«Un país de fábula»

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Por Antonio Lorca Siero

Quién iba a decir a aquellos esforzados ciudadanos de no hace muchos años que las cosas iban a pintar como pintan. Si vieran lo que hay, dirían que vivimos en un país de fábula. Y, a primera vista, estarían en lo cierto. Porque, el que más y el que menos tiene de casi todo cubierto y en materia de dinero, si no dispone de efectivo, le financian a tipos cero para que pueda satisfacer sus necesidades. En último término siempre está ahí el Estado benefactor para concederle una subvención o hacerle perceptor de cualquier ayuda. Vamos, que los problemas que pudieran darse en la existencia están casi resueltos. Salvo el de esas personas olvidadas que dan mala imagen turística al país, y mucho peor a sus gobernantes, porque duermen en las calles, aliviadas puntualmente por quienes tienen arrebatos de solidaridad.

Referencias para confirmar este modelo de fábula hay muchas. Baste señalar los puentes, viaductos y otras festividades en los que a la frenética actividad laboral toma el relevo la mayoritaria actividad del ocio. Coincidiendo con que se paraliza la enseñanza, el mundo real parece detenerse para aparecer en escena la jarana. Los fabricantes de noticias se van de vacaciones y solo se rompe la monotonía si surge la noticia en estado puro, sin contaminaciones, y si es el caso de que no se puede silenciar, de lo contrario hay que esperar para ordeñarla en su momento. La sanidad se va de gira y si cualquiera tiene la ocurrencia de enfermar, ya que no es obligado hacerlo en días hábiles, hay que esperar a que retornen los titulares de la plaza, porque los suplentes están solo para cubrir ausencias. El mundo cotidiano a primera vista se ha parado, pero es una falsa impresión porque el ir de aquí para allá le mantiene despierto y activo aunque sea en otro plano.

El derecho al ocio y al bien-estar son inalienables, pero no basta con esta conquista social, hay que ir a por más, sobre todo lograr mayores cotas de holganza. Ya no es suficiente la semana laboral de tres días, librando el del medio, ni la renta universal ni los 125.000 euros, a percibir por todos cuando se sienta la cabeza, ni los salarios dignos ni la vivienda gratuita ni otras cosas más que hay que dejar en el tintero para no extenderse, se trata de apuntar todavía más alto. Se van a atender tales demandas, porque desde ahora los mandantes van a dar lo que se pida y mucho más, porque a tal fin están las políticas sociales, es decir, para ganarse los votos de los beneficiados cuando llegue el momento.

La pregunta es de donde salen y saldrán los fondos para este tren de vida y el que va a venir. Tenemos un sector primario de la economía podría decirse que puntero, aunque sea preferible comprar lo de fuera que pagar limosnas aquí dentro, y malvender lo de aquí en cualquier rincón del globo. Del secundario, es mejor no hablar, sirve para ir tirando. Cara a la cuestión del clima, al menos casi respeta eso de las cuotas con derecho a envenenar la atmósfera y no debiera tener que pagar al fondo, como les sucede a los países ricos para poder abusar de las emisiones. Lo del turismo, al margen del de borracheras y mochilas, es otra cosa, porque es más palpable y las cifras cantan. Algo de dinero siempre se queda en casa. Venga millones de turistas, aeropuertos saturados, cielos repletos de rastros visibles de contaminación —aunque, según parece, no contaminan, porque los entendidos guardan silencio para no levantar la liebre—, todo ello viene a demostrar que el turismo debe ser el gran invento nacional y la fuente de la riqueza.

Vista la boyante economía del país —a decir de los entendidos en la materia—, confirmada por una Bolsa que se cae a cachos, una deuda con tantos números que no entra en la pizarra y, eso sí, una prima de riesgo que casi casi está en línea con la de los países de medios pelos, podría concluirse que todo va bien. No debiera entender que, pese a los datos reales, se trate de otra fábula, porque hay que tener en cuenta que como colonia moderna, tanto del lado europeo como del americano, siempre estaremos respaldados, por lo que si tienen que fiarnos nos van a fiar. La subsistencia patria está amparada en el crédito del buen nombre y por la capacidad para movernos como figurantes en el espacio europeo.

A los de antes, si es que todavía queda alguno por esta dimensión, habría que decirles que no se sientan discriminados por la fortuna, porque lo del país de fábula puede entenderse también como esa ficción artificiosa con la que se encubre o disimula una verdad. Acaso en este punto de verdad se encuentre la otra realidad del país.

Antonio Lorca Siero

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