Un “santo” patrón de “Billy el Niño” y demás

El pasado martes disfrutaba por enésima vez desde FILMIN de la revisión de Los verdugos también mueren (Hangmen Also Die!, Fritz Lang, 1943) narra la historia ficcionada del asesinato de Reinhard Heydrich...

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El pasado martes disfruataba por enésima vez desde FILMIN de la revisión de Los verdugos también mueren (Hangmen Also Die!, Fritz Lang, 1943) narra la historia ficcionada del asesinato de Reinhard Heydrich, una de las principales mentes diabólicas del Holocausto. Artífice de la Solución Final, ocupante de varios cargos de importancia durante el nazismo, Protector Adjunto de Bohemia y Moravia –República Checa–, presidente de la Interpol, ideólogo de la Operación Himmler, responsable de poner en marcha el decreto Noche y Niebla, entre otras muchas actividades que delatan un carácter criminal y sádico que le valió los motes de El Verdugo, El Carnicero de Praga o La Bestia Rubia. En definitiva de alguien que podía haber ocupado el lugar del “santo” patrón de Billy el Niño y de todos los torturadores que en el mundo han sido y siguen siendo. Alguien que podía estar en Gaza o que habría podido ser perfectamente “profesor” de las escuelas creadas por el zarismo Victor Serge habla de algunos en Todo lo que un revolucionario debe saber”, que había estado sl servicio de la KGB con Stalin o que habría trabajado como ayudante de Martín Villa o Santiago Abascal.

La película es una obra maestra, fue seguramente la mejor de todas las que realizó Fritz Lang contra el nazismo, quizás la mejor de glorioso cine antifascista de Hollywood, la única industria que pudo albergar a personajes como al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht enSanta Mónica, en California, donde intentaría una fallida inserción en el mundo hollywoodense. Antes dejarse atrapar, perseguido por el Comité de Actividades Antiamericanas, en 1947, Brecht dejaba un tortuoso intercambio con su coterráneo Fritz Lang, quien llevaba más de una década y seis películas en los Estados Unidos, cierto que recaba en la Alemania mal llamada “comunista” donde en  la revuelta de 1953, estuvo al lado de la calle. La historia de cómo surge y se construye el guion del filme que está poblada de mitos y leyendas, debido a los constantes y crecientes desacuerdos de Brecht con el Hollywood al que representaban Lang y el guionista John Wexley. El filme generó innumerables polémicas que culminaron con su prohibición definitiva hasta los años 70, debido a su carácter subversivo y diálogos supuestamente comunistas. Obviamente en estos lares se vio mucho más tarde, en algún programa televisivo de medianoche.

Como conocedor muy parcial del acontecimiento, Lang decidió construir una historia sobre este evento y crea junto a Arnold Pressburguer una efímera productora para la realización del filme, fastidiado por los conflictos que generaba todo proyecto que saliera de la estandarización industrial. La historia de Brecht, Lang y Wexley ubica a la figura del asesino Heydrich en un médico checoslovaco –luego se sabría que habían sido los británicos los ideólogos–, ya que en su esencia el filme es un homenaje a la famosa resistencia checa ante el nazismo. Tras el intento de suprimir su cultura y de convertirlos en esclavos por ser una raza inferior, el pueblo checo se mantuvo unido, creando una verdadera caos subterráneo de sabotajes, silencios y complicidades, que exacerbó las criminales intenciones de su Protector, una realidad que respondía más al imaginario del autor que a los hechos. El caso es que el alegato comportó dos nominaciones a los premios de la Academia.

La trama argumental nos lleva hasta  del Dr. Franticek Svoboda (un sólido y acertado Brian Donlevy en un ode sus mejores papeles), quien a través de una elipsis asesina a Heydrich y se refugia en la casa del profesor de Historia, Stephen Novotny (siempre grande Walter Brennan), cuya hija, Mascha, lo había protegido en las calles. A partir de este momento, se desarrolla el aspecto verídico de los ajusticiamientos, a la par que los personajes desarrollan conflictos morales en un ambiente de terror y muerte. Historia fabulada en su mayor parte, la creación contiene profundas huellas de la épica brechtiana en la concepción dramática del texto, que determina las características de los personajes o ciertos diálogos permeados de un aliento reivindicativo, como el poema que el preso consulta al famoso poeta Novak o el monólogo del profesor Novotny ante su hija, despedida frente a su primera amenaza objetiva de muerte. El guion, cuya estructuración se encamina constantemente a la fabulación más que a la reconstrucción de una historia que, en realidad, aún nadie conocía bien, se concentra en la representación del pueblo como una unidad inquebrantable, el necesario destino fatal del traidor aproximándose en los detalles del horror de la dominación nazi en Checoslovaquia, y por extensión de todos los países ocupados por el III Reich. Lang desarrolla esta historia literariamente espectacular, dentro de las normas de un clasicismo fílmico, cuyo narrador cinemático se desdobla silenciosamente detrás de una narración lineal, ofreciendo un enriquecedor abanico de personalidades y proyecciones humanas. Ambientes cerrados, sofocados y terribles, la fatalidad como destino, la construcción de significados a través de la utilización de una luz punzante, frontal o que arroja en múltiples ocasiones las largas sombras del terror nazi. La caracterización un tanto caricaturesca de los personajes negativos, frente a la digna representación de los protagónicos y el final, una definitiva resistencia ante los establecidos hollywoodenses del happy ending, ha hecho de este filme un clásico del cine, sobre cuyo voluntarioso retrato histórico, a pesar de lo distanciado que está de la realidad objetiva, no se ha podido equiparar. Michael Töteberg presume en su libro El cine de Fritz Lang, que gran parte de los problemas surgidos en la construcción de la historia provenían de las diferencias radicales que sobre la concepción de sus respectivas artes tenían Bretch y Lang. El primero, creador del teatro dialéctico, profundamente vinculado al entorno social y las problemáticas de carácter político; el segundo, totalmente despreocupado por el relato y ciertamente, más interesado en el lenguaje cinematográfico y en lo que concierne y atrapa al espectador. La dicotomía era inevitable, sírvase la discordia una vez más, para generar una obra maestra del cine.

En resumen una película para la eternidad que, inevitablemente, me hizo recordar el caso de “Billy el Niño” y de sus “demócratas” protectores. Su visión nos recuerda que el oficio más infame de la historia sigue teniendo sus protectores aunque ya sabías que “los verdugos también mueren”.

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