Una visión histórica de la cuestión nacional

Las formas de organización social que caracterizaron las sociedades previas al capitalismo representan, como mucho, el germen de la nación moderna tal y como la entendemos hoy en día. Los movimientos de emancipación responden a la necesidad, por parte de la burguesía, de conquistar el mercado interior a través de la consolidación nacional de los territorios mediante la asimilación forzosa de las realidades nacionales y la integración de las clases dominantes locales en el proceso de desarrollo del nuevo estado nación.

La consolidación nacional de estados como los Países Bajos o Alemania reflejaba el ascenso de la burguesía y su papel revolucionario, en el sentido en que su auge suponía la confrontación y superación de los elementos reaccionarios del feudalismo, que eran un obstáculo para el desarrollo económico capitalista. Por el contrario, en el Estado español, la centralización impuesta por los borbones —representantes del poder de los terratenientes y de la burguesía agraria y financiera— impidió la realización de un proyecto de Estado nación clásico que era lo que la burguesía industrial con implantación importante en Catalunya necesitaba e impidió que la revolución burguesa, en el sentido político, impusiera un programa de unificación de las distintas realidades nacionales.

A todo esto se suma el desarrollo de una clase trabajadora —cada vez mayor numéricamente y con una conciencia y capacidad de acción independiente más grande— que, de una forma natural, une las reivindicaciones democráticas no resueltas en el Estado español a la perspectiva más amplia de la revolución obrera; esto hace que la burguesía pierda los impulsos revolucionarios y acepte como mal menor aliarse con los elementos más reaccionarios del estado ante los peligros reales de la revolución obrera.

Se dibuja así un cuadro complejo: por un lado las clases dominantes del estado favorecían una economía atrasada y dependiente; por otro, la revolución industrial triunfó en Catalunya, pero su burguesía fue rechazada de la dirección del estado.

El proceso de industrialización no afectó homogéneamente a todo el estado, sino que tuvo impactos geográficos diferenciados, centrados principalmente en Catalunya y una parte de Euskadi. Este desarrollo desigual iba a tener un papel clave en el desarrollo de los movimientos de emancipación nacional modernos, así como en el desarrollo de un nacionalismo español cuyo rasgo esencial era su anticatalanismo. La ideología españolista negaba (con el uso de la fuerza, si era necesaria) el derecho a la existencia de la nación catalana; era y sigue siendo la expresión de un nacionalismo opresor.

España: un proyecto nacional fallido

La breve experiencia de la Primera República, con los generales que, en nombre de la república, reprimían el estallido federalista, acabó perdiendo el apoyo social, dando paso a la restauración. Este hecho se repitió durante la Segunda República cuando a pesar de las tímidas reformas políticas y sociales ésta fue incapaz de hacer frente a las demandas de la clase trabajadora así como a la crisis del proyecto nacional español.

Los conflictos nacionales, que se habían ido gestando desde finales del siglo XIX, estallaron con especial intensidad durante la Segunda República y la Guerra Civil. La república se limitó a hacer algunas concesiones en el terreno autonómico, pero en ningún momento se mostró dispuesta a poner en duda la unidad de “España”: presiones a Macià para que anulara la proclamación de la República Catalana del 14 de abril del 1931, recorte del Estatut de Núria, prohibición de las juntas generales de Gernika del 17 de abril, elaboración de una constitución centralista, retraso en la aprobación de los ya menguados estatutos… Se constataba pues que el centralismo españolista no era un problema de forma de estado (monárquico o republicano) sino un problema del Estado mismo. Por su parte los partidos de la pequeña burguesía (ERC y PNV), hegemónicos en el movimiento nacional, jugaron un papel vacilante y en los momentos decisivos se orientaban claramente hacia el pacto con el centralismo español de la segunda república: desproclamación de la república catalana, aceptación del recorte de los estatutos refrendados, inconsecuencia en el levantamiento del 34, traiciones de sectores dirigentes del PNV frente el alzamiento fascista en Araba y Nafarroa, subordinación a la república para derrocar las barricadas obreras el mayo del 37.

Tal y como preconizaban Nin y el POUM, la lucha por las libertades nacionales podía solo darse de forma consecuente en el Estado español si esta estaba integrada en el proceso de la revolución y la clase trabajadora se convertía en la vanguardia de la misma. La falta de una política nacional consecuente en la CNT y la política frente populista del PSUC fueron, entre otros factores, los que hicieron fracasar el intento.

