preciados que los dineros o los fastos, valores como no explotar a nadie, no deber nada, no depende de favores, la solidaridad elemental, compartir, no mentir, no engañar, etcétera, unos valores simplistas pero que distingue a la gente incluso cuando parezca estar muy por encima. Más tarde, cuando estaba en proceso de formación política, algunos amigos sistematizamos que lo más importante era la fidelidad a los trabajadores, al pueblo, luego las exigencias del compromiso que de ninguna manera podría estar al margen de dicha fidelidad, y finalmente, la necesidad de estudiar y comprender…

En términos más ideológicos, estos criterios venían avalados por el republicanismo de las diversas personas que me habían ayudado cuando el franquismo comenzó a parecerme algo intolerable, una cierta tradición cristiana, magníficamente representada por personalidades anónimas como la Mercé Ridaura, la monja seglar y asistente social de Pubilla Casas, el anarcosindicalismo del Pedra, por no hablar del “liberalismo” aprendido en el cine y la literatura norteamericana, aportes y criterios a los que nunca  quise renunciar, y que coexistieron cuando entré en una espiral militante que se ha mantenido hasta el presente, de manera que puedo responder cuando me preguntan sobre sí milito: “Yo siempre he militado”. Obviamente, hay unas preferencias que permanecen desde las lecturas del Isaac Deutscher, una admiración vehemente hacia la Oposición rusa, hacia aquellos comunistas que se dejaron la piel en la lucha contra la burocracia y el estalinismo, y con ello de las obras y el ejemplo de León Trotsky, lo que no me impide criticar muy duramente algunas de sus actuaciones, como las que mantuvo desde “otro planeta” contra Nin y el POUM. La lista seguiría con las filiaciones militantes, la Ligue francesa y la LCR, ambas ya parte de la historia.

No he podido por menos que rememorar estos días el final de la “Ligue” de la que fue militante desde su fundación hasta mi regreso allá por 1971, sin embargo, entiendo que este es un sentimiento  que de ninguna manera puede empañar la voluntad de “transcrecer” para ocupar responsabilidades ante todo lo que viene. Situado en este enfoque, no he podido por menos que sentir estupor cuando he escuchado a algunos jóvenes manifestar presuntos reparos “principistas”, como sí lo fundamental fuese defender la tradición, y no el dar respuestas avanzadas y coherentes a una realidad que tenemos que empezar a transformar desde ya.

Escuchando dichos reparos, no he podido por menos que coincido con Gramsci en considerar que el «patrioterismo» de partido o escuela suele ser nefasto. Aquello de mi patria antes que nada, con razón o sin ella, no se corresponde al internacionalismo, ni a un pensamiento desacralizado; «gran negador» (en expresión de Wiston Churchill), Trotsky pudo ser un personaje mítico, pero en absoluto providencial. Con un maestro de la escuela libertaria (Francecs Pedra), aprendí que antes que los líderes y que las escuelas, estaban los intereses y las necesidades de los oprimidos. Por lo tanto, líderes y escuelas se justifican únicamente en la medida en que contribuyan a dicha causa, y no al contrario, en la medida en que son capaces de asimilar críticas, rectificaciones, e incluso rupturas. Lo que no pueden ser –como decía el llorado Luis Eduardo Aute en su canción– un asiento para sentarse. Una manera paradójica de ser conservador: hacerlo ”sentados”  desde una presunta ortodoxia revolucionaria desde la cual albergarse de los problemas que plantean dar alternativas a las luchas que están surgiendo aquí y allá, de una manera casi imperceptible, como lo hace la yerba cando crece al decir del bisabuelo Karl Marx..

Pero al igual que quiero lo mío (mi madre, mi pueblo, mi tierra, mi mundo),  también puedo querer «mi partido», y precisamente, como en los demás casos,  no estoy obligado a negar sus puntos oscuros y errores, y a diferencia de  mi madre, mi pueblo, lo puedo cambiar, y la verdad es que si no lo he hecho, no ha sido por faltas de dudas; y más por sus propios desafueros que por la hostilidad exterior. «Mi partido» nunca llegó a ser tal en el sentido patriótico, si acaso fue una propuesta, y una opción libre.  Para Trotsky el bolchevique lo fue, hasta que dejó de serlo. Entonces trató de reformarlo, hasta que creyó que eso era imposible. Entonces intentó crear otro; todavía se está en ello, ahora cuando la urgencia no es anteponer una rectificación plena al estalinismo sino contribuir a la creación de una alternativa al desastre existente.

