Un historiador en Tel Aviv

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Por Iñaki Urdanibia

La vida de Shlomo Sand estuvo hondamente marcada desde su nacimiento, ya que sus primeros años los pasó en un campo de refugiados judíos, en Alemania; posteriormente sus padres emigraron a Israel con lo que él creció y cursó sus estudios, inicialmente al menos, en dicho estado . Con ocasión de la Guerra de los Seis Días, en 1967, fue movilizado y hubo de participar en la contienda como soldado. Fue a partir de entonces cuando su toma de conciencia acerca del comportamiento expansionista y colonialista de su país, y del despiadado trato que éste daba a sus vecinos-a muchos de los cuales habían birlado sus tierras lisa y llanamente- , le llevó a adoptar posiciones de izquierda radical y a militar por la defensa de la creación de dos estados que deberían mantener unas relaciones basadas en la confederación.

Sus estudios universitarios los culminó en París, concluyéndolos con un par de tesis: una sobre Jean Jaurés, dirigida por Madeleine Rébériopux, y la otra sobre Georges Sorel, teniendo como director a Georges Haupt ( a ambos dedica el libro que , de momento , es el último); precisamente fue él uno de los que relanzaron, recuperándola, la figura del último de los nombrados, hasta llegar a convertirse en un especialista indiscutible sobre el autor de « Reflexiones sobre la violencia». De vuelta en su país, su preocupación fundamental pasó a ser la de desenmascarar las ideas claves, ancladas en historias inventadas y míticas que tomaban alas a partir de supuesto textos sagrados, textos que por otra parte otorgaban supuestos , e irrenunciables, derechos sobre la tierra y sobre todo lo demás. En ese orden de cosas, dos son las obras esenciales que escribió sobre el asunto: « Comment le peuple juif fut inventé. De la Bible au sionisme» (Fayard, 2008), en la que desvelaba las falacias acerca de la identidad, pura –casi tanto que podría remontarse al ADN del mismísimo rey David-, del llamado pueblo judío, entidad, nacional y orígenes comunes inexistentes como tal, en su supuesta pureza y cohesión, ya que tal visión nacional ( de pueblo ) no tenía en cuenta la conversión masiva al judaísmo, en el siglo IX, del imperio jázaro ( conversión decretada por el primer convertido, el propio emperador, que la transformó en religión oficial), ni las que se habían producido en las orillas africanas del Mediterráneo; profundizando igualmente en la insostenible, y sin embargo sostenida a tanque limpio, reivindicación de una supuesta patria originaria, recurriendo para tal reivindicación de tierras y derechos a la mismísima Torá, hallando en su letra la Tierra elegida propiedad inequívoca del pueblo elegido, aspectos que Shlomo Sand desenmascara con indudable rigor en « Comment la terre d´Israël fut inventée. De la Terre sainte à la mère patrie» ( Flammarion, 2012); la impronta deconstructora con respecto a la historia oficial, provocó encendidas polémicas y el vacío en torno a dichas obras en los medios de comunicación, tanto de su país como de Francia, en donde, tras el boicot inicial, la primera de las obras nombradas alcanzó notable éxito y fue premiada con alguno de los galardones más prestigiosos del Hexágono ( Prix Aujourd´hui 2009 ); más tarde, todavía, continuó su tarea hurgando en un par de textos . de Ernest Renan, subrayando el papel esencial que éste jugó en la creación de la expresión pueblo judío . Esta tendencia crítica, contracorriente y desmitificadora le ha valido numerosas críticas entre los defensores del credo ( sionista ) ortodoxo y ha supuesto que se le encuadre dentro de la corriente conocida como de los nuevos historiadores o historiadores postsionistas, considerados como auténticos traidores.

