Una conferencia sobre el sentido común y las crisis históricas (y IV)

En el tercer y último apartado de la conferencia que impartió en 1954 con el título ”Hay una buena oportunidad para el sentido común” en el Instituto de Estudios Hispánicos de Barcelona [1], Sacristán, aún en su etapa pre-marxista, transitando aceleradamente hacia el marxismo politico revolucionario que cultivaría y practicaría hasta el final de sus días, se centró en la crisis y nuestra consciencia de ella.

&nbsp “[…] tenemos ya conciencia de las radiaciones cósmicas sin que todavía nos sirvan para gran cosa. Acaso en nuestro asunto -el proceso de la historia- el caso sea el mismo y nuestra toma de conciencia de lo que es una crisis histórica no nos ayude en nada a dominar el proceso histórico mismo. Pero aunque así fuera, esta crisis sería la menos desagradable de la historia, porque, por lo menos, no nos cogería de sorpresa ni nos convertiría en pelotas inconscientes rodando por los años críticos. Botaríamos, ciertamente, aquí y allá tal vez contra nuestro deseo; pero a cada golpe iríamos diciendo: ya lo sabía yo. Para nosotros la crisis sería algo relativo, no un quiliasmo irrepetible. Y relativizar nuestras aventuras y desventuras no es poco consuelo para el hombre consciente que odie, como es debido, los falsos absolutos de aquí abajo”.

&nbsp Eso, matizaba, en el peor de los casos. Tal vez la toma de conciencia de lo que fuera crisis pudiese valernos para algo más.

“[…] El sentido común [2] desde luego, no se quedaría cruzado de brazos, sino que, según creo, utilizaría su enriquecida conciencia para razonar poco más o menos de este modo:
&nbsp Veamos, dirá el sentido común: historiadores y filósofos me demuestran que este lamentable asunto de la crisis es cuarta, quinta o sexta repetición de la tal categoría histórica; y aun esto, sólo por lo que respecta a nuestra tradición. Y ¿qué ha pasado sustancialmente en todas esas crisis? Pues ha ocurrido que una determinada parte del acervo con que los hombres llegaron a la encrucijada crítica se perdió mientras, por otro lado aquel acervo se enriquecía con temas aportados por las circunstancias resolutorias de cada crisis”.

Pinilla de las Heras advierte en su magnífico estudio contra la identificación de la expresión sentido común con una determinada escuela filosófica a la que Sacristán ciertamente no alude en su reflexión. Señala el sociólogo soriano, y amigo de juventud de Sacristán, que éste no apunta de modo directo a la filosofía de Moore y Wittgenstein:

“[…] No recuerdo haber visto en su biblioteca (por lo menos hasta el verano de 1954) obra alguna de G. E. Moore, ni recuerdo que el nombre de Moore surgiese nunca en nuestras conversaciones… En otros términos no me costa que Sacristán hubiese leído por entonces el ensayo de Moore A defence of Common Sense; pero tenía indudablemente conocimiento de él a través de otros autores” [2].

Otra alternativa, prosigue Pinilla, la identificación de esta categoría filosófica con la escuela filosófica escocesa de Reid, de amplia aceptación en la Catalunya de aquellos años a través de los hermanos Carreras Artau [3], no era en su opinión una hipótesis válida:

“[…] el sentido común de que habla Sacristán en 1954 no es una propiedad cuasi innata, objeto de una teoría epistemológica, sino una función pragmática del conocimiento reflexivo, social”.

De entre todos esos tesoros había uno que era imposible de sobrevalorar, proseguía Sacristán en su conferencia: la conciencia de continuidad [4] que la humanidad debía tener para que su historia no se convirtiera en un historia de locos.

¿Qué debía entenderse por conciencia de continuidad? Lo siguiente:

“[…] Por conciencia de continuidad debemos entender aquel estado de ánimo que nos permite injertar todo nuevo brote del espíritu humano en el viejo y robusto tronco de las más antiguas verdades y virtudes. Cuando se pierde la conciencia de continuidad, el hombre intenta tirar a la calle de la nada, con prodigalidad metafísica, los tesoros que otros hombres acumularon para sí y para todos.&nbsp No es exageración llamar metafísica a esa prodigalidad: la tradición alimenta el ser del hombre, ya que el hombre -repitámoslo una vez más- interviene mucho en su propio ser, y una de las maneras que tiene de hacerlo consiste precisamente en utilizar la tradición como primer alimento de su espíritu cuyo desarrollo empieza gracias a la asimilación de esas viejas substancias quintaesenciadas por el tiempo”.
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Karl Jaspers, del que reseñaría para Laye Einführung in die Philosophie, y al que dedicaría páginas de interés en su artículo sobre “La filosofía desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial hasta 1958” y, diez años más tarde, en “Corrientes principales del pensamiento filosófico”, tenía en cuenta lo apuntado cuando colocaba entre los derechos del hombre el que él mismo denominaba “derecho a la continuidad”: el derecho que el hombre tenía a que nadie intentara separarle violentamente “de sus raíces, de su pasado, en lo que éste tiene de sustancial”.

