Una fase terminal indigna e indignante

  No facilitar la eutanasia a quien pide auxilio para ella o simple­mente una sustancia letal que le per­mita ac­ceder a la muerte dulce —pues no otra cosa es la eu­tana­sia—, es sencillamente una in­sensatez y también una injusticia. Y desde luego ésta lo es, porque está claro que “la solución” queda reservada «sólo» a los chama­nes del sistema. Pues somos cada vez más los que tenemos la evi­dencia unas veces y otras la convicción moral, de que son ellos los que recurren ordina­riamente a ella para sí mismos y para quienes quie­ren, mientras altísi­mos porcentajes de la po­blación corriente agoniza con Aspirina o Nolotil…


  Pero lo que puede terminar siendo una indignidad repul­siva es aferrarse a la vida y a una dignidad, artificiosa como todas, como es la del Papado. Esté en él mismo, en el pro­pio Papa, la causa de esa resis­tencia a claudicar o sea con­secuencia de una cons­tric­ción de su entorno, el espectáculo que está ofreciendo el largo y patético tránsito de un Papa a otro, de un jefe de Estado a otro,  resulta tan deni­gratorio para el propio pontífice como para todos los que le acunan. Si hubiera alguien que debiera abandonarse a la voluntad de ese Dios que tiene a toda hora en la boca sin pre­tender corregir para nada su designio, ése debiera ser el Papa; se­gún ellos, su representante en la Tierra. 

  Además, cuando centenares de miles de mujeres, de an­cianos y de niños están siendo matados violentamente, ful­minados, arrasa­dos, torturados… por las tropas de un país enviadas a otro a eso y a robar, ver cómo un sólo ser humano (que conoce muy bien todo lo que ocurre) ofrece tanta resistencia (o le hacen re­sistir) a abandonar la vida y su protagonismo personal escudado en lo ins­titucional, es no sólo una indignidad compartida por to­dos los que lo auspi­cian, lo consienten o se empeñan en expli­carlo in­fruc­tuo­samente: es, sencillamente, una aberración. 

  ¿Qué mensaje nos quieren transmitir a través de esas imágenes más que dramáticas ya trágicas, que el mundo se guarda gene­ral­mente de exhibir cuando se encuentra en trances similares por in­necesario, cruel y hasta obs­ceno? ¿Que es un su­perman que aguanta todo lo que le eche la Naturaleza pero también todo el instru­mental mé­dico? En estos tiempos, raro es lo que no «huele a podrido en Dina­marca»… Y en tantas pruebas mediáticas como te­nemos a todas horas, todo esto está mucho más cerca de la impu­di­cia de un reality show, tan en boga hoy día, que de las miras ca­tárticas que los purpurados insinúan al orbe ca­tólico y al no cató­lico.

  Aferrarse a la vida por los métodos artificiales de la Medi­cina (de efí­mera eficacia en el cómputo total de una vida ya de por sí larga y sobre todo comparada con la eternidad en la que ese ser humano pontifical cree a pie juntillas) sin acep­tar, naturalmente, o aceptándolo a regañadientes, el fin de su vida según los de­signios de ese Dios en el que confía y a cuya volun­tad se le carga con todo lo peor de que es capaz la humanidad más per­versa, hace del Papa, de su séquito, de la Curia y de su vidriosa y enrevesada reli­gión uno de los fenómenos sociales más de­testables a los que po­demos actualmente asistir en pri­mera fila. 

  Digo que es el más repulsivo, después de esas guerras de in­va­sión nauseabun­das como las que nos viene obse­quiando el otro Papa, el ci­vil anglosajón, que ni él ni su in­fernal política neo­liberal, neoconservadora —o como quie­ran llamarla— pero des­piada, in­humana y depredadora, no están dejando en el planeta títere con cabeza.

  La religión católica, por mucho que también se resistan a recono­cerlo sus administradores, está tocando fondo y ellos mismos es­tán precipitando su fin. Y que le está llegando su fin, lo leemos justo a tra­vés de los renglones torcidos con los que su Dios es­cribe recta la Historia, el pre­sente y el futuro de la especie humana…

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