El alzamiento fascista del 18 de julio fue el intento de poner fin de forma drástica a las demandas nacionales y sociales a las que la república fue incapaz de responder.

Franco, inspirado por la dictadura de Primo de Rivera, intentó borrar del mapa las reivindicaciones sociales y nacionales a través de la persecución de las organizaciones obreras y de la oposición y el desarrollo de una política de negación de las nacionalidades. La prohibición de las lenguas y culturas diferentes a la española formaba parte de una dinámica de asimilación basada en la violencia del estado fascista. A pesar de todos los intentos de acabar con toda resistencia a la dictadura, el desarrollo económico de después de la II Guerra Mundial (que no aparecería en el Estado español hasta los años 60 y 70), llevaron a la regeneración de un movimiento obrero que no había sufrido en sus propias carnes la brutal derrota de la Guerra Civil, y que se convirtió en la columna vertebral de la lucha por los derechos democráticos y contra la dictadura. Las reivindicaciones nacionales en Euskadi, Catalunya y Galiza se habían hecho más fuertes tras la dictadura. El movimiento se había hecho particularmente radical en Euskadi con el nacimiento de ETA y la izquierda abertzale. En Nafarroa desaparece el carlismo como fuerza de masas y la afirmación de su pertenencia a Euskadi es defendida por casi todas las organizaciones de la clase trabajadora, incluyendo el PSOE y los sindicatos mayoritarios. El PCE incluso reclamaba (formalmente) el derecho de autodeterminación. Esto facilitó la convergencia de la oposición obrera con las fuerzas nacionalistas y en el caso de Catalunya, la constitución de un amplio bloque antifranquista en la Assemblea de Catalunya. Pero la fuerza de las reivindicaciones nacionales no se limitó a los tres casos “históricos” , sino que se extendió de forma desigual a otras partes del estado. En el País Valencià y Les Illes, la reafirmación cultural y la defensa de la lengua hace ganar terreno al proyecto dels Països Catalans. El surgimiento de movimientos similares en Canarias y Andalucía no hacía más que profundizar la crisis del proyecto del Estado-nación español.

La transición y el estado de las autonomías

Esta crisis sería reconducida finalmente a partir de la Ley de Reforma Política aprobada por las cortes franquistas que permitió la remodelación del estado franquista a la democracia burguesa sin ruptura. Esto supuso la aceptación del Estado de las autonomías que se basa en la negación explicita del derecho de autodeterminación. Para que este cambio sin ruptura tuviera éxito fue fundamental la participación de las organizaciones predominantes en el movimiento obrero, y en especial el PCE. Los partidos nacionalistas burgueses de Catalunya y Euskadi (Convergència Democràtica y el PNV) estuvieron desde el principio en esta red de pactos, con desmarques formales que les permitieron mantener una cierta imagen ante su electorado nacionalista. Por su lado, las fuerzas revolucionarias que apostaban por un desmantelamiento completo del aparato franquista y la autodeterminación no tuvieron la capacidad para levantar una resistencia masiva que hiciera fracasar o bloqueara la reforma. Con la excepción de Euskal Herria , donde la existencia del Movimiento de Liberación Nacional Vasco ha permitido la supervivencia de un discurso rupturista con una amplia base social.

La transición fue un proyecto diseñado desde arriba con la connivencia de buena parte de la clase política franquista. Con el objetivo de evitar el debate público, el primer paso fue la elaboración de la constitución que no solo se debía referir al modelo de estado, sino que también definió los límites de los estatutos. De esta manera, la Constitución española no permite poner en cuestión la unidad de “España”, solo reconoce una soberanía, la española; constitucionaliza el uso de la violencia del estado contra las aspiraciones nacionales. La demanda histórica del derecho de autodeterminación de las naciones, incluyendo la posibilidad de la independencia, es la exigencia básica para la solución del problema nacional. Mediante la negación continuada de este derecho democrático, el estado de las autonomías no es sino una nueva forma de centralismo y, por tanto, de mantenimiento de la opresión nacional.