El sentido común, señalaba Sacristán, asentiría sin duda a esa exigencia, y desearía fervientemente que si de verdad estuviéamos en crisis no se violara ese derecho a la continuidad.

“[…] Expresado este deseo, el sentido común continuará su apacible discurso, alegrándose al notar que en las crisis de nuestra cultura se ha respetado discretamente tal derecho a la continuidad. Clemente de Alejandría cambió su propio mundo al convertirse, pero no destrozó estúpidamente lo que necesitaba de lo antiguo para seguir sintiéndose el mismo Clemente; conservó todo aquello -poco o mucho- que le pareció suficiente y digno de conservación, según su leal saber y entender”.

Su leal saber y entender pudo ser menos inteligente que leal. Otras personas más brillantes le habían seguido en su tarea. San Agustín Beda el Venerable, San Isidoro [5] eran citados por Sacristán:

“[…] Entre todos ellos evitaron la catástrofe y dejaron la cosa en mera crisis europea: mutación sin pérdida de la continuidad. Galileo [6] y Newton supieron hacer lo mismo en el Renacimiento, y luego ya, en la gran crisis del siglo XVIII, ni siquiera fue necesario que grandes personajes se ocuparan en esa tarea: la continuidad se afirmó por sí misma”.
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Respecto a este primer punto, el sentido común quedaría bastante tranquilizado. Sin embargo, esa tranquilidad era demasiado abstracta, porque “no me importa mucho que la continuidad se mantenga si sólo se mantiene gracias a la casual supervivencia de algunos”.

No era deseable, señalaba el joven Sacristán, que el mundo transitara por una situación así
“[…] que necesite, para conservar lo que tiene de bueno, la considerable labor de Isidoros y Agustines. Además que no siempre vamos a tener la suerte de que los turcos entren en Constantinopla y los sabios bizantinos tengan que huir hacia Occidente. Aunque el sentido común ha obtenido algún consuelo relativizando el significado de la crisis, no se puede decir, con todo, que esté ya satisfecho”.

Por eso, apuntaba, el sentido común, la misma filosfía, seguía reflexionando.

Qué era lo que en aquellos días, preguntaba Sacristan, podía hacer que volviéramos a necesitar Isidoros, Agustines o Bedas Venerables Lo mismo, la misma situación, que en otras épocas:

“[…] la irreductible oposición de bandos que crean en su absoluta bondad y en la absoluta maldad de los demás, y están por tanto dispuestos a destruir todo lo que sus enemigos representan; la existencia de hombres que opinen que el mundo existente es en bloque perverso, y la existencia de hombres que crean que los nuevos aires que corren son también en su totalidad catastróficos. En otros términos: lo que encona la presunta crisis de nuestro tiempo es que haya hombres convencidos de poder hacer una transformación tal en el mundo que coloque a éste en una nueva situación perfecta en la que no quepa necesidad de ulteriores cambios, y, por otra parte, la existencia de hombres convencidos de que tal proyecto significa el total hundimiento de toda cosa buena.

En torno a las posiciones antropológicas de Sacristán de este etapa, Pinilla de las Heras traza el siguiente apunte en su ensayo:

&nbsp “(…) A su vez todas estas cuestiones enlazan de modo muy central con la imagen del hombre que Sacristán plantea, y que es típicamente premarxista. Sacristán se hallaba en un período de transición desde el personalismo no católico (con algunas dimensiones liberales en lo político) al marxismo. El hombre no es definible por un conjunto de atributos, como lo son los objetos de las ciencias empíricas” [7].

El hombre era definable, más bien, por su capacidad de autocreación, es decir, por su libertad
Lo señalado había pasado siempre y se había visto, proseguía con ironía Sacristán, que la opinión de los unos era tan errónea como la de los otros, y eso tanto en cuestiones esenciales como en asuntos de detalle.