La lectura de su obra más reciente es un cúmulo de datos, de teorías, de nombres propios y visiones sobre esa cosa llamada historia: « Crépuscule de l´histoire » ( Flammarion, 2015); « los libros precedentes, los he escrito para laicizar, un poco, la mirada mitológica nacional sobre esta tierra en la que he vivido la mayor parte de mi vida, y que me resulta muy querida. Escribo el presente relato con el fin de laicizarme a mí mismo, para desprenderme de mis últimas ilusiones profesionales » . Vaya por delante que la empresa es de las que ha de ser abordada con papel y lápiz ya que la amplitud cronológica de lo abarcado es vasta y las incursiones sobre la actualidad son frecuentes ; a lo dicho ha de sumarse el modo de hacer del profesor de historia, mirar la historia à rebours-por emplear la expresión de Marc Bloch- , tomarse la historia como una escalera que no es únicamente unidireccional (de abajo arriba, sino a la que se puede aplicar el principio de reversibilidad), y no a modo de acumulación de capas arqueológicas que van de abajo a arriba, hasta la culminación en la .actualidad; algo similar a escribir la historia a contrapelo que diría Walter Benjamín, « he aprendido a leer la historia intelectual retrocediendo hacia atrás, y no siguiendo la progresión del tiempo; dicho de otra manera , no de Rousseau a Robespierre, de Marx a Lenin, de Sorel a Mussolini, o todavía, más tarde, de la Biblia al sionismo, sino al contrario…». La historia como flecha, que avanza en continuo progreso, y que se puede aprehender con un certero retrovisor ( como le dijese un alumno: éste está cuarteado y perteneciendo a un coche sin frenos), con un centro de gravedad privilegiado situado en Occidente, más en concreto en Europa, son los dogmas que Sand no acepta de ninguna de las maneras,, junto a las rígidas periodizaciones heredadas ( en cuya consolidación no jugó un papel menor la clasificación marxista, como Sand lo deja ver con extensión), manifestándolo, alto y claro , desde las líneas iniciales. Otro de los aspectos esenciales de la obra es que el autor se desnuda, y va señalando con una detallada mirada diegética, los pasos que ha ido dando a lo largo de su vida y los cambios que los diferentes autores, conocimientos y realidades han supuesto en su concepción de la historia, lo que hace que el resultado sea, cuando menos, doble: por una parte, seguimos su trayectoria intelectual y por otra recibimos un amplio conjunto de medidas lecciones sobre los cambios que se han ido dando en el campo de enfocar la historia, en lo que hace al oficio de historiador y a las diferentes corrientes y concepciones que se han ido plasmando a lo largo de los tiempos; muy concretamente en los vaivenes que se han producido mientras él cursaba sus estudios y especialización.

Shlomo Sand comienza deteniéndose en un par de acontecimientos que influyeron decisivamente en su trayectoria en relación con el oficio de historiador. La primera, es una conferencia de Isaiah Berlin a la que asistió en 1973. En ella el viejo profesor venía, al hilo de los episodios de violencia estudiantil que sacudían algunas ciudades del Viejo Continente, a fijar su mirada en las ideas, y en la trayectoria política de Georges Sorel, manteniendo que , con otras palabras, los extremos se tocan y que el ejemplo de Sorel era paradigmático: ya que, según el viejo profesor, habiendo iniciado su andadura en posiciones marxistas, de izquierda, acabó cantando loas al duce Mussolini; el segundo episodio, fue a comienzos de los años noventa, cuando de regreso a París, aprovechando un semestre sabático, su antiguo profesor Jacques Julliard le invitó a encontrase con François Furet. El especialista en la Revolución francesa, recabó información sobre Sorel, para el libro que estaba preparando ( Le Passé d´une illusion. Essai sur l´idé communiste au XXe siècle ) ; cuál no sería la sorpresa del informante ( me refiero obviamente a Sand) cuando leyendo el libro vio que Furet no había tenido en cuenta ninguna de las informaciones que él le había proporcionado y que al contrario había recurrido, privilegiándolos, a textos secundarios debidos a un periodista de derechas, marginal, que respondía al nombre de Jean Variot. Los dos encuentros señalados marcaron de manera decisiva el futuro del profesor, al constatar que la ideología política, y hasta el recurso a las mentiras , a las tergiversaciones flagrantes y a las visiones francamente escoradas, tenían presencia esencial a la hora de escribir la historia, además en algunos de los pesos pesados de la materia, ello le hizo rebelarse e interrogarse acerca de la hipotética necesidad de un juramento hipocrático por parte de los historiadores que viniese a sostener, en paralelo al juramento de los galenos: en primer lugar, no hacer daño.

