Un Nieto Flemático

Un Nieto Flemático.

Repentinamente Alguien lo toma de los hombros y le azota un grito jabonoso sobre su rostro

¡Viva Pinochet! Brama la voz anónima, y le queda mirando interrogante.

Entre fatigado, poco ganoso, y con voz de vieja diabólica, pero que apenas se puede los pies, grita también, Viva Pinochet.

Su voz es una mezcla entre uña arrastrada por tambor quemado y oveja enferma.

El que inquirió con el primer grito pone cara de acidez vitalicia, y entre choqueado y condescendiente, grita con voz disminuida, un pequeño, viva. Y se escabulle por entre la multitud a paso raudo.

Su cara es un péndulo. Oscila entre la tristeza y la exaltación.

El calor le diseña el trópico en las axilas, el sudor agrega efectos sonoros cada vez que mueve los brazos.

Está es la quinta vez que entona el himno nacional, todos saben como empieza, pero nadie sabe en que orden van las estrofas siguientes. Los de voz de mando, arrean las demás voces bajo el estribillo de “Vuestros nombres valientes soldados” Y la espuma les salta de la boca a todos, y se humedecen la pera con la lengua.

Hay una pausa entre los adherentes, el mastica sus planes, lentamente. Tiene tiempo, ha estado en la fila que lleva hacia el ataúd de Pinochet por más de tres horas, sabe que le quedan por lo menos dos horas más.

Su rostro es un semáforo. Cambia desde el carmesí impotente y rabioso de sangre Marxista, va al verde militar marcial, magistral, magnifico, hasta el amarillo que se solapa entre los ricos.

Fija sus ojos en ese horizonte cercano, la puerta de entrada ya se divisa a lo lejos.

Mueve su cabeza en signo afirmativo una y otra vez, lentamente, y los ojos se le salen de sus orbitas y giran en torno al planeta donde habita su brillante idea.

¡El que no salta es de Izquierda! ¡El que no salta es de Izquierda! Grita la multitud, y el salta con cuidado tratando de no dejar caer la bolsa con ciruelas verdes y rojas que trae consigo.

Cuando se detiene el resorte de momios, derechistas, fascistas, gorilas y otras especies.

Mete su mano disimuladamente dentro de la bolsa y palpa las ciruelas.

Están gorditas, blandas y calientitas. Justo a punto para ser devoradas por un héroe anónimo.

La fila comienza a avanzar, le duelen los pies, la garganta le pica, ya ha cantado 26 veces la canción nacional y por supuesto ha tenido que gritar eufórico la parte de los valientes soldados ante la mirada inquisitiva de sus fortuitos acompañantes.

Necesita ir al baño no sabe como llamar a los que están a su alrededor para que le cuiden el puesto mientras el va y vuelve. ¿Compañero? No, suena muy de izquierda, ¿Camarada? Menos, suena medio ruso. ¿Compadre? Tampoco, suena muy confianzudo, ¿amigo? menos. ¿Socio? Eso sí, eso le gusta a los ricos, tener socios.

Socio, le dice a uno, ¿me cuida el puesto y voy de una carrerita al baño?

Pero por supuesto, exclama una voz refinada.

Camino al baño, observa a un hombre que vende agua mineral en botellas. Están heladitas grita el obrero del comercio minoritario.

Mientras atienden a otro cliente, otra ideota cruza su cabeza afiebrada.

¿Qué se le ofrece casero? Dice el vendedor ambulante.

-Dame 8 botellas, le dice resuelto. El vendedor lo mira como con un poco de rareza.

Después que le ha pasado las botellas, murmura a las espaldas de este. ¡La vidita que llevan estos ricos!

Hola, ¿se acuerda de mi? Claro, claro, adelante. Y el se vuelve a instalar en su puesto en la cola que conduce al cuerpo del general.

Lo miran entre ojos al pobre. Alguien le comenta al oído a otro que está en las cercanías. ¡Putas el güeón cagao! Una bolsa llena de refrescos y no ser capaz de convidar una.

No más de 300 metros lo separan del óbito militar.

Coge una ciruela y la empieza a masticar lentamente, como una vaca muerta de aburrimiento.