“[…] Siempre ha resultado falso que los cristianos adoraran a una cabeza de asno, como querían sus detractores, y falso también que el filósofo griego Heráclito estuviera sencillamente previendo su eterna condenación cuando hablaba del fuego, interpretación peregrina que placía sobremanera al pío autor del Discurso a Diogneto. Todo eso era falso: los primitivos cristianos estaban muy lejos de la ridícula superstición que se les atribuyó y el honrado pensador de Éfeso no tenía, que sepamos, ninguna relación personal con Satanás”.

El sentido común se preguntaba entonces: ¿por qué no intentar convencer a los contemporáneos de que el bien y el mal absolutos no eran cosas de hombres ni, por ello, realizables en la historia?

“[…] ¿Por qué no intentar convencerles de que la coyuntura única y catastrófica que ellos creen vivir no es ni única ni catastrófica? ¿Por qué no intentar convencerles de que no está en su mano ni su absoluta redención ni su condenación absoluta? ¿Por qué no intentar convencerles de que lo más que pueden conseguir es realizar los cambios técnicos que sean necesarios, sin perder el gran tesoro de la continuidad?”

&nbsp Al decir eso, señalaba Sacristán, el sentido común, por muy común que fuera, se daría cuenta de que había dicho algo de extraordinaria importancia: lo verdaderamente nuevo, único hasta ahora en la historia, remarcaba Sacristán, era lo que acababa de decir.

“[…] Ha estado hablando del proceso histórico como si él estuviera fuera de la historia. Esto es positivamente nuevo: el poseer las categorías históricas elaboradas por los historiadores de las grandes escuelas históricas del siglo pasado, permite al hombre por primera vez situar su conciencia (y con ella su libertad) fuera del flujo histórico en que, por otra parte, está sumergida”.

&nbsp Aquí se abría para el sentido común, para la reflexión filosófica, una excelente oportunidad: no se trataba de llevar al hombre a dominar el proceso histórico de la sociedad, pero sí a evitar que los movimientos de ese proceso le cogieran desprevenidos, “sin haber tomado medida alguna para encauzarlos en mayor provecho de los hombres”.

El sentido común, que Sacristán identificaba ahora abiertamente con la Filosofía, podía decir a quienes dirigían los destinos de las sociedades humanas:

“[…] no os empeñéis en crecer que jugáis una baza última o única en nuestra historia; bazas como ésta se han jugado muchas, y todo hace prever que hayan de jugarse muchas más. Diríase que la humanidad no tiene pies ni manos, sino pseudópodos, como ciertos animalillos. Y no pasa nada grave mientras se respeta el núcleo consciente que asegura la continuidad”.

Si el sentido común consiguiera convencer a sus contemporáneos de que la gran novedad de su (hipotética) crisis consistía en que ahora se sabía, se tenía consciencia por vez primera, que venía precedida de tantas otras, que ya no era posible tomársela completamente en serio, y que en cambio, era factible tratarla en frío, técnicamente:

“[…] sin hacer caso a los profetas del paraíso futuro ni a los del paraíso pasado; si el sentido común consiguiera imponer su correcta filosofía de la historia a los hombres auténticamente retrógrados que todavía no entienden que no hay sistema ideológico humano que gane en radicalidad al propio desarrollo histórico de la humanidad; si el sentido común convenciera íntimamente a los hombres de que las organizaciones sociales caen, igual que los sistemas ideológicos y científicos, mientras que el hombre permanece, que, por consiguiente, sólo éste, el hombre y su continuidad, merecen los sacrificios que ellos está dispuestos a realizar por determinadas organizaciones sociales y determinadas ideologías, entonces el sentido común habría aprovechado la excelente oportunidad que tiene abierta ante él: la oportunidad que consiste en poder dominar por vez primera, aunque sólo sea en la conciencia, la marcha histórica de la humanidad”.

Sobre la consideración de la política como técnica señalada por Sacristán, Pinilla de las Heras argumenta en su estudio en el siguiente sentido: el régimen hispánico si bien había abandonado a mediados de los cincuenta una característica típica del fascismo y del nazismo, la permanente movilización de las clases medias, no era por ello, en aquellos años, un régimen que incorporara el ideal de política como técnica. No tenía aún técnicos colaboracionistas. Los Ullastres, Sardà, Estapé, Gual Villalbí, vinieron años después. Añade Pinilla de las Heras:

“[…] Este es el trasfondo histórico que ha de ser tenido in mente al leer la conferencia de Manuel Sacristán: hay en ella una enérgica apelación contra los mesianismos y las cruzadas, y hay el convencimiento de que la posesión de un lenguaje conceptual adecuado incrementa la seguridad del individuo, le ayuda a percibir con cierto distanciamiento el proceso que de otro modo le sumerge y le trasciende.

