Un PSOE de cuarenta diputados

«Si las cosas no se hacen bien en los meses venideros, el PSOE puede quedar reducido a cuarenta diputados en la próxima legislatura». Esta frase, atribuida a Felipe González, circula desde hace unas semanas por Madrid. Circula desnuda –»el PSOE se puede quedar en cuarenta diputados»- por los mentideros de Madrid. Mentidero, una palabra muy madrileña que viene del Siglo de Oro. Los mentideros eran puntos de reunión y encuentro donde la gente de Madrid solía congregarse para charlar y comentar los rumores del día en la Corte. «Dicen que….» Los mentideros estaban en la plazoleta del León, en la escalinata del convento de San Felipe el Real, cerca de la Puerta del Sol, o en las losas del Alcázar Real (actual Palacio Real). Los mentideros modernos se hallan en los reservados de los restaurantes, en los despachos de los ministerios, de los bancos y de las grandes empresas, y en algunos bares de moda. La frase atribuida a Felipe González ya ha desbordado ese círculo restringido y en estos momentos circula por el circuito de las charlas de café. Frase lapidaria: «El PSOE se puede quedar en cuarenta diputados».

Felipe González y Willy Brandt, en 1975

Felipe González, en mi opinión el político de mayor calibre que ha tenido España en los últimos cuarenta años, tiende al pesimismo, posee un alto concepto de sí mismo y es sentencioso. En una ocasión, en Lisboa, hojeando al azar un libro de Mario Soares en la vieja librería Bertrand del barrio del Chiado, leí una de las caracterizaciones más aceradas que se han escrito del ex presidente español. Palabras de Soares: «Felipe González es un gran dirigente político, poseído por una extraña melancolía rural que tiende a aislarlo».

Hay que precisar que Soares y González fueron amigos y competidores. Yo diría que más competidores que amigos. Compartieron el proyecto de convertir el reparto socialdemócrata en alternativa al mitológico comunismo en las sociedades con hambre de justicia que salían de las dos dictaduras ibéricas. Compartieron la ayuda material y estratégica de la socialdemocracia alemana y escandinava, recelosas ante un hipotético expansionismo político de la URSS en el sur de Europa. Consiguieron empujar a un carril lateral a los partidos comunistas de sus respectivos países. Compartieron cierta amistad con el socialista francés François Mitterrand, que no era alemán, ni sueco. Obtuvieron, ambos, el respeto de Estados Unidos. Firmaron la adhesión de sus respectivos países a la Comunidad Económica Europea (CEE). Y compitieron en popularidad y preeminencia en la liberal década de los ochenta, que iba a dejar fuera de combate a la Unión Soviética.

Willy Brand, Mario Soares y Olor Palme, en 1974

Soares y González fueron amigos, pero nunca tuvieron una relación fraternal. Dos egos muy fuertes, que han evolucionado de manera bien distinta. El anciano Soares –dieciocho años mayor que González-, ha virado a la izquierda y reclama una respuesta contundente del sur de Europa a la política de austeridad centroeuropea. El maduro González ha reafirmado su apego al realismo político, tiende a una visión pesimista del mundo, critica a quien haga falta, sea de derechas, de centro o de izquierdas, no esconde un aplastante sentimiento de superioridad respecto a los que han venido después de él y va a su aire. Gana dinero y le preocupa la estabilidad del Estado, conforme a la dramaturgia española. Es capaz de defender en público una gran coalición PP-PSOE, en el preámbulo de una campaña electoral difícil para su partido. Soares aún lleva dentro la Revolución de Abril en Portugal. González, los pliegues y los pactos de la transición y el aliento trágico de la historia española.