La sustancia viscosa se le adhiere a los dientes, a las encías y la lengua. Una jalea caliente le quema la boca y la garganta. Abre una botella del agua mineral y se traga el líquido con bronca hasta terminar de un solo intento el medio litro de agua pomposa.

Lleva comidas, ocho ciruelas verdes y dos rojas. Le quedan cinco botellas en la bolsa.

Sigue cantando, saltando y bramando al ritmo de la derecha. (Entendiendo cuantos importantes aportes musicales y artísticos la derecha ha entregado a la cultura del mundo)

Cien metros más y ya estará justo frente al capitán general. Cara a cara.

Pero el pavor, la vergüenza y el miedo lo hacen presa.

Ha sufrido más que camarógrafo de película porno en ese ambiente. Lo abordan las preguntas.

¿Y si fallo? ¿Y si no alcanzo? ¿Y si me demoro mucho en bajarme los pantalones? ¿Y sí sólo me bajo el cierre del pantalón y es justo ahí donde me dejan caer toda su molestia?

(En las copas de los árboles ve sentada una multitud, a ratos lo miran y le sonríen. Él también les sonríe suavemente. Y el gesto arbóreo de esos que ya no están, de esos que unos pocos ven, le dan fuerzas en su vigilia.

Piensa en esos peregrinos que ya han andado el camino de la muerte. En como fueron arrojados a la veda del camino como estorbos molestos.

Y camina sobre sus pasos perdidos, guiado por huellas que marcaron la historia.

Y mira con sus ojos la suave brisa que a ratos refresca el ambiente.

Nadie sospecha de él, nadie intuye siquiera que pudiese haber entremedio de ese acuario de pirañas terrestres un espíritu movido por el hilo conductor entre el rescate de la memoria y el respeto presente y futuro de los que ya no están. Un ser humano dispuesto a ser lapidado en su justa búsqueda de justicia.)

Y le pide al mismo hombre de antes que le cuide el puesto mientras va al baño.

Está vez si va, y deja caer las ciruelas en un tacho de basura. Y deja caer el agua de las botellas sobre el pasto.

Sentado en la taza del baño repasa sus planes. Las alternativas son pocas y todas peligrosas. ¿Qué hago? Se pregunta una y otra vez. No sí va a hacer algo. Eso lo tiene claro, lo que no tiene claro es qué.

Sus reflexiones son interrumpidas por el estornudo estomacal producido por el elixir a base de ciruelas que se ha comido.

Y entre espasmo y exhalación interna, fija los ojos en un mamarracho pegado a la puerta del baño y ve todo más claro.

¡Eso!, eso es lo que tengo que hacer.

Entre rápido y suertudo se hace de una taza de café. Y enciende un cigarrillo y lo fuma de tres piteadas. Y enciende el próximo con el mismo cigarrillo. Y toma el café a sorbitos pequeños y fuma y fuma y fuma.

Una voz inquisidora le dice que no fume tanto, que cuide su salud.

¡Lo necesitamos fuerte y sano amigo! Concluye la voz.

El sonríe con esa sonrisa de hemorroide secreto que ha tenido toda la tarde.
Y murmura para sus adentros. ¿Desde cuándo te interesan las demás personas hijo de una gran puta?

Y vuelve a fumar. Y chupa con bronca el tabaco hasta quemarlo en un santiamén.

Y se eleva una vez más el grito de;

¡El que no salta es de izquierda, El que no salta es de Izquierda!

Y él salta con una mano alzada y la otra aferrada a la garganta rascándose frenético. Como si le picara la planta del pie y estuviera con bototos de montaña plantado en algún bus repleto.

Y entre el calor, el manicomio itinerante que lo envuelve, el cigarro que le ara la tráquea ya ha atravesado la puerta de entrada y lentamente se ha situado hasta llegar a casi sólo un metro del ataúd del General.

Y una vieja arrendada para tales menesteres se echa a llorar casi sobre el delgado vidrio que separa al militar del gentío.

Y es su turno, por fin es su turno. Y levanta las cejas como si fuese el ganador de algún loto codiciado, abre la boca grande, inhala todo el aire de la sala, echa la cabeza hacia atrás y el oxígeno tragado va buscando entre los alvéolos, celdillas y toda la inmensidad de los pulmones su paquete escondido.

Las manos del aire inhalado arrancan una lapa mucosa adherida a las paredes de su espalda. Y primero el pollo trota, después comienza a tomar vuelo y comienza a correr y volar con todas sus fuerzas gelatinosas hacia el blanco elegido.

Una masa coloidal azota la ventanilla donde descansa Pinochet en su vehículo hacia el infierno. El ataúd tiembla hasta los cirios que lo adornan.

Un escupo chicotea la cara de Augusto, el escupitajo queda maquillando el cofre como una cicatriz de humor verde, negro y su poquitito de ciruela venida del sauna de su pecho.

Y ahí mismo lo levantan de una patada en la raja. Una de las viejas contratadas le aforra su charchazo en pleno hocico. Él cubre su boca en un gesto innato. Le llega su palmetazo en la oreja. Su combo en plena cabeza.

Y se transforma en pulpo pugilístico, y él también empieza a repartir sin discriminar a nadie su manotazo y su patadita huacha a los que pretenden quemarlo, lapidarlo, desollarlo, desmembrarlo.

La fuerza Militar intercede y le arrancan el conejo a un montón de lobos hambrientos.

Lo último que escucha es algo así como un “Muérete Comunista Conchetumadre!

Mientras algunos militares se ponen la servilleta al cuello para hablar con él, uno de los que está a cargo lo interroga.

¿Y eso? ¿Te volviste loco?

No, responde él. Pinochet Mandó a Asesinar a mis dos Abuelos!

El que está a cargo se arranca la servilleta del pecho, cierra los ojos y en un raro momento de debilidad, pide que lo escolten hasta afuera de las dependencias. Que se vaya, que no le hagan nada, pero que no vuelva.

Luego en la calle, grita a todo pulmón. ¡Bien! ¡Bien hecho Por las rechuchas!

Todo esto con aire de ventrílocuo, poco y nada le quedaba de voz.

Ochenta y cuatro veces alcanzó a cantar la canción nacional y la partecita esa de los valientes soldados y la cacha de la espada.

A pesar del cerco comunicacional y el alambre de púas que se erige en contra de la transparencia informativa, pudo ver relatada su hazaña por otros que no estuvieron allí.

Y se sintió feliz, orgulloso, satisfecho.

Su primer plan de auto-provocarse una diarrea apocalíptica y saltar a raja pelada frente al ataúd no hubiese sido el mejor plan. A poto pelado arrancando, como pobre imitador de Chaplín empelotas, las cámaras filmándole el culo y el empeñado en sentarse sobre el “ex-presidente” hubiese sido tanto bochornoso como peligroso. ¿Y si algún fascista le enterraba la bayoneta en el culo? ¿Quién carajo gritaría su nombre en alguna marcha de izquierda?

Después, el haber tratado de inflar la vejiga hasta casi hacerla explotar tampoco fue de las mejores ideas.

Bajándose el cierre del pantalón y enseñando su virilidad y apuntando cual cañón de ligamentos hacia la cara de Pinochet, tampoco era la mejor idea. ¿Y si algún fascista le cortaba el que te dije con algún sable militar? Sería el primer eunuco revolucionario de Chile.

La fama que adquiriría, poco y nada le serviría con alguna compañera impactada por tan noble acción.

Entonces, el escupo, el escupitajo, el pollo, la flema, la pantruca monstruo, era la mejor opción. Al final, en boca cerrada no entran moscas.

Su boca autografió la firma imborrable sobre el sarcófago de esa momia despreciable. Su boca no fue más que la opinión generalizadaza, no sólo de Chile, sino del mundo entero.

A veces despierta por las noches cantando la canción nacional. Se zamarrea un rato, se acomoda la almohada a la cabeza, hace unos ruiditos con la boca, traga saliva y se duerme tranquilo con una sonrisa acunando su sueño tranquilo.

Andrés Bianque.
Diciembre 15, mes del escupo y la sangre.
2006


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