Una admiración revelada

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No se lo he dicho aún, ni creo haberlo manifestado en más de un par de ocasiones, pero es cierto, la admiración que le tengo nació desde tiempos quizás naturales de la infancia, y, con los años, alcanzó otros niveles al vincularse con la comprensión y experimentación en vida de otros aspectos de su actuación sobre mi persona. Posteriormente, por diversas circunstancias que rodean la existencia, esa misma admiración se extendió a otras personas, mayormente mujeres, que practican esa profesión tan noble, abnegada y humana.

II

Algunos recuerdos se mezclan con las imágenes que ahora vemos en todos los medios de cansancio, esfuerzo y un aire de resignación sin que se convierta en derrota o mucho menos en desanimo, al contrario, esa resignación se inscribe en la aceptación de la condición humana como una realidad voluble, tangible y por demás cercana a quien requiera servicio o ayuda. Pienso por ejemplo, en una tarde en que desde las afueras del cuarto de mis padres la escuche llorar o sollozar, mi padre, en su habitual apego sin empatía totalmente desarrollada, trataba de consolarla o al menos acompañarla en esos instantes de tristeza, ella, simplemente refería el fallecimiento de una mujer después de varios días de pesar y de arduo trabajo, en ese instante no lo sabía, pero todas las teorías del desapego emocional y la sana distancia se resquebrajaron como un jarrón o un cristal lanzados desde lo alto, decenas o cientos de astillas inundaron el saber establecido para demostrar que no hay forma de que no sintamos el dolor de otros o establezcamos nexos afectivos con quien ante nosotros atraviesa alguna situación dolorosa, de enfermedad, perdida o injusticia. Creo sin poder demostrarlo, que esa imagen muy viva en la memoria, tiene aún hoy un gran poder sobre mis emociones y conductas, puesto que todo aquello que tiempo después he leído y tratado de poder en práctica en favor de los desposeídos, ya mi madre, quien era enfermera, lo había demostrado con su trabajo, algunas lágrimas y la voluntad de regresar al día siguiente, a pesar de todo, convencida de que siempre hay algún ser que necesita de nuestro esfuerzo, amor y esperanza.

Mi madre es enfermera jubilada y la he admirado desde hace mucho, pero por razones que pudieran tener origen en mi educación masculina, hasta la fecha no le he dicho cuanto he aprendido de ella y de su ejemplo indomable en los días difíciles de nuestra existencia.

III

Veo las imágenes de las brigadas medicas enviadas por Cuba a diferentes países y continentes del mundo, y no puedo más que sentir esa misma admiración confesada sobre mi madre, pues todo aquel, mujer u hombre, que entrega su vida en favor de otros seres humanos, merece eso y tanto más, además, particularmente al pueblo cubano le he admirado también desde décadas atrás, las veces que he caminado por sus calles y hablado con su gente, he podido palpar el deseo fervoroso, vivo y latente de contribuir para el bienestar de todos y todas, esa máxima de José Martí que Fidel Castro llevaría a la práctica al desarrollar la política internacionalista de su nación, refleja ese humanismo que pone a sus hijos e hijas en los rincones más apartados del orbe, buscando dotar de apoyo, solidaridad e ilusión a quien por la circunstancia que sea lo necesite, ese es el ejemplo que aprendí en casa y que todavía observo en la ayuda maternal con mi hija y a mi persona, por eso creo poder entender al menos en parte, la grandeza humana de todos y todas quienes se dedican a las diversas profesiones en el campo de la salud (enfermería, medicina, investigación, etc.). Lamentablemente, en ese contexto, resulta necesario referir la inhumana actuación de gobiernos que a lo largo de la historia han negado las garantías necesarias a sus pueblos para el cuidado de la salud, hechos y actos que en estos días muestran el contraste entre naciones e individuos, pues por su lado Cuba exporta humanidad, mientras que el imperio estadounidense sigue aferrado en invadir países como Venezuela, agredir a Irán y a la misma Cuba, sin importarle que en su interior la mayor pandemia de las últimas décadas azota de forma descomunal a su población, siendo la nación llamada más poderosa y de quien se pensara debería ser capaz de afrontar dicho escenario.

IV

Quienes se dedican a las profesiones de la salud son virtuosas y virtuosos por su humanismo, indispensables seres para el bienestar humano y social, merecen todo nuestro reconocimiento y apoyo en su labor, más ahora que la humanidad tiene por delante el gran reto de sobrevivir y reconfigurarse en todos los sentidos, es justo y urgente, dar su lugar con dignidad a los trabajadores y trabajadoras de la salud, pues sin ser bíblicos, en sus manos está el futuro humano. Pienso al decir lo anterior, en el ideal del médico revolucionario que expusiera Ernesto Che Guevara, el 20 de agosto de 1960, hace sesenta años, al inaugurar las discusiones que orientaron y fortalecieron al Ministerio de Salud Pública de Cuba, de donde emana en la actualidad, ese gran humanismo en brigadas por todo el mundo, pienso también, en el ejemplo humilde y cotidiano que sin saberlo me dio mi madre, al igual que lo hacen miles de mujeres y hombres a lo largo de la geografía global, pienso en el futuro de la humanidad y mantengo la convicción de que mientras existan ideales de revolucionarios de profesionalismo, humanismo y solidaridad, sin importar lo grave de las pandemias, las crisis y las adversidades; la humanidad tiene futuro y será construido entre todos y todas con la voluntad común de un mundo mejor.

Mi madre es enfermera y la he admirado en silencio toda mi vida, ahora escribo esto; porque esa es mi forma de confesárselo.

 * Cristóbal León Campos. Integrante del Colectivo Disyuntivas

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