Un mundo siempre hambriento

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Hace unos meses, el FMI publicó en su informe «Implicaciones distributivas de las reformas del mercado laboral: Aprendiendo de la experiencia de España», «que la Reforma Laboral de 2012 contribuyó a crear puestos de trabajo pero también a aumentar la tasa de pobreza entre los trabajadores. Una pobreza que condena a millones de personas». El Estado, en un esperpento macabro, lleva décadas diciendo a esos pobres: ¡Buena suerte, estáis por vuestra cuenta!

El neoliberalismo ha convertido el mundo en una gran masa uniforme de desigualdad. Todo para unos pocos y las sobras para el resto. La extrema riqueza «se ejercita en la bestia y empuña la cuchara dispuesta a que ninguno se le acerque a la mesa»*. Así es como actúa. 
 
Recuerdo como si fuera ayer, mi primer trabajo. Allá por el año 2003. Firmé un salario bruto anual de 10.200 €: 680 euros netos al mes en 14 pagas. 
En el año 2018, el Salario Mínimo Interprofesional era de 10.302,60 € brutos anuales. Si hace quince años ya daba para poco, es fácil imaginar lo que supone quince después. Un salario de vergüenza y miseria.
 
Decía Gandhi que «la pobreza es la peor forma de violencia». El SMI es violencia pura y dura en España. Las subidas de 2019 y 2020 lo han fijado en 13.300 €, 890 € euros netos al mes en 14 pagas. Que sigue sin cubrir las necesidades básicas de una persona. Con alquileres que se comen como mínimo el 60% del mismo. Pero según la CEOE y algunos empresarios, estas subidas llevan a la quiebra a las empresas. Esa opinión solo puede venir de «cerdos con un origen peor que el de los cerdos»*.
 
 
He trabajado en varias empresas de diversos sectores. Conozco el Estatuto de los trabajadores casi de carrerilla y numerosos convenios y pactos de empresa. Sé lo que supone contratar a un trabajador. Lo que cuesta más allá del neto que la empresa ingresa en su cuenta. Los seguros sociales, el IRPF, los cursos de formación, etc. Soy trabajador y me pongo en su lugar. Pero también he trabajado en departamentos de RRHH, administración de personal y financiero. Y sé lo que se mueve en una empresa.
 
Resulta curioso que hoy, en plena pandemia del covid-19, son los empresarios los que si solo abren a un tercio o la mitad de su aforo su negocio, no les llega para pagar los gastos. Millones de trabajadores llevan décadas trabajando por salarios con los que tampoco llegan a final de mes. Y a ellos no le influyó si había pandemias, crisis, recesiones, crecimiento o bonanza económica. Porque «los años de abundancia, la saciedad y la hartura eran solo de aquellos que se llamaban amos»*. 
 
Todos entendemos que las pymes y los autónomos lo están pasando mal, y que estos pequeños negocios se mueven sobre márgenes muy ajustados. También somos conscientes que los responsables de estos pequeños negocios buscan lo mejor para sus empleados en la mayoría de los casos. Empleados muchos de ellos, con los que comparten una relación de amistad y casi familiar. Pero nunca he entendido la manía del empresario de basar habitualmente sus problemas en los salarios de los trabajadores. Porque ese no es el problema. Precisamente que sus trabajadores lleguen a final de mes debería ser lo primero en lo que pensar para contratar a un trabajador.
Si los números del empresario no cuadran, quizá debiera revisar los problemas comunes que comparte con el trabajador. Altísimos alquileres de su vivienda habitual o en su caso del local de trabajo, precios de servicios y productos básicos muy caros, impuestos que no tienen en cuenta sus ingresos, etc.
 
Decía Nelson Mandela que la «pobreza no es natural, es creada por el hombre…Y erradicarla no es un acto de caridad, es un acto de justicia». La pobreza no se genera por combustión espontánea. Los pobres no nacen en los huertos ni en los sofás. Ni florecen en los árboles. «Mis trabajadores son contingentes, yo soy necesario». Gritaría extasiado el presidente de una gran multinacional. 
Sí, hay pobreza en los países del primer mundo que disponen de recursos suficientes. Su creador, sin duda, un sistema económico grotesco e inhumano.
 
