Un país que sólo existe en los mapas

El pasado 24 de febrero fue un gran día para el presidente de Somalia, Abdulahi Yusuf Ahmed, que visitaba su país por primera vez desde que fuera nombrado en el cargo en octubre de 2004. La visita, en la que estaba acompañado por su primer ministro, Ali Mohamed Gedi, recorrió distintas zonas del país pero no llegó a la capital, Mogadiscio, demasiado peligrosa para el presidente de Somalia. Esta paradoja no es sino una pequeña muestra de las contradicciones y dificultades en las que se encuentra inmerso Somalia, paradigma de estado fallido, o peor aún, un país sin Estado ni gobierno, un país en guerra desde hace más de catorce años, con un gobierno en el exilio en Kenia y controlado de facto por milicias armadas.

Bienvenidos al infierno

Situado en lo que se conoce como «el cuerno de África», Somalia es un pequeño y alargado país con casi 10 millones de habitantes. El clima desértico y la escasez de recursos merman las posibilidades de desarrollo de sus gentes. Sin embargo, ha sido una guerra fraticida la que ha destruido el país.

Somalia no conoce la paz desde que en 1991 el gobierno de Mohamed Said Barre fuera depuesto. Entonces se inició una guerra que ha causado cerca de medio millón de muertos. Ni los 13 procesos de paz abiertos hasta el momento, ni la presencia, entre 1993 y 1995, de tropas de la o­nU y de Estados Unidos han conseguido parar los enfrentamientos. De hecho, los norteamericanos retiraron sus soldados después de que todo el mundo pudiera ver por televisión cómo milicianos somalíes arrastraban los cuerpos de varios marines muertos por las calles de Mogadiscio. Por su parte, coches bomba, emboscadas y atentados de todo tipo acabaron con la vida de 140 cascos azules y obligaron a Naciones Unidas a retirarse.

Somalia es un país sin Estado ni gobierno. Eso significa que no existen colegios ni hospitales públicos y que las pocas infraestructuras que quedan son privadas y están lejos del alcance de la mayoría de la población. Resultado inevitable: según Naciones Unidas, Somalia tiene un índice de alfabetización del 13 por ciento, solo un 15 por ciento de los niños en edad escolar van al colegio y la esperanza de vida es de 47 años. Ejemplo de miseria y destrucción, Somalia es también un paradigma de lo que en su día predijeron los popes del mercado libre a ultranza. En efecto, allí la economía y el mercado fluyen sin las trabas e impedimentos del estado, nadie paga impuestos y no existen ministerios que entorpezcan la labor del capital. Y, efectivamente, la actividad económica, al menos en la capital, es frenética. El problema es que el vacío dejado por el Estado es rápidamente suplido por los señores de la guerra, auténticos dueños del país. Y ahí, ante la ausencia de cualquier tipo de orden legal, no existe alternativa: o se paga el canon de seguridad o negocio y negociante desaparecen de la faz de la tierra.

Campo de juego para los señores de la guerra

Sheik Hassan Dahir Aweys es hoy un mulá afable y serio. Asegura en una entrevista a la BBC que no dirige ninguna milicia y que su único cometido es asegurarse que la sharia guíe los destinos de su país. Sin embargo, Sheik se pasea por Mogadiscio en un convoy militar que incluye un vehículo dotado de artillería antiaérea. Y es que la capital de Somalia puede ser demasiado peligrosa, incluso para un hombre que dirige un ejército privado de varios miles de combatientes. No tantos en todo caso como Musa Sudi Yalahow, señor de la guerra con más de 10.000 hombres a su cargo. Ellos fueron quienes, según el enviado de la o­nU en el país, Wiston Tubman, convirtieron Somalia en un avispero de terroristas que utilizaron su territorio para preparar los atentados contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania (1998) y el atentado suicida contra un hotel de propiedad israelí en Kenia (2002). Por supuesto, en todo este tiempo, no han dejado de luchar entre ellos por el control del país.

Decimocuarta y última oportunidad

Esta situación ha empujado a cientos de miles de somalíes a abandonar su país. Se estima que el 25 por ciento de la población de Somalia se ha exiliado. Tal es la desesperación que miles de ellos se juegan la vida sólo para cruzar el golfo de Aden y llegar a la costa de Yemen. Pero la mayoría han optado por engrosar las listas de refugiados políticos en los países occidentales. Muchos esperan algún avance en el nuevo proceso de paz para volver a su país.

Por el momento, existen signos positivos y los más optimistas creen que este decimocuarto proceso de paz puede ser el definitivo. El presidente Yussuf, general de 70 años y originario de la región del norte, cuenta con el respaldo de las organizaciones regionales y de la o­nU y el reconocimiento de la mayor parte de sus conciudadanos. Además, la Autoridad Intergubernamental para el desarrollo (IGAD, organización regional formada por Yibuti, Somalia, Kenia, Eritrea, Etiopía, Uganda y Sudán) se ha comprometido a enviar una fuerza de paz que garantice la seguridad del gobierno una vez haya regresado de Kenia. Por su parte, jefes de la guerra de la importancia de Yalahow han prometido una retirada de sus tropas de la capital y han aceptado, al menos sobre el papel, la propuesta del presidente Yussuf para participar en la reconstrucción del país.

Ahora bien, la inestabilidad continúa. El gobierno del primer ministro Gedi fue sometido a una moción de censura el mismo día que tomo posesión, en diciembre de 2004; la comisión de la Unión Africana encargada de estudiar las condiciones para el despliegue de la fuerza de seguridad del IGAD fue recibida en Mogadiscio con un coche bomba. El viernes 10 de febrero una manifestación multitudinaria organizada por las fuerzas islamistas congregó en la capital a miles de personas en contra del proceso de paz. Por su parte, los jefes de la guerra no han prometido nada más allá de una retirada táctica y no parecen dispuestos a renunciar fácilmente al negocio que supone la destrucción de un país. Ahora mismo Somalia es un país que sólo existe en los mapas. Del desarrollo próximo de los acontecimientos depende su futuro y su ser o no ser ante lo que puede suponer su última oportunidad para recuperar su existencia.

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