A partir de ahí , Sand expone sus reflexiones y virajes en cuatro partes a cada una de las cuales le sirve de catapulta una situación personal y profesional determinada : la primera ( Défaire le mythe des origines ), tuvo lugar en la universidad de Tel Aviv, siendo él estudiante, al comprobar que tanto en lo que hace a cómo se dividía la materia el programa como a los diferentes departamentos de la facultad , que respondían a unos criterios clasificatorios de las ramas de la historia de una manera un tanto extraños, por no decir tramposos. Esto le condujo a alimentar sus primeras inquietudes acerca de las relaciones entre el espacio y el tiempo y entre Oriente y Occidente. De este modo, su primer trabajo va a consistir en descentrar el eurocentrismo, que vendría a suponer que en el principio fue Europa, para dirigir su mirada hacia el Este , hacia las orillas de los ríos, allá entre el Eufrates y el Tigris, el Nilo, lugares en los que se conocen los primeros pasos del homo faber, y sus inventos con fines de irrigación y cultivo; estas iniciales civilizaciones hidráulicas se expandieron hacia las sociedades mediterráneas, y con las variaciones correspondientes, dependientes del clima y la tierra, ampliaron su presencia hasta el norte europeo. No faltan lúcidas variaciones sobre la invención de la denominada Antigüedad y una visita a las civilizaciones griegas y romanas y sus sucesoras: las sociedades feudales y la posterior modernidad industrial. Cada capítulo contiene una Nota Bene final con sabrosas reflexiones, en la de éste se detiene en la enseñanza laica que mamó, y en la que las fuentes eran Abraham y Moisés, y que le supusieron entrar – vía la historia imaginaria y mitológica- en el seno del pueblo elegido, cuyos orígenes se hundían en la noche de los tiempos.

La segunda ( Échapper à la politique?)se produjo en las aulas de la parisina EHESS ( École des hautes études en sciences sociales), en donde estuvo completamente seducido por las corrientes de la historia centradas en lo cultural y en el campo de las mentalidades. Como si se hubiese dado un ramalazo de pudor ( como dirían en otro terreno Alessandro Dal Lago y Pier Paolo Rovatti)se dio en el campo de la historia un abandono de los tiempo largos para ceñirse a lo micro; eran los años en que la, llamada nueva historia copaba el panorama académico, dominaba el espíritu de los Annales ( por la senda de Braudel, Bloch, Fébvre …) quienes comenzaron a convertirse en objeto de cita obligada, por parte de los seguidores de dicha pista, entre los cuales Jacques Le Goff y Pierre Nora. Enfoques propios de la postpolítica, que abundaba en las obras avanzadas, ya anteriormente, de los Huizinga, Bloch, …Los pasos se encaminaron por los lares del estudio de las mentalidades, de lo cotidiano, del estructuralismo y de las narraciones centradas en personajes y asuntos olvidados ( Philippe Ariès, Emmanuel Le Roy Ladurie, Carlo Ginzburg, Georges Duby o Michel Vovelle, por citar unos cuantos); ya en los años ochenta se abrieron las puertas a unas tendencias volcadas en la memoria y en la nostalgia ( significativa resulta la coincidencia en la aparición de la película, Shoah, de Claude Lanzmann). La Nota Bene con la que concluye este viaje por las tendencias dominantes en el estudio de la historia de aquellos años, muestra su desacuerdo con las leyes instauradas tanto en Israel como en Francia que condenan las posturas negacionistas…ya que él piensa que « el combate contra aquellos a los que se ha convenido en llamar “ negacionistas” o “revisionistas” , aun tratándose de marginales y que no se cuente entre ellos, ningún historiador de oficio, de debe efectuar a plena luz del día y libremente, en la plaza pública; dicho de otro modo, en un marco cultural y pedagógico. Y si el monopolio de la verdad no se debería delegar en los historiadores, menos todavía debería dejársela recaer en manos del Estado»; en este terreno el empleo de dos varas de medir por parte de las leyes israelitas es puesto al desnudo, ya que las prohibiciones van dirigidas fundamentalmente a las celebraciones memorísticas árabes y palestinas ( del mismo modo que se borraron sus originales toponimias en los mapas oficiales del nuevo estado). Ellos, los gobernantes sionistas, que se presentan como el ejemplo de las víctimas par excellence, solamente se acuerdan de su dolor y de sus víctimas, los otros -los palestinos, muy en concreto – no tienen ni dolor, ni víctimas, ni memoria, ni derecho al recuerdo.