Soares, moderador de la Revolución de 1974, es el gran patriarca de una familia que siempre ha sido un poder autónomo en el interior PS portugués. González es un patricio que ha cambiado de rasante familiar y social. Es un hombre bronceado. Todo el mundo le reconoce una poderosa inteligencia –posiblemente él desearía que ese reconocimiento fuese aún más intenso y manifiesto-, pero resulta del todo evidente que no ha optado por la vida franciscana. Un Felipe González franciscano sería hoy un grave peligro para el Partido Popular. Un Felipe González franciscano podría ponerse, ahora mismo, con sus 72 años, a la cabeza de un amplísimo movimiento de regeneración política en España.

Distribución de mayorías electorales por provincia, en las últimas elecciones europeas (25 de mayo de 2014). En rojo, el PSOE

Hace unas semanas, González recibió un latigazo que posiblemente le pilló desprevenido. Uno de esos latigazos que hacen daño. Se lo propinó, inmediatamente después de las elecciones europeas, el joven Pablo Iglesias, lenguaraz, seguro de sí mismo y con un instinto político creo que temible. González se había manifestado, con sorna, sobre la querencia bolivariana de los líderes de Podemos. Iglesias le replicó de la siguiente manera: «Al consejero de Gas Natural Felipe González le diría que, como español, me apena que una figura política de primer orden haya quedado reducido de manera tan patética a una caricatura de sí mismo». A finales de los años setenta, el joven dirigente sevillano del Partido Socialista Obrero Español no era menos cruel. Preguntado en una ocasión sobre las astucias del líder del PCE, contestó sin titubear: «Santiago Carrillo es un pequeño saco de maldades». Iglesias aún tiene que aprender de González. La esgrima del joven Iglesias todavía necesita dos o tres subordinadas para zaherir. A su misma edad, a los 35 años, Felipe González mataba con sujeto, verbo y predicado.

Sujeto, verbo (en tiempo condicional) y predicado: «El PSOE podría quedarse en cuarenta diputados». El hombre que sacó al PSOE del estado de hibernación posterior a la Guerra Civil, observa con pesimismo las actuales cartas de navegación: el barco ha quedado seriamente averiado tras el golpe de timón del ex capitán Rodríguez Zapatero, la tormenta económica levanta olas de indignación que zarandean a la izquierda moderada en toda Europa y el proceso de selección de un nuevo grupo dirigente puede dejar la nave en manos inexpertas, en el peor de los momentos. No está claro que las elecciones que hoy celebra el PSOE para elegir al nuevo secretario general del partido –elecciones por primera vez abiertas a toda la militancia- aporten una solución estable.

Una baja participación de la militancia y un resultado muy ajustado entre los tres contendientes –o entre los dos más votados-, podrían dejar al nuevo secretario general a merced de la maniobras del congreso extraordinario que va a tener lugar dentro de quince días. En el congreso se decidirá la nueva ejecutiva del partido. Una ejecutiva que el grupo dirigente andaluz querrá controlar, para tener maniatado al nuevo secretario, a la espera de que la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, se decida a dar el salto a Madrid. El PSOE puede que elija hoy a un secretario general con autoridad y vuelo propio. Pero también podría ser que eligiese a un masovero. En el fondo, la militancia del PSOE no sólo decide hoy el nombre de una persona. También decide qué grado de poder le otorga a su principal federación: la poderosa federación socialista andaluza, titular del 25% de la militancia total del partido (48.792 afiliados sobre un censo total de 198.123 personas).

Desde 1975, el grupo dirigente en Sevilla tiende a creerse propietario del PSOE. Principal accionista, cuando menos. Los resultados de las últimas elecciones europeas han confirmado esa percepción. La mermada fortaleza electoral del Partido Socialista se concentra hoy en el sur de España, concretamente en Andalucía y Extremadura, con una especial intensidad en las zonas rurales: los pueblos pequeños y las ciudades de tipo medio, también conocidas como ‘agrociudades’. El PSOE es hegemónico en la Andalucía y la Extremadura que consiguieron emanciparse políticamente de la arbitrariedad de los señoritos, gracias al comunitarismo socialdemócrata y a una notable y continuada transferencia de fondos y subvenciones desde las comunidades con aportación neta a la solidaridad interterritorial española y desde las arcas europeas. Una Andalucía cuya renta per cápita representaba en 1980 el 75% del promedio español y que hoy se mantiene en ese porcentaje, con una ligera flexión a la baja. En 1980, Andalucía generaba el 12,8% del PIB español y de ahí apenas se ha movido.

