Un fantasma recorre el mundo, la “uberización”…

Por Roberto Laxe

El concepto de “uberización” hay que rechazarlo pues solo viene a echar más leña al fuego del desclasamiento social. Sólo rompiendo con él, la clase obrera podrá establecer alianzas con otras clases, o sectores de ellas, sin rebajar ni un ápice sus reivindicaciones y alternativas sociales independientes.

Por Roberto Laxe

O así lo piensan todos los impresionistas del Estado Español (y no sólo), que son legión, que confunden relaciones sociales con sus formas jurídicas; y se creen a pies juntillas la tontería esa de que cambiando un nombre se cambia la forma de explotación y el sistema en el que se sostiene.

 

Las teorias pos modernas

El modelo económico de explotación capitalista surgido de las cenizas de la II Guerra comenzó a dar síntomas de crisis en los años 60, manifestado en el crack del 67 y sobre todo en la llamada crisis del petróleo de los 70. Una crisis económica tan profunda tiene inevitablemente consecuencias sociales; y en ese cuadro estallaron el mayo del 68, el octubre rojo del 69 en Italia, y todas las revoluciones que se dieron en los 70 (Vietnam, Chile, Portugal, Irán, Nicaragua,…), además de la caída de dictaduras emblemáticas como la del Estado Español o Grecia. El terremoto político económico se llevó por delante, primero a De Gaulle y después al presidente Nixon.

El modelo productivo post II Guerra, el Estado del Bienestar, era una mezcla de conquistas obreras y concesiones burguesas, que se caracterizaba por una gran estabilidad en el empleo y en unos servicios sociales igualitarios, junto con una política fiscal progresista. Este trípode le confería una gran estabilidad al sistema. Las sacudidas del crack del 67 y la posterior crisis del petróleo demostraron que “nada dura para siempre”, y menos la estabilidad burguesa. Más tarde o temprano las crisis acechan y estallan.

Los despidos y los cierres de empresas comenzaron a ser la norma en todos los países imperialistas, en los EEUU, en Gran Bretaña, en Francia, en Alemania, en Italia, en Estado Español,… hasta llegar a los llamados “cinturones del óxido”, solo tapados hoy por museos del acero, de la minería o de lo que se quiera. Ciudades otrora industriales como Detroit, Pittsburg, Sheffield, Lille, Bilbao, Gijon, Ferrol, … o la cuenca del Rhur, son fantasmas de ese pasado obrero.

Las deslocalizaciones se comenzaron a suceder; se montaron maquilas en media América Latina. China, y después toda Asia, se convirtieron en la fábrica del mundo… La clase obrera europea y norteamericana comenzaron a perder peso social en la economía capitalista, y con él retrocedieron políticamente. En los años 60, premonitoriamente a este proceso, en Francia surgió una corriente del pensamiento alrededor de los llamados “nuevos filósofos”, Andre Glucksmann, Alain Touriane o Bernard Henri Levy, que comenzaron a teorizar la “sociedad post industrial”, “el adiós al proletariado”.

Estas teorías engarzaron perfectamente con el neoliberalismo que en los 70 y 80 comenzó a hegemonizar el pensamiento, no sólo de la derecha, de donde procedían, sino de toda la izquierda, desde la vieja socialdemocracia hasta amplios sectores del marxismo entraron por el aro del “adiós al proletariado”. La clase obrera como sujeto social iba desapareciendo del horizonte de la transformación social, y el empoderamiento individualista que la pos modernidad fomentaba, como versión “progresista” del neoliberalismo, comenzó a sustituir a la visión colectiva, socializadora, de la clase obrera a todos los niveles; desde el mundo del trabajo hasta la familia, que vuelve a ser en el ideario pos moderno lo que era para la iglesia católica, la celula básica de la sociedad.

La restauración del capitalismo en los estados “obreros” vino a certificar ese “adiós al proletariado”, y Fukuyama escribió el epitafio: “el fin de la historia”. Los medios de comunicación se pusieron a la tarea de “matar el socialismo”, como cumbre del desclasamiento de la sociedad comenzada en los años 60 por los “nuevos filósofos”. La llamada “uberización” de las relaciones laborales es el último hito de esta corriente de pensamiento.

 

La última fase del desclasamiento social

Desde que en los 60 se dijera “adiós al proletariado”, a cada cambio en la forma jurídica de las relaciones sociales de producción, se le ha puesto un nombre. Fueron las ETTs, el precariado, el “sector servicios” frente a la industria, donde se encuadraban a trabajadores / as que no son de servicios; fueron las “multitudes” de Negri,… y ahora la “uberización” de la economía.

Todas estas teorías tienen dos fallos fundamentales al servicio de las políticas interclasistas de “radicalización de la democracia”. Uno, olvidan que el Estado del Bienestar, y la estabilidad en el trabajo (así como las conquistas sociales que llevan aparejadas), son una excepcionalidad histórica y geográfica. El Estado del Bienestar es un fenómeno surgido de la gran devastación social que fue la II Guerra; antes no existía, y es fundamentalmente europeo. Antes de esa destrucción masiva de fuerzas productivas (millones de seres humanos muertos) todo era “uberización” de la economía, solo que la plaza del pueblo real donde el patrón contrataba, era el “plaza del virtual” actual de la aplicación informática por la que contrata. La “uberización” actual es el fin del camino comenzado en los años 70/80 por el neoliberalismo, de destrucción de las conquistas obreras y sociales de la Post guerra.

Dos, confunden el cambio en la forma jurídica de las relaciones sociales, con el contenido mismo de esa relación. Se le llame como se le llame, precariado, sector servicios, ETTs, “multitudes”, “uberización”,… el fondo sigue siendo el mismo, la mayoría de la población activa a nivel mundial (el 70% según la OIT) venden su fuerza su fuerza de trabajo por un salario, su mercancía es su capacidad de producir. No venden el producto de su fuerza de trabajo por un precio, es decir una mercancia, sea un producto de artesania, sea un “carrera” de taxi, sea el servicio de un abogado.

Esta diferencia es cualitativa puesto que modifica los objetivos y las exigencias de uno y otