Una realidad propiamente dicha

 El primer navegante y el primer borracho de la Biblia, sobre el que invita a volver a pensar una película a la que da nombre, nos devuelve, en un tiempo de catástrofes cantadas, a la ética de la balsa salvavidas. Cuando dos luchan por el único puesto que queda en ella la ética debe suspenderse. Según Kant, si uno se encuentra solo en el mar junto a otro superviviente y hay un trozo de madera que sólo permite a uno seguir a flote, las consideraciones morales dejan de tener validez. No hay moral que me impida luchar hasta la muerte con el otro superviviente: puedo hacerlo con total impunidad moral.

   El supervivencialismo parte del hecho de que como a mí me ha ido, me está yendo, me puede ir tan mal, puedo hacer lo que quiera. Cuando la vida ha tratado mal a una persona, cuando ella se lo cree, incluso cuando se lo teme, es fácil que estemos hablando de una mala persona. Si a los europeos la vida nos hubiera tratado peor no tendríamos tantas buenas manera con los separatistas de dentro e invasores de fuera, jugaríamos más fuerte, seríamos como los rusos, mala gente. El grado de unión de las pequeñas repúblicas dicta su supervivencia a las grandes de fuera. Pero si la unión es estrecha se convierte de hecho en una grande. Despotismo desde dentro o peligro de ser invadido por los de fuera. Elige.

  Gentes de buena voluntad y no del todo ininteligentes mientras estén decididas a poner sus dudas entre paréntesis, mientras estén dispuestas a salir del circuito de la incredulidad voluntaria harán la contribución más íntima que un creyente puede hacer a la supervivencia de las construcciones sospechosas. Es la manera como un todo perverso se apropia de las partes sin corromperlas totalmente.

  Para librarse de los escaparates y recuperar nuestro propio grado de humanidad hay que salir de la no-ética del bote salvavidas. Por más que la imaginería burguesa se empeñe en convertir el supervivencialismo en el primer escaño hacia el eco-fascismo. Para un buen ciudadano es clave disfrutar de la vida, a contentarse con poco, conservar su buen humor, cargarse lo menos posible (de obligaciones materiales y relacionales), envenenarse tan poco como pueda, en una palabra, vivir como un vividor y reducir su trabajo al mínimo necesario para su supervivencia, poder burlarse de todo y prestar ayuda a cualquiera. Cuando se trabaja duro para sobrevivir uno no puede, encima, ser un buen ciudadano.

  ¿Que hace falta mucha imaginación para eso? ¡Pero que presunción decretar que lo que es necesario para mi supervivencia debe realmente existir! El hombre, como cualquier otro organismo instrumenta su realidad para sobrevivir. Y no cabe decir que si la supervivencia se instrumenta mejor con una realidad ficticia, el organismo acomoda su existencia a ese sucedáneo de realidad mejor que a la realidad propiamente dicha. La realidad, valga el juego de palabras, es que la conclusión biológica a la dinámica de las adaptaciones orgánicas determina que considerar una realidad propiamente dicha no tiene sentido.

  Ciertos constructos en lugar de ser instrumentos de supervivencia se convierten en formas de suicidio, son como el Dios de Noé, la voluntad de Alá o del “pople català”, permiten preferir lo que da sentido a la vida a la vida misma. Como aquel personaje satirizado por Juvenal que consideraba el mayor crimen preferir la supervivencia al decoro y, por salvar la vida, perder aquello que le da sentido.

 ¿Tenemos la obligación de ayudar a nuestros semejantes en su lucha por la supervivencia?¿Cómo se relaciona esta obligación con las que tenemos con nuestra propia comunidad?

  ¿Como pueden articularse institucionalmente esas obligaciones? ¿Cual es la naturaleza de la ciudadanía global, local o personal? Y puestos a seguir preguntando, eso de la ciudadanía personal: el hombre frente a Dios o a lo que dé sentido a su vida, ¿cuenta?… ¿cuánto?

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