Una aproximación a la regulación laboral china

Según los más optimistas voceros del capitalismo occidental, China, la nueva potencia emergente, constituirá el motor económico esencial que sacará al mundo de la crisis sistémica en que se encuentra. Es una idea recurrente que ha sido, sin embargo, sometida a crítica por autores de la talla intelectual de, por ejemplo, Walden Bello.

No entraremos aquí en ese debate. Con este texto no pretendemos más que hacer una pequeña introducción a la estructura legal del mercado laboral chino.

La nueva Ley de Contrato de Trabajo de la República Popular China entró en vigor el 1 de enero de 2008. Dicha ley se aplica a los contratos de trabajo, permitiendo también el establecimiento de regulaciones mediante la negociación entre empresario y empleados (art. 4), así como la existencia de convenios colectivos, cuya extensión potencial se ve extendida (art. 51 ff).

Pero empecemos por el principio: China comenzó su programa de reformas económicas para abrir su economía al mundo exterior en 1978. Su participación en una gran cantidad de cadenas de valor (moda, juguetes, equipamiento, etc.) le ha convertido, desde entonces, en el destino perfecto para subcontratar actividades manufactureras por parte de las empresas del Centro del sistema. Esta reforma acelerada de la sociedad china conllevó necesariamente la conformación de un mercado laboral en el país.

Bajo el paradigma socialista de la economía china previa, los puestos de trabajo en el sector público no podían perderse fácilmente. Una vez que alguien obtenía un empleo, lo tenía de por vida. Esta era la base del acuerdo social general. Sin embargo, la mayoría rural estaba excluida de este régimen, representando cerca del 70 % de la población china. Las sucesivas reformas introducidas en el campo, con el tiempo, convirtieron a gran parte de esta población en inmigrantes “ilegales” en las ciudades, tratados como ciudadanos de segunda clase en su propio país.

Durante el primer período de las reformas económicas, este sistema laboral empezó a ser visto como “demasiado rígido” y la construcción de un mercado laboral chino se centró en la separación entre las agencias estatales y las empresas mercantiles y la separación de estas últimas de sus responsabilidades sociales.

En este contexto, los contratos de trabajo fueron introducidos oficialmente en 1986. Se definieron tres tipos de contratos: el contrato a término fijo (temporal), el contrato sin término fijo (indefinido) y el contrato a proyecto (el equivalente al hispánico “por obra y servicio”). La introducción de estos contratos significó el comienzo del fin del trabajo para toda la vida en empresas estatales y colectivas. Para finales de 1997, el 97,5 % de los trabajadores urbanos lo eran bajo contrato.

La Ley Laboral de 1994 esencialmente significó la determinación del contrato a término fijo como la nueva norma general, el contrato típico del mercado laboral chino. El contrato indefinido, así, se convierte en algo minoritario y atípico. El tipo de trabajo “standard” en el contexto chino lo constituye, claramente, lo que denominamos en Occidente como “trabajo precario”: beneficios sociales limitados, inseguridad en el empleo, bajos salarios y alto riesgo para la salud del trabajador.

Este trabajo astronómicamente flexible ha sido la base sobre la que se ha levantado el edificio industrial chino, y su posición actual en la cadena productiva capitalista mundial.

Este proceso se ve continuado con la Ley Laboral de 2008, cuyos rasgos principales procedemos a indicar brevemente:

-Contrato a término fijo. Como hemos dicho, se trata de la forma dominante en el elenco contractual chino en los últimos diez años, no sólo para las empresas privadas sino también para las nuevas contrataciones del sector público. La duración media suele ser de dos o tres años pero no existen límites mínimos. Según la nueva ley si un empleado trabaja más de diez años sin interrupción en el mismo puesto, pasará a ser indefinido a petición del mismo. Además, si el empleado ha concluido dos contratos de este tipo con el mismo empleador, el siguiente deberá ser indefinido. Por otra parte, si no se realiza contrato por escrito tras un año de comienzo del trabajo, se presume la relación indefinida. Finalicemos: si el empleador no cumple su obligación de convertir el contrato en indefinido, el salario debido es el doble del normal.

-Trabajo a tiempo parcial: el artículo 68 define el trabajo a tiempo parcial como aquel que no dura más de 24 horas a la semana o cuatro horas al día. El contrato a tiempo parcial puede ser finalizado en cualquier momento sin razón alguna y sin que se deba ninguna indemnización por ello. Es discutible que la igualdad de salario (en proporción al tiempo de trabajo) con los trabajadores a tiempo completo sea aplicable.

En China, el trabajo a tiempo parcial es de menor importancia que en Europa (cosa que también sucede en España) pese a que los empresarios están casi exentos de cotización social por estos trabajadores. En China, las mujeres (usuarias normales de este tipo de trabajo en otros países) suelen trabajar a tiempo completo, dados los bajos salarios. Sin embargo, esta legislación pretende fomentar este tipo contractual todo lo posible.

-El despido: cualquier despido conlleva una indemnización de una mensualidad de salario por año trabajado (un período de más de seis meses se redondea al año y de menos a medio año) con un límite máximo de doce mensualidades. En caso de despido ilegal, el empleador puede elegir entre la readmisión o pagar una indemnización del doble de la indicada anteriormente. Curiosamente, la norma es bastante parecida a la española, que es considerada “demasiado rígida” por la patronal patria, que no para de clamar por su empeoramiento.

No es extraño que en estas condiciones de flexibilidad laboral extrema China se haya hecho con el puesto de taller industrial del mundo, el lugar donde se efectúa el montado y manufactura de gran parte de los productos en venta en Occidente. Lo que resulta más discutible, en todo caso, es que, de mantenerse este tipo de estructura social, la República Popular pueda construir la demanda interna necesaria para solventar la crisis y convertirse, de hecho, en una potencia global real.

Por otra parte, no hemos de olvidar que las clases trabajadoras chinas no han permanecido pasivas ante este deterioro de sus condiciones sociales. La agitación social, según algunos observadores, ha alcanzado niveles desconocidos desde hace décadas. Incluso el Ministro de Seguridad publicó, en 2005, cifras que admitían que “los incidentes masivos, manifestaciones y motines” se elevaron en 2004 a 74.000, por encima de los 10.000 de la década anterior.

En cualquier caso, lo que resulta más evidente es que gran parte del futuro mundial se juega y jugará en los próximos años en el gigante asiático, de cultura milenaria. Habrá que estar atentos.

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