Una Andalucía estructuralmente estancada, en la que la democracia ha modificado sustancialmente los centros de poder, ha mejorado espectacularmente las infraestructuras y ha incrementado notablemente el nivel de educación de la población, sin poder evitar que la región encabece en estos momentos las estadísticas europeas del paro, con un 34% que incluso ha llamado la atención del Papa Francisco. Una Andalucía que se ha modificado sin lograr despegar. La única autonomía en la que no ha habido alternancia en el gobierno desde 1980. Una Andalucía cuyas capitales de provincia se han ido inclinando, casi todas ellas, hacia el PP, como también ha ocurrido en Extremadura. Esa Andalucía singular –quizá el verdadero ‘hecho diferencial’ español- parece hallarse en condiciones de condicionar al PSOE.

Esa es una de las claves de un partido con una militancia envejecida, que corre el riesgo de no poder sintetizar las dolorosas novedades de la España en crisis: el trágico impacto del cataclismo económico en casi todos los estamentos sociales, exceptuando a las rentas más altas; el desconcierto general en las antiguas clases medias; el notable empeoramiento de las condiciones de vida en las grandes áreas metropolitanas; el temor a la pobreza y el crecimiento de la misma; el miedo de los que conservan su trabajo a perderlo; la desorientación de muchos profesionales ante una situación difícil de imaginar hace apenas unos años; la angustia de los autónomos y la frustración de los jóvenes; la rebelión cívica de las capas medias en Catalunya, adheridas de manera notable al programa soberanista, y la creciente e inevitable agudización de la protesta generacional, de la que Podemos ha sido una primera expresión política. Una situación muy compleja para un partido acostumbrado a repartir los beneficios del crecimiento económico y de la adhesión española a Europa. En las actuales circunstancias, la síntesis socialdemócrata ya no puede hacerse con los materiales del laboratorio de José Luis Rodríguez Zapatero: feminismo, juvenilismo, la promesa de asistencia a las personas dependientes, como nuevo pilar del Estado del Bienestar; democratismo, anticlericalismo, un poco de antiamericanismo, una embarazada en el Ministerio de Defensa, buenas palabras a los catalanes, un documental con Pep Guardiola y una película de Alejandro Aménabar, mientras el PIB crecía por encima del 3%, propulsado por la turbo-economía inmobiliaria. Algunos de esos materiales siguen teniendo una alta reputación, otros, no. España está tendida en el diván y el PSOE ha perdido crédito como psicoanalista. Más del 25% de los españoles siguen culpando al Gobierno Zapatero de la crisis. Otro porcentaje similar culpa, en igual medida, al actual Gobierno y al anterior. Y otro 25% comienza a centrar las culpas en el actual Ejecutivo.

La expresión más viva de esa nueva complejidad está en las grandes áreas metropolitanas. En Madrid y Barcelona. En Valencia, Zaragoza y Bilbao. En Santa Coloma de Gramenet y en Parla. En Sant Cugat del Vallés y en Pozuelo. En las principales cabeceras de las comarcas valencianas y en las localidades más pobladas de la costa andaluza. En Benidorm y en Málaga.

Amarrado a la idealización ‘democratista’, preanunciada en Catalunya por el soberanismo y propulsada en toda España por el inesperado éxito electoral de Podemos, el PSOE se dispone a elegir hoy a un nuevo secretario general, con la esperanza de que ese ejercicio de ampliación de la democracia interna le ayude a reconectar con la sociedad y le ayude a borrar el estigma de partido responsable de la crisis, por mal diagnóstico de la misma. Es una tarea muy ardua para un solo hombre. Si el dispostivo democratista no funciona, la elección de hoy puede volverse en contra del PSOE, acentuando su imagen de debilidad, ante un Partido Popular que se propone ante la sociedad como el Partido de Orden, el Partido de la Estabilidad y el Partido de la Recuperación, totalmente ajeno a las nuevas prácticas asamblearias y dispuesto a reforzar a las minorías más votadas con la modificación del sistema de elección de alcaldes, fórmula que propondrá en septiembre y que pondrá a prueba la habilidad negociadora del nuevo secretario general socialista.

