Una chica de Manhattan

Publicidad

Por José Luis Merino

Estaba sentada en un banco del paseo de la Ría bilbaína. El hombre la vio al pasar. Parecía escribir algo en un bloc. Volvió sobre sus pasos y le preguntó si escribía poesía. No. Se trataba de impresiones de su presencia en Bilbao, contestó. Pidió permiso para compartir el asiento. Ya concedido, conversaron como conversan entre bastidores una pareja de cómicos desconocidos. Dijo ser norteamericana, de Nueva York. Él era bilbaíno. Al verla hablar con soltura en español, el hombre mencionó a dos mujeres poetas y dos narradores estadounidenses como sus favoritos. Ella dio un salto entusiástico hasta Ana Karenina, y las dos obras mayores de Dostoievski. Se presentaron. Esther era su nombre. Él se llamaba Nadie. La mujer abrió los ojos con asombro y deslizó entre dientes la palabra increíble. Después de entretejer ideas sobre las religiones y otras causas perdidas, se confesó judía. No tenía buena opinión de España respecto a los judíos. Ejercía como profesora de niños de primaria. El hombre le felicitó por ello. Se lo agradeció, aunque en su país primaba el valor del dinero sobre todo lo demás, puntualizó.

En su mirada la vio joven, con unas gafas de cristales verdes y montura dorada. Poseía un no sé qué gracioso, como las cerezas de mar. De rostro aniñado y sonrisa fácil. La chica tenía delante un hombre cargado en años, flaco como un espárrago, de abundante cabellera, pintada de blanco.

Siguieron hablando, empeñados en distinguir diferencias abisales entre las flores y las piedras. Coincidían a menudo en sus apreciaciones, al punto de chocarse las manos como los jugadores de baloncesto. En una de esas, el hombre depositó en la mano de ella un dulce beso de bebito. Sorprendida, se le desovilló la risa, en un ataque convulsivo. Le decía, es increíble, en tanto se le soltaban las lágrimas. “Los ojos nos los han puesto en la cara para mirar y llorar”, sentenció el espárrago. Acto seguido, gamberreó, haciendo como que lloraba a la manera de un perrito pekinés.

Tras la sesión lloriqueante, la americana le preguntó si conocía algún lugar donde sirvieran el menú del día. No lo sabía. A continuación, le indicó si podía sacarle una foto, como recuerdo. El móvil de la joven hizo todo lo demás. Ella se hallaba alojada en un Hostal del Casco Viejo. El día anterior había viajado a San Sebastián. Ahora visitaría Vitoria.

Se levantaron. Se ofreció para acompañarle a la estación de autobuses. Ella lo agradeció con una leve inclinación de cabeza. Durante el camino, él le habló de su último libro, editado treinta días antes. Se titulaba, Ladrones de fuego. Sin dejar de abrir los ojos y emitir un nuevo es increíble, apuntó el título en su bloc de recuerdos. El hombre delgado le informó del contenido del libro. Se dieron dos besos de despedida en las mejillas, bajo el ala del sombrero panamá de la chica de Manhattan.

Al día siguiente, le llamaron de una librería del Casco Viejo. Uno de los empleados, a quien conocía, le indicó que una joven adquirió un ejemplar de Ladrones de fuego. Dada su condición de turista extranjera, así lo parecía, el empleado le preguntó qué le había llevado a comprar aquel libro. Dijo haber conocido a su autor. Era un hombre increíble, dijo a modo de despedida.

También podría gustarte

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More