De hecho, la historia del «ismo» derivado de su nombre ha sido un camino, nunca un fin, de otra manera, no habría sobrevivido como pensamiento vivo aunque ahí quedan sus ramas muertas. Se ha desarrollado bajo el signo del pensamiento crítico, como minoría profética, en base a hipótesis que nunca han dejado de ser una y otra vez discutida. Es una historia que está en la antítesis del uniformismo, los trotskismos son múltiples. No hay asomo de monolitismo, ni de instalación, si caso de una cierta patología.

Han pasado setenta años desde el Congreso fundacional de la IV Internacional, y todavía estamos en el punto previo de abordar las grandes tareas con la particularidad de que ahora ya no existen aquellos movimientos de masas que requerían una dirección revolucionaria a la altura de las circunstancias…Y la pregunta es elemental, sí la crisis de la humanidad se reducía después de medio siglo a su crisis de dirección, ¿por qué a pesar de toda nuestra buena voluntad no habíamos llegado a resolverla? Esta contradicción en los términos mismos del problema nutre a los afectados por el debate y las sospechas reciprocas de traición: dado que las leyes de la historia mas fuerte que los aparatos» (como proclama El Programa de Transición), sí estas todavía no han triunfado. Es porque al­guna cosa no funciona en casa.

De ahí que, periódicamente una sección o un dirigente inspirado piensan haber encontrado la poción mágica. La historia de la IV Internacional, la última y no por casualidad, la heredera de todos los desastres anteriores causados por la socialdemediocridad y el estalinismo,  está también jalonada por estas vocaciones re­dentoras. Los documentos preparatorios del XII Con­greso mundial de 1985 señalan al contrario que la crisis de dirección revolucionaria a escala internacional no puede plantearse en los términos de los años treinta. No se reduce a una crisis de la vanguardia y a la necesidad de reemplazar las direcciones tradicionales fracasadas por un relevo intacto. No creo que nadie se lleve a engaño, este es un trabajo escrito «desde dentro», fruto de una larga experiencia personal y de una evidente obsesión divulgativa mantenida al cabo de varias décadas. Las ideas que entran con fuego, no se van tan fácilmente.

Sin embargo, quiero creer que esto no  tiene necesariamente porque estar reñido ni con el rigor ni con un posible distanciamiento crítico, parte del cual he tratado de recomponer. Coincido con Gramsci en considerar que el «patrioterismo» de partido o escuela suele ser nefasto. Aquello de mi patria antes que nada, con razón o sin ella, no se corresponde al internacionalismo, ni la devoción con un pensamiento desacralizado. Trotsky pudo ser un personaje mítico, pero en absoluto providencial (como Mao), por otro lado, su escuela ha podido ser muchas cosas, pero no creo que haya servido en las aspiraciones de ascenso social para nadie, antes el contrario, es una escuela los que optan por estar al lado de los perdedores, y cuando a alguien se le ha planteado la necesidad y la posibilidad de ascender, lo propio ha sido el adiós, y no pocas veces, la abjuración.

En L´Hospitalet, gracias a un maestro de la escuela libertaria (Francesc Pedra), aprendí que antes que los líderes y que las escuelas, estaban los intereses y las necesidades de los oprimidos, de manera que mis simpatías se han derivado de la convicción que una concepción abierta del marxismo, y del trotskismo, me ayudaba en esta misión, para la cual no bastan la entrega y las buenas intenciones, sino que creo no menos necesario un «mapa»  que te ayude a situarte en el curso de la historia, y el trotskismo ligaba la tradición marxista con una explicación de la tentativa revolucionaria que había atravesado el siglo XX. Valga para ello un ejemplo extraído de algunas controversias con mi maestro. Él estaba muy orgulloso del papel de las milicias confederales que fueron las primeras en entrar en el París liberado con las tropas del general Leclerc. No se me ocurre hacer la más mínima objeción en cuanto a la voluntad y la entrega de estos milicianos. Pero no entendía como era que Pedra acusaba de «desagradecido» el Estado francés, recompuesto gracias a la dejación de los ideales de la Resistencia. Para mí, su misión no era «agradecer» a los que tanto habían contribuido a la lucha contra el nazismo, antes al contrario, por su propia naturaleza necesitaba recomponer una historia oficial en la que los «maquis», si los había, tenían que ser franceses y «nacionales».

Pero no fue esto lo más grave que se le puede achacar a un nuevo orden que comenzó reprimiendo duramente las manifestaciones independentistas en Vietnam y Argelia, donde llevó a cabo sendas guerras en las que aplicó métodos que repugnan a la conciencia humana… Cierto es que, al contrario que una incorrespondencia mucho más acentudada que en otros países en los que el hundimiento de la izquierda militante no ha sido tan extremo. entre las muchedumbres indignadas y las capacidades organizativas, incluyendo las más elementales como los sindicatos o las ONG, y que esta incorrespondencia es igualmente manifiesta en el caso de una izquierda radical, reconocida por la gran mayoría y asimilada por un sector tan amplio como para tener una voz militante estructurada, capaz de actuar conscientemente en base a criterios mucho más libertarios que los de la izquierda revolucionaria tradicional, incluyendo el trotskismo, sobre todo en sus inclinaciones más sectarias.

Por todo lo dicho, está claro que mi apreciación  «trotskiana» no es la del militante que cuenta con muchas fichas teóricas que mover para ganar cualquier debate, sino alguien cuya entrega por una opción le obliga a estar al corriente de lo que piensan los demás, incluyendo los enemigos (sociales) y adversarios políticos. Alguien que no deja de ser crítico con su partido ni consigo mismo, y que a veces puede trabajar más a gusto con personas auténticas de otras maneras de pensar que con la que, al menos teóricamente, se encuentran entre las suyas.

Consecuentemente, en algunos momentos no he dudado en proclamar que, a pesar de mi firme ateísmo, me he sentido mucho más afín con amistades religiosas que con algunos representantes de un «trotskismo» fundamentado en la legitimidad de las citas y de los referentes, y a mi parecer, no en la  verdad de la acción cotidiana ante tal o cual problema social o ante una realidad nacional o estatal para la cual había que forjar las respuestas constantemente porque nunca existen «soluciones» definitivas. Problema social que, obviamente, tenía unos culpables, y que a escala del mundo aparecía claro con la visión entre la cima social, como la descrita Danilo Dolci en El despilfarro, y el abismo social, descrito en aquella Geografía del hambre, de Josué de Castro, dos obras de «pensamiento básico», como decíamos entonces.

Desde el punto de vista individual, de la calidad de las personas, tengo que decir que he conocido gente de mucha talla en todos los ismos del movimiento social, desde el catolicismo  hasta el anarquismo, pasando por supuesto por los comunistas de a pie por más que en algunas situaciones las ópticas políticas me haya enfrentado duramente con ellos, pero si había aprendido a distinguir entre los católicos oficiales y los creyentes más nobles, igualmente sabría hacerlo entre gente como Santiago Carrillo y la mayoría de los comunistas anónimos (como Avelino Sánchez, un catalán nacido en Jaén y huido de la muerte instalada como régimen) que cuando le llegaba un paquete del partido en la cárcel decía que era para todos o para ninguno) . Si hubiera sido por esto, podría haber optado por cualquiera de estas opciones u otras, por supuesto, tan respetables como la mía, sobre todo cuando se llevan con «alteza de miras»…Esas opciones está ahí con su propia historia, sus propias grandezas y limitaciones, y ahora se trata de entender que las escuelas, al igual que las personas, valen por lo que hacen, y no por que representan o quieren representar.

Una historia de esas que son propias de la edad augusta y que antaño, se realizaban alrededor de la mesa en la fresca o unidos pegados cerca del fuego.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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