Una ministra de lágrima fácil

Creíamos que los tecnócratas eran seres fríos e insensibles, robotizados bajo las leyes del déficit cero y el equilibrio presupuestario, pero resulta que ahora vienen evolucionadísimos de fábrica. Nada mejor para hacer creíble la dureza de los recortes en Italia que contemplar a la ministra de Trabajo, Elsa Fornero, llorando a moco tendido al dar a conocer su proyecto para ahorrar 30.000 millones de euros, en el que se incluye la congelación de las pensiones y el retraso en la edad de jubilación. No está claro que los mercados vean la tele, pero si presenciaron la llantina de la ministra debieron sentir un nudo en la garganta y hasta que se les partía el alma por momentos. Si no se apiadan de los italianos y relajan la prima de riesgo de su deuda es que no tienen corazón, o lo tienen en la caja de seguridad de un banco suizo.

No es por comparar, pero aquí con las reformas ha faltado dramatismo. No es lo mismo escuchar a Zapatero repetir la cantinela de las medidas duras y difíciles que haberle visto mesarse los cabellos o hacerse jirones la camisa al anunciar el recorte del sueldo de los funcionarios. Será que no les va el melodrama, pero a lo más que han llegado nuestros encargados de dar a conocer mensualmente el aumento del paro es a poner cara seria y circunspecta. Y así no hay quien se conmueva.

El ejemplo italiano abre un camino distinto porque, además de enternecer a los especuladores, establece una corriente de simpatía con los destinatarios de los sacrificios, que tienden a pensar que los ricos y los políticos sólo lloran cuando pican cebolla. ¿Qué le hubiera costado a Dolores de Cospedal afligirse al dar cuenta del tijeretazo a los sueldos de los empleados públicos o detallar sus planes de austeridad junto a una pequeña montaña de kleenex usados?

Debería Rajoy tener esto muy en cuenta a la hora de elegir a su ministro de Economía. No está de más que haya trabajado en Goldman Sachs, pero lo imprescindible es que esté familiarizado con Sófocles o haya sido actor de telenovelas. Queremos verle llorar. Hasta los cocodrilos lo hacen cuando se zampan a sus víctimas.

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