Una estrategia intencional

 

¿Qué hay que hacer cuando no se puede hacer nada? Tartakower el ajedrecista, diferenciaba la táctica, lo que hay que hacer cuando se puede hacer algo, de la estrategia, lo que hay que hacer cuando no se puede hacer nada. No conviene declarar a los acontecimientos como incontrolables e impredecibles porque eso nos arroja en la indefensión, en negar la necesidad de estrategia.

  Para evitarlo atribuimos intenciones, a un partido, a un pueblo. Atribuir creencias ayuda a entender, atribuir objetivos a hacer predicciones. Un termostato actúa como si tuviera tres creencias: “Hace demasiado frío”, “Hace demasiado calor”, “La temperatura es la adecuada”. Y también un objetivo: “La temperatura debe ser la adecuada”.

  Una estrategia intencional (este atril cree que me está haciendo un servicio y desea seguir donde está) nos proporciona una mayor capacidad de predicción sobre su comportamiento de la que ya teníamos con la actitud de diseño. No sólo en personas, animales o máquinas sino incluso cuando tratamos con instituciones o “pueblos” puede obtenerse por la estrategia intencional un poder predictivo que no podemos obtener por ningún otro método.

  No es que atribuyamos (o debamos atribuir) creencias y deseos sólo a aquellas cosas en las que encontramos representaciones internas, sino más bien que, cuando descubrimos algún objeto para el que funciona la estrategia intencional, nos esforzamos en interpretar algunos de sus estados o procesos internos como representaciones internas. Lo que hace que algún rasgo interno de una cosa sea una representación solamente puede ser su papel en la regulación del comportamiento de un sistema intencional.

   Sin trucos como esos nos volvemos incapaces de aprender nuevas conductas, fracasando incluso ante situaciones conocidas. Apareciendo déficits motivacionales, no iniciamos respuestas; o cognitivos, y no aprendemos trucos nuevos; incluso emocionales, y entramos en ciclos de ansiedad-depresión. No sólo la ansiedad, utopía negra, nos suministra  precisiones sobre nuestro futuro, deprimirse ayuda también.

  Decía Federico que lo que importa es la elegancia del gesto, del pensamiento. El escepticismo es la elegancia de la ansiedad. Somos escépticos acerca de la bondad de los cambios porque no se producen y no podemos hacer nada. Los estímulos motores sobre terminales sensitivos conducen a la ansiedad. Nos volvemos escépticos para mantener el tipo. 

    Hay libertad positiva (poder hacer lo que yo quiero ) y negativa (que otros no me impidan hacer lo que quiero). Esta segunda idea de independencia moral funcionó hasta que algunos filósofos comenzaron a preguntarse, quizá de manera inocente: ¿Pero no pudiera ser que yo fuera esclavo de la naturaleza? Y, más adelante, ¿no pudiera ser yo esclavo de mis  desenfrenadas pasiones? Poco a poco quien de verdad empezaba a interferir en mi libertad no eran los demás sino ¡yo mismo! Se trata de un proceso que terminará en los totalitarismos del siglo XX: otros hombres (los sabios, la minoría consciente, el partido)  eran los que iban a librarme de mis propios (equivocados) deseos.

Hay que aplicar la estategia a acertar planteando los mejores problemas, que son, en un sentido muy terminante, los que menos violencia encierran, aquellos que reducen el sufrimiento, el sufrimiento es innecesario siempre. 

   Y más cuando se repite, oponerse a la repetición y a la muerte exigiría tener el valor de decir que son ineficaces las soluciones clásicas que ofrecen la economía y la política y en especial admitir que el materialismo en la actualidad se ha convertido en una estrategia, entre otras, de la lúgubre instauración de la repetición. Implica conseguir los medios para construir una economía política totalmente distinta a la de la repetición, en la que las dificultades serían aceptadas como lo que son: una invitaciones a ser plenamente uno mismo durante la vida. Pero desde luego sin pasarse, que eres autocontagioso, no lo olvides. No dejes que prevalezca tu tú.

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