Una Victoria Historica

El triunfo electoral de Barack Obama debe ser considerado un “acontecimiento histórico”, en el más amplio y profundo significado del concepto, y ello por muy diversas y contundentes razones. No hay que subestimar el hecho de que en la sociedad norteamericana el racismo tiene raíces poderosas que se remontan a los orígenes de su guerra civil, y que hace sólo cuarenta años balas blancas acababan con la vida de Martin Luther King, precisamente por encabezar una lucha en contra del racismo opresor de un sector significativo de esa sociedad. Su asesinato, al igual que el de Malcom X, fue la respuesta a unas luchas masivas que empezaban a señalar al sistema como opresor tanto de los negros como de los blancos pobres, y en ese sentido abrían el camino para la construcción de la unidad del movimiento antirracista con el resto de los movimientos políticos y sociales emancipatorios. Es por ello que, ahora, las tesis que señalan que Obama no es otra cosa que el “tío TOM” necesario para garantizar la estabilización de una dominación que atraviesa por una de sus mayores crisis, pasan por alto, ignorándolo olímpicamente, el significado profundo de las caudalosas fuerzas que han hecho posible su triunfo electoral.

Una sociedad dividida

No se trata tanto de valorar hasta donde puede llegar Obama, o especular sobre cuáles serán ahora sus intenciones o posibilidades, sino de entender que la sociedad norteamericana se ha fracturado en dos bloques contrapuestos respecto al modelo de sociedad existente. 63 millones de votos, siete más de los obtenidos por MacCain, han instalado en la Casa Blanca al primer presidente afroamericano de los Estados Unidos. El 96% de los votantes afroamericanos le han otorgado un explícito mandato para acabar con las lacras de la discriminación racista que se expresa en todos los órdenes de esa sociedad. El 66% de los jóvenes entre 19 y 29 años le han otorgado el mandato de acabar de una vez por todas con las guerras que los diezman y la falta de oportunidades laborales y académicas que los agobian y le niegan toda esperanza de futuro. De ahí que el 70% de aquéllos que votaban por primera vez lo hicieran por él. El 52% de los votantes que tienen entre 30 y 44 años le han otorgado un mandato para que les asegure sus puestos de trabajo, acabe con el desempleo, les posibilite una vida digna y para ello, entre otras cosas, les garantice un seguro de salud. Obama fue votado por el 56% de las mujeres para acabar con la discriminación sexista fuertemente arraigada en Estados Unidos. Obtuvo el 67% del voto latino y el 62% del asiático.

¿Qué significa todo lo anterior? Pues sencillamente que un conglomerado poderoso de muy distintas fuerzas sociales y políticas han identificado en él la posibilidad de acabar con una política exterior fundamentada en la rapiña económica y sustentada exclusivamente en la superioridad militar, así como con el recorte sistemático de los derechos civiles en el interior y la violación sistemática de los derechos humanos en el exterior. No cabe la menor duda de que el bloque social que le ha llevado al poder lo ha hecho para expulsar del poder a la hasta ahora hegemónica corriente neoliberal que ha sumido al mundo en la mayor crisis económica desde la Gran Depresión , y cuyas consecuencias muy probablemente lleguen a ser aún más catastróficas que las sufridas entonces. Su triunfo significa, ni más ni menos, una derrota ideológica de enormes proporciones para los privatizadores y desreguladores de todo lo existente.

La existencia enfrentada de esos dos bloques, en la que por primera vez aparece unificado en sus aspiraciones y exigencias el que aspira a la superación de lo existente, es lo que le otorga a la victoria de Barack Obama el carácter de triunfo histórico, al margen de la voluntad y las posibilidades del nuevo presidente.

Las responsabilidades del futuro&nbsp

Nadie debe engañarse sobre las limitadas posibilidades reales que tiene Obama de satisfacer las expectativas levantadas por su triunfo. Si bien predecir el decurso de la historia es oficio de pitonisas y oráculos, podemos señalar que los obstáculos que se interponen ante una posible reversión de las fracasadas políticas implementadas por Washington son enormes. Pero también hay que tomar en cuenta que la política exterior de invasiones y guerras preventivas está estancada como resultado de su crecientepérdida de legitimidad política, fracaso militar e insostenibilidad económica, sobre todo a partir de la recesión causada por las políticas neoliberales impulsadas por los poderosos grupos financieros enquistados en la Casa Blanca. De igual forma, el recorte de derechos civiles y violación de los derechos humanos encuentra a cada paso resistencias cada vez más grandes, tanto al interior como al exterior de los Estados Unidos. Y, por supuesto, el estímulo que ha significado para las fuerzas emancipatorias al interior de Norteamérica el triunfo de Obama, no facilitará una simple gestión imperial de la crisis económica, tal cual pretendía Bush. Habrá grandes resistencias y, a no dudarlo, movilizaciones importantes en defensa de una salida a la crisis que contemple al 95% de la sociedad norteamericana, y no al 5% de la plutocracia financiera que gobierna en Washington y domina la sociedad norteamericana.

El inevitable choque de fuerzas que se producirá en el seno de la sociedad norteamericana, una vez se empiecen a perder las ilusiones creadas por el triunfo de Obama, abrirá, por primera vez en décadas, la posibilidad de la organización política del grueso de las fuerzas sociales que hoy por hoy se han constituido en un bloque político-social de progreso. Y esa responsabilidad histórica de futuro recaerá primordialmente en todos aquéllos que hayan hecho una lectura correcta de la irrepetible coyuntura por la que atraviesa la nación norteamericana. En definitiva, si Obama importa para entender lo que ocurrirá en el futuro, mucho más importan para ese mismo objetivo los 63 millones de voluntades expresadas en las urnas.

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