¿Existen los caraduras y los parásitos? Por supuesto. Pero desde muchos sectores intentan hacer de la excepción la regla. Nos venden que si eres pobre es porque eres un vago, un «nini» o no tienes aspiraciones. Que no quieres trabajar o que quieres vivir del Estado. Algo que roza lo vomitivo cuando millones de personas trabajan a jornada completa por salarios de mierda.  
 
 
Y es que la cosa funciona así:
 
Gran empresa contrata a trabajadores y les paga el salario que aplica el Convenio del Sector según su categoría. Salarios ya de por sí bajos y que ni mucho menos cubren al coste de la vida.
Esa misma empresa, para ahorrar gastos, contrata a sus trabajadores a través de subcontratas. 
La reforma de 2012 de Rajoy daba prevalencia al convenio de empresa respecto al del sector. Por lo que, ¡voilá! Ese salario puede ser mucho más bajo, incluso directamente el Salario Mínimo Interprofesional. Dos trabajadores haciendo exactamente el mismo trabajo con distintos salarios.

Las empresas entendieron rápido el chollo. Y se lanzaron a lo barato. Pero sería injusto culpar solo a Rajoy y no entender que todo viene desde mucho más atrás. 
Zapatero y su Reforma de 2010, en pleno apogeo de la crisis, dejó la puerta entreabierta al permitir que la empresa pudiera acogerse al Convenio de Empresa en vez de al sectorial (previa negociación). También abrió la lata del despido del trabajador según porcentajes de bajas en el trabajo. Rajoy, dos años después, dio los pasos definitivos en cuanto a los convenios y en cuanto a despedir por bajas médicas justificadas.
 
Nada de esto es nuevo. Podemos mirar décadas atrás y recordar la Huelga General de 1988 contra la reforma laboral de Felipe González, denunciando que suponía un abaratamiento de los despidos y provocaba la proliferación de contratos basura en el plan de empleo juvenil. 
O el famoso decretazo de Aznar, tumbado meses después por el Tribunal Constitucional, en el que abarataba el despido o se imponían unas medidas muy controvertidas a los parados.
Todo esto hubiera sido imposible sin la ayuda inestimable de los representantes de los trabajadores, los sindicatos. Seguramente a la hora de negociar estas barbaridades estaban más centrados en  mariscadas, tarjetas y puticlubs, que en defender los derechos e intereses de los trabajadores.
 
La rueda se inventó hace miles de años. Cincuenta y cinco siglos después seguimos sin empujar todos en la misma dirección para que tome velocidad. Si se pagan salarios decentes, el trabajador mueve más y mejor su dinero. Come o cena más veces fuera, va más al cine, al teatro o a conciertos, renueva más su vestuario, etc. Las empresas incrementan sus ventas, incrementan por lo tanto también sus beneficios, y esto conlleva que tributen más a las arcas públicas. 
Los trabajadores que no llegan a final de mes son palos que bloquean la ruedas. Y son inadmisibles desde una visión económica. Pero ante todo social y moral. 
A día de hoy sabemos que el orden mundial no lo manejan políticos votados democráticamente en sus países. Que hay macrocorporaciones financieras con más poder en la toma de decisiones. «Nosotros no podemos ser ellos… los que entienden la vida por un botín sangriento»*.
 
Evolucionamos de la esclavitud al feudalismo. Y del feudalismo al liberalismo económico. Es decir, de comprar personas, a comprar su servidumbre para acabar comprando su tiempo a cambio de dinero. En la era postcovid-19, el siguiente escenario debe ser la compra del tiempo de un trabajador por un salario justo. ¿Es posible este nuevo escenario?
La extrema riqueza siempre lo impedirá, «ladran cuando el hambre se acerca a sus puertas»*, ya que son «tiburones con voracidad y diente, panteras deseosas de un mundo siempre hambriento»*
 
*Poemas Sociales, de Guerra y Muerte de Miguel Hernández.
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