&nbsp Ahora bien: cualquier lector avisado convendrá en que el tema de la política como técnica no solamente no ha visto disminuir su pertinencia a lo largo de estos decenios, sino que la ha acrecentado. Cuanto más fósiles y menos movilizadoras las ideologías, y cuanto más complejos, difíciles, e internacionales, los problemas, mayor espacio ocupan los expertos en tomo a los dirigentes políticos propiamente dichos…” [8].

&nbsp Así, pues, con estas consideraciones sobre la consciencia de la marcha histórica de la humanidad, finalizaba el Sacristán pre-marxista su reflexión sobre las crisis históricas y la autoconsciencia de ellas.

Poco después vendrían sus estudios de lógica en Alemania, en el Instituto de Lógica Matemática y Fundamentos de la Ciencia de Münster, y su vinculación militante al Partido Comunista de España y al PSUC.

Notas:
(1) Esteban Pinilla de las Heras, En menos de la libertad. Dimensiones políticas del grupo Laye en Barcelona y en España, Barcelona, Anthropos, 1989, pp. 261-274.

(2) Ibidem, p.124. Sobre los materiales de estudio del Sacristán joven puede consultarse la documentada comunicación de Albert Domingo Curto: “La biblioteca juvenil de Manuel Sacristán”, en AA.VV. (eds), 30 años después, Barcelona, EUB 1999.(3) Joaquim Carreras Artau fue el director de la tesis doctoral de Sacristán sobre Las ideas gnoseológicas de Heidegger, amén de una persona de enorme importancia en la inicial carrera universitaria de Sacristán. No es improbable que Carreras Artau le defendiera del ataque nada amistoso del arzobispado barcelonés y que le sugiriera y facilitara su ubicación como profesor de “Fundamentos de Filosofía” en la Facultad de Económicas de la UB.(4) Pinilla de las Heras argumenta que la continuidad a la que alude aquí Sacristán no es el contexto social y cultural fijado e inmovilizado, sino “la continuidad a la que tenemos derecho es la tradición cultural mediante la cual los individuos se elevan a&nbsp niveles de conocimiento cada vez más complejos y poderosos; se trata de una tradición creadora, no meramente conservadora” (E. Pinilla de las Heras, En menos de la libertad, op. cit., p.125).&nbsp
&nbsp No es innecesario recordar aquí que, años después, Sacristán insistiría en caracterizar al marxismo como tradición, no como estricto cuerpo de conocimientos o como explícita formulación de aspiraciones, y que era evidente para él que cualquier miembro de esta tradición (o de cualquier otra) debía ser, al mismo tiempo, un innovador de la misma. No hay cultivo de interés sin trabajo creativo propio.(5) En el Diccionario de Filosofía de Dagobert Runes (p. 202), añadía Sacristán: “Autor de una obra enciclopédica Originum sive etimologicarum libri viginti&nbsp (Las Etimologías) uno de los principales vehículos de conservación de cultura antigua en los primeros siglos de la Edad Media.(6) Para el calendario Temps de gent 1985, Sacristán, junto con Mª Ángeles Lizón, escribió la siguiente entrada sobre Galileo: “Matemático, astrónomo y físico italiano, revolucionó la concepción del mundo de su tiempo adhiriéndose a la tesis de que la tierra gira alrededor del sol. Su trabajo pionero en gravitación y movimiento le costó la vigilancia ininterrumpida del tribunal de la Inquisición en Roma. En 1633, a los 70 años de edad y después de haber estado sometido a veinte días de interrogatorios y acusaciones, Galileo abjuró. Cuenta la tradición que, al levantarse, golpeó con furia el suelo y exclamó “Eppur si muove” (y sin embargo se mueve). Su contribución al pensamiento moderno recoge, además, su intento inicial de combinar el cálculo matemático y la experimentación. Por eso se le considera no sólo padre de la mecánica moderna, sino también de la física experimental”.(7) E. Pinilla de las Heras, En menos de libertad, op cit, p.125. Sobre las posiciones filosóficas del Sacristán joven, puede verse, entre otras magníficas aproximaciones, Juan Carlos García Borrón, “La posición filosófica de M. Sacristán en sus años de formación”, mientras tanto 1987; 30-31:41-56. (8) E. Pinilla de las Heras, En menos de libertad, op cit, Ibidem, p.128.Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes&nbsp

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