Puede alegarse que en 1977, el centro de gravedad del PSOE ya estaba en el Sur. Cierto, el Partido Socialista fue reorganizado por el grupo sevillano que encabezaban Felipe González y Alfonso Guerra. Tuvieron una correcta intuición: el orden democrático europeo necesitaba un partido socialista fuerte en España y la mejor opción, la más genuina, la más potente en términos históricos y sentimentales, pasaba por la reconstrucción del PSOE, un partido de gran resonancia histórica, pero anquilosado por una dirección en el exilio que había perdido el pulso de la sociedad.

Mientras otros núcleos socialistas ideaban opciones de futuro distintas, González, Guerra y su círculo andaluz supieron ver que un PSOE rejuvenecido podía ser la más eficaz alternativa al liderazgo antifranquista del Partido Comunista de España, reforzado en Catalunya con las siglas autónomas del PSUC. El Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), alertado por la revolución democrática portuguesa de 1974, fuertemente influida por los comunistas, llegó a la misma conclusión y su apoyo a la ‘resurrección’ del PSOE fue generosa y entusiasta. El historiador Antonio Muñoz Sánchez lo explica muy bien en el libro «El amigo alemán» (RBA, 2012). En septiembre de 1975, tres meses antes de la muerte del general Francisco Franco, Felipe González era elegido secretario general del PSOE con un programa de corte muy radical, que dejaba al PCE a su derecha –los comunistas estaban objetivamente obligados a la prudencia e interiorizaron mucho la gravedad del momento histórico- y emitía mensajes de atracción a todos los grupos universitarios politizados que no querían vincularse a un partido con el sello de la URSS, por mucho que el PCE hubiese condenado la invasión soviética de Checoslovaquia.

El campo era suyo. Sólo faltaba trabajarlo. González lo trabajó bien, los alemanes le ayudaron mucho y la suerte le sonrió. La dimisión de Adolfo Suárez, el posterior suicidio de la UCD y el intento del golpe de Estado del 23 de Febrero de 1991 dieron al PSOE una tremenda mayoría absoluta que le permitió gobernar durante catorce años consecutivos, circunstancia sólo superada por Jordi Pujol en Catalunya (23 años).

El PSOE se impuso al PSP de Enrique Tierno Galván y a los partidos socialistas de carácter territorial agrupados en la Federación de Partidos Socialistas, porque aportaba la mejor marca para competir, contaba con un apoyo internacional decisivo y partía casi de cero, siendo un partido viejo. No había en el joven González ni una gota de historicismo. ¿Alguien recuerda a González reivindicando con mucho entusiasmo a Indalecio Prieto o a Julián Besteiro? ¿Hizo alguna vez algún comentario elogioso de Juan Negrín? González sólo mostraba el retrato del fundador del partido, Pablo Iglesias, dibujando una fenomenal elipsis histórica entre ambos. Una elipsis que pasaba por encima del contradictorio PSOE republicano, ignorándolo. Una sintesis de laboratorio que fue capaz de cosechar una fenomenal mayoría electoral, puesto que la gran mayoría de los españoles en 1982 no quería mirar hacia atrás.

Cuarenta años después, otro Pablo Iglesias ha entrado en escena y Felipe González, inteligente, pesimista, poco franciscano y con gran apego de sí mismo, fustiga a su gente diciendo por Madrid que, como se descuide, el PSOE puede quedarse en 40 diputados.

La Vanguardia


Fuente: http://esinformacion.blogspot.com.es/2014/07/un-psoe-de-cuarenta-diputados-enric.html

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