Un totalitarismo actual

Publicidad

Por Antonio Lorca Siero

Insiste la propaganda capitalista —tal y como suele hacer con los temas que le interesa grabar en el inconsciente de las masas— que el totalitarismo fue cosa de otros tiempos y hoy, ya superado, los pueblos avanzados se han liberado del yugo de las imposiciones de los líderes carismáticos y del partido único. También han superado las ideologías excluyentes, entregados a la pluralidad democrática bajo el reinado de la libertad. Pero a poco que se raspe el barniz de la apariencia y salga a la luz la imagen que oculta, resulta que todo es una verdad a medias o si se quiere una gran mentira. Muy cierto que en el ambiente global se respira cierto aire de libertad que invita a consumir sin límites —siempre que no falte el efectivo o el dinero de plástico— , hay pluralidad política —siglas de partidos—y las masas consumistas eligen a los guardianes del orden —que no es otro que el capitalismo—, por lo que, ante la mirada cegada por el resplandor del oropel, todo parece como en aquel viejo mundo feliz.

El capitalismo, triunfador en las pasadas campañas antitotalitaristas —totalitarismos a las que contribuyó a su manera—, no ha eliminado de los libros de historia los totalitarismos clásicos —entiéndase para abreviar nacismo, fascismo y estalinismo— y ha decidido conservarlos como referencia del mal, de lo que políticamente no se debe hacer por los gobernantes, para que permanezcan en la memoria de los olvidadizos. Aleccionados todos con estos modelos de nefasto recuerdo, no queda espacio mental para caer en la cuenta de que el totalitarismo puede refugiarse en espacios y formas diferentes de los que ofrecen las lecciones históricas auspiciadas por ese vencedor de las distintas contiendas. La estrategia es que, educado el mundo en la reprobación del totalitarismo clásico, es fácil que el totalitarismo adaptado a las nuevas circunstancias pueda pasar desapercibido.

De la existencia de otro totalitarismo ya alertó Wolin a principios de siglo con aquello del totalitarismo invertido, en definitiva que mucha libertad y demasiada democracia, pero quien maneja el cotarro son las empresas capitalistas a su exclusiva conveniencia—la democracia S.A.—. Como se trataba de un autor de reconocido prestigio y no era posible silenciarle, el capitalismo, aunque afectado por sus conclusiones, no le puso la mordaza abiertamente y procuró pasar de puntillas sobre la cuestión. Hoy la cosa está mucho más clara y la globalización económica lo pone en evidencia, pero curiosamente apenas se habla del nuevo totalitarismo.

Con el totalitarismo actual se han roto los moldes del original, hasta el punto de que no estamos ante un totalitarismo de Estado, sino de otro que se ejerce sobre los Estados, para que estos a su vez lo ejerzan sobre sus ciudadanos. Tampoco se trata de un partido único que lo practica sobre un Estado, animado con pretensiones expansionistas, sino de un conglomerado empresarial que funciona a nivel global. Incluso no hay una ideología política dominante de sesgo determinado, sino que esa ideología se basa en principios económicos, se camufla a la sombra de la política, pero tiene plenos efectos políticos. En cuanto a la democracia, está claro que se vota a un plantel de figurantes predeterminado, pero conduciendo el voto utilizando todas las estrategias que permiten las nuevas tecnologías capitalistas, con lo que se elija a quien se elija todo está controlado. La libertad es el eslogan publicitario del momento para circular dentro de la sociedad consumista, siguiendo el orden político marcado por el Imperio —esto es, el respectivo Estado-hegemónico de zona y los organismos internacionales.

Si se mira desde dentro del recinto del sistema capitalista todo es vida y dulzura, pero desde el extrarradio la apreciación no está tan clara. Pese a las discrepancias, parecería que algo se ha mejorado con el totalitarismo capitalista, es decir, aquel que sigue la doctrina marcada por la ideología del capitalismo. Por ejemplo, no hay un líder personal, asistido de su grupo afín, que marque abiertamente los destinos de la gente a capricho —en la escena solo aparecen personajes ocasionales sujetos a los dictados del capitalismo—, ya que distante y oculta permanece la elite que lo maneja. Para cumplir con la doctrina basta con consumir lo que se pueda y un poco más. Las personas pueden jugar al monopoly para matar el gusanillo de la riqueza y sentir los efectos de la propiedad en precario. Se asemeja mucho a la realidad la participación virtual en la política a través del voto dirigido por la propaganda. La libertad de las personas queda plenamente garantizada por las leyes, incluso es posible la libertad de pensamiento siempre y cuando se piense en los términos marcados por el sistema capitalista, en caso contrario aparecen en la escena represiva los delitos por pensar o, al menos, los de sentimiento, ya sea de amor o de odio.

Por todo ello, puede servir de ingenuo consuelo para los pacíficos resignados a esta situación que el totalitarismo capitalista no parece ser tan malo como sus hermanos los totalitarismos históricos recientes. Ya que se trata de una forma de totalitarismo mutante y modernizado, puesto que permite a los individuos disponer de muchos más derechos y libertades legaliformes, siempre que no se ponga en cuestión el orden establecido. En todo caso, si se quieren encontrar explicaciones a tal estado, conviene dejar claro que los culpables de que se haya llegado a este punto son los propios interesados, porque, como venía a apuntar Arendt, el totalitarismo solo es posible si lo consienten las masas afectadas.

Antonio Lorca Siero

Abril de 2019.

También podría gustarte

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More