La tercera ( Sonder la vérité du passé ) , ya de vuelta a la universidad de Tel Aviv, ya como profesional diplomado, se despiertan sus primeras reflexiones críticas acerca del lugar de la historia en tanto que ciencia y sobre su uso político-nacional desde su creación a finales del siglo XIX. El despertar le viene al ver lo castrado de los planes de estudios históricos, el uso descarado de la historia como instrumento de combate político-literario. Si bien este cariz destaca sobremanera en su país, tal utilización de la historia no es nueva, y para mostrarlo Sand vuelve la vista atrás: y nos introduce en los pagos de los mitos y leyendas primitivos, en los escritos de Homero, Heródoto, Tucídides, Polibio,… para mostrar cómo la historia se convertía en arma fundacional y cómo, por otra parte, quienes la escribían lo hacían generalmente desde arriba ( en lo social y en lo político). Siglos más adelante surge la historia como disciplina profesional ( los historiadores prusianos jugaron un papel esencia, y entre ellos Ranke) y ésta invade otros campos al ser considerada como objetiva y científica ( los casos de Auguste Comte, Karl Marx o Herbert Spencer son paradigmáticos, ya que en sus obras la historia juega un papel esencial)…hurga por los pagos del positivismo histórico para concluir subrayando el papel de la historia en la invención de los pueblos. Cierra el capítulo mostrando los planes de estudios históricos en Israel, sus limitaciones y sus construcciones mitohistóricas.

La cuarta ( S´eloigner du temps national) se detiene en los giros que conoce la disciplina en la actualidad, reflexionando sobre la pérdida de confianza en el poder de las palabras para representar “las cosas”, lo que le provoca, entre otros motivos, un creciente malestar con respecto a su profesión. Son los estudios de Anderson, Gellner y Hobsbawm sobre los nacionalismos los que le condujeron a quebrar sus esquemas , giro ayudado por los aires de los tiempos: el relativismo ( Nietzsche, Croce- y la historia como un arte-, Foucault, Barthes…), el peso de lo subjetivo en Edward Carr, y lo intempestivo de la obra de Paul Veyne ( capítulo aparte merece White y su decisivo estudio de las diferentes estrategias narrativas ).

Ya volcado en la actualidad, destaca un par de debates que están muy en boga: el del lugar del crimen ( señalando el posible parentesco entre la labor de los historiadores y de los detectives a la hora de hallar pruebas que demuestren los hechos narrados) y el trucado, muchas veces, debate acerca de la Shoah ( holocausto), con sus falsarios y los detractores de estos .

Al final, vuelve a ciertas ideas de Sorel( diremption = ruptura, quiebra) y le acompaña con algún concepto debido a Max Weber ( Idealtypus); ambos ensayistas llegaron a conclusiones parecidas a principios del siglo pasado, y a pesar de las contradicciones que se dan en sus respectivas obras, tienen gran importancia para adoptar cierta distancia sobre el objeto de estudio: puntualizando ambos el estatus de ciencia de dicha disciplina, resultando que sus postulados, aun resultando inciertos, pueden servir bien como acompañantes a la hora de dedicarse a los estudios históricos.

La clarificadora peregrinación finaliza mostrando el panorama de los estudios postsionistas, y los pesados lastres con los que tropieza; refiriéndose a su caso personal y a la imposibilidad de « dedicarse a impartir clases sobre el pasado judío, sionista e israelita, en paralelo a los cursos sobre historia europea»; explica los dos motivos fundamentales: porque, por una parte, no se lo habrían permitido y por otra razón más prosaica: « con las conceptualizaciones, las obras de investigación, y los métodos de enseñanza existentes hoy en día en Israel, no habría podido hacerlo sin reírme permanentemente, y sin, quizá, también, verter alguna lágrima».

Decía Hobswam que «los libros que combinan la pasión y la erudición no cambian las situaciones políticas, pero si lo hicieran, éste debería considerarse un hito »; el libro de Shlomo Sand supone un foco clarificador sobre la historia ( y la historiografía), su tratamiento y sobre algunas cuestiones de rabiosa actualidad política, académica e ideológica.

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