El estado de las autonomías conoció una primera etapa , donde el estado se inclinó relativamente hacia las concesiones que permitió, aun sin cambiar el fondo político del problema, una cierta descentralización administrativa. La segunda etapa se inicia después del triunfo del Sí al estatuto andaluz que en parte provocó la crisis de UCD y el inicio de la parálisis autonómica; una parálisis que se asentó después del golpe del 23-F, expresión frustrada de los sectores mas inmovilistas del estado. Todo ello llevó al Pacto de la Zarzuela, los acuerdos PSOE/UCD y a la LOAPA , que pretendía dotar a todas las comunidades autónomas del mismo techo competencial, escondiendo tras de sí el objetivo de rebajar las aspiraciones de las comunidades con mayor ambición de autogobierno (ley que finalmente fue declarada inconstitucional). El primer gobierno del PSOE se caracterizó en el plano nacional por la aprobación de diversas leyes y medidas con una orientación similar a la LOAPA, disminuyendo así el riesgo de aparición de movimientos contestatarios. Paralelamente se inicia en este momento una reafirmación de la ideología españolista.

Los pactos con la derecha nacionalista (CiU y PNV) han sido utilizados por ésta para mantener su centralidad política asegurando al mismo tiempo la estabilización del conflicto nacional. La bajada de las luchas, junto con el colapso de la izquierda radical, permitió en Catalunya la asimilación del continuismo gestado durante la transición y el proceso de consolidación del Estado de las autonomías. En Euskal Herria, el grado de contestación, ya desde la aprobación del estatuto de Gernika, ha sido radicalmente diferente del resto del estado; la izquierda abertzale ha sido capaz de superar el nivel de desmovilización del resto del estado.

Los ocho años del gobierno del PP (1996-2004) estuvieron marcados, por un lado, por una política que en el plano nacional apretó las tuercas de un centralismo asfixiante caracterizado por el aumento de la radicalidad del discurso españolista; y, por otro lado, el nacimiento y desarrollo del movimiento anticapitalista y contra la guerra, que ayudó a poner sobre la mesa la necesidad de una izquierda combativa que defienda, sin complejos, los derechos nacionales…

Un poco de síntesis

La cuestión nacional es un problema complejo con muchos matices que han de ser debatidos constantemente, con especificidades que dependen del momento concreto en el que nos encontramos y el nivel general de movilización social. Mantener una posición rígida sobre la cuestión es un error. Sin embargo, como revolucionarias e internacionalistas, hay algunos puntos que forman parte de nuestra propia esencia política, fundamentada en la lucha de la clase trabajadora y el derecho de las naciones que configuran hoy el Estado español a la autodeterminación.

– El derecho de las naciones a la autodeterminación es un derecho democrático. Defendemos sin condiciones el derecho de los pueblos que configuran el Estado español a decidir sobre su futuro, incluyendo la posibilidad de la independencia.

– Nos situamos al lado de los movimientos de emancipación nacional en la lucha contra el Estado porque entendemos el papel potencialmente revolucionario y de debilitación del Estado que estos movimientos pueden jugar.

– El Proyecto nacional español es un proyecto frustrado porque no engloba los pueblos comprendidos en el conjunto del Estado. Tampoco es un Estado nacional, porque ha sido incapaz de impedir el surgimiento de movimientos de emancipación nacional.

– El nacionalismo español nace y se desarrolla sobre la base de la negación de las naciones que configuran el Estado español. Por ello distinguimos entre el nacionalismo opresor y el nacionalismo de las naciones oprimidas y nos situamos al lado de estas últimas.

– Defendemos la autodeterminación desde una perspectiva de clase y no nacionalista. Tenemos una política nacional que se basa en el papel potencialmente progresista que tiene la lucha por la liberación nacional en el marco general de la lucha de la clase trabajadora.

– La historia de traiciones a las aspiraciones nacionales que ha tenido la burguesía y la pequeña burguesía de las naciones oprimidas abre la posibilidad que sea el movimiento obrero el que tome las riendas del proceso de liberación nacional, que actualmente es inseparable de la lucha contra el capitalismo.

– El federalismo o la autonomía no pueden ser una vía el resultado final de la cual sea el pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación en el Estado español, porque esas vías presuponen una igualdad entre naciones que es inexistente y va en contra de la naturaleza misma del estado. Sin embargo, en general, defendemos el autogobierno, porque puede ser una medida progresista que puede dinamizar la lucha por el reconocimiento de los derechos democráticos de las naciones.

– Ante los intentos del centralismo españolista de dividir territorios que comparten vínculos históricos (Euskal Herria, Països Catalans) defendemos la defensa conjunta en estos marcos territoriales de elementos clave como la lengua y la cultura propias, que pueden confluir, sobre una base progresista en un objetivo común de construcción nacional.

Extracto de los documentos de la Asamblea Estatal de En lucha / En lluita 2010

http://enlucha.org/site/?q=node/17972

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