Una pared a un palmo.

Cuando uno espera a Godot el problema no es qué es Godot, sino que esperas. ¿Qué esperan enfermos, presos y parados? La reinserción. Volver a ser de esta sociedad. ¿Qué era el lumpenproletariat? La gente que estaba en pero no era de una sociedad determinada. Los estudiantes suficientemente pre-parados tienen pendiente la entrada en esta sociedad, los viejos y trabajadores el que nos echen de una vez. 

   El ir de una cola a otra de los parados empieza a parecerse a los paseos en el patio del preso, con su gastada simetría de la ida y vuelta incesante: son modelos de la mala circulación, del mal tránsito, que es justamente aquel en el que no hay preeminencia alguna en la ida. Lo que no conduce a ninguna parte no puede reconocerse como camino, ni de ida, ni de vuelta. Cuando no hay camino, ni método para andarlo, ni se persigue nada, nada se alcanza y no se esclarece nada. El horizonte no se despliega, los puntos lejanos no se hacen atractivos.

  A la depresión pertenece la evidencia incorregible de que nada propio merece la pena decirse: ninguna de sus experiencias merecerían convertirse en tema; jamás interesarían para nada a comunidades de hablantes. El sentimiento del mundo de la pantera de Rilke, que da vueltas en su jaula sin olfatear mundo alguno tras los barrotes, se corresponde con el diseño del mundo del depresivo, que no alcanza siquiera a lo más próximo. Un amigo deprimido que ya no está entre nosotros me decía que girara la vista hacia donde la girara sólo veía una pared a un palmo.

   ¿Qué es lo propio que merece la pena decirse? Que de la cola del paro, de mi celda, de repetir el examen o la entrevista de trabajo, de la p. habitación del hospital, de la p. aguja que tengo metida en la vena, de mi p. tristeza… quiero desinsertame. “En esta estrecha prisión/ sin poderme conformar,/ no cesaba de exclamar:/ ¡qué diera yo por tener/ un caballo que montar/ y una pampa que correr!” 

   Quizás acabará llegando un gran día en el que un pueblo distinguido por hacer bien su trabajo y por haber alcanzado la mejor productividad, un pueblo acostumbrado a los más duros sacrificios por esa causa, exclamará con libre voluntad ¿Por qué no dejamos de trabajar?, y dejará que se derrumbe todo su edificio laboral hasta sus cimientos más profundos. Para ver si eso del verdadero trabajo que hay que hacer recupera su sentido o si las dos libertades laborales (trabajar si tienes ganas y si no, no) pueden estar estar al alcance de muchos más.

  Para eso, para recuperar mi fuerza como persona necesito profundizar mis raíces en la comunidad. Recuperar algo de aquellos restos de antiquísima humanidad iguales en todos los hombres, aquel patrimonio común legado con anterioridad a toda diferenciación y desarrollo ulteriores que nos fue dado como la luz del sol o el aire. Esa herencia, ese patrimonio hereditario es el amor al bien común, a la madre de los hombres, a la psique que existía antes de que tuviéramos problemas con salir o no del paro, la celda o la tristeza, es la solidaridad, la fuerza secreta e irresistible que el sentimiento de comunidad con todos suele inspirar.

  Es posible que así alcanzáramos oler lo que hay fuera de la jaula, a replantear las preguntas claves, especialmente como pobres presos, parados, pre-parados, enfermos o locos que somos: ¿quiénes creemos ser, cuáles son nuestras lealtades, qué comunidad es la nuestra, ante quiénes somos responsables, qué hay que hacer, quiénes tienen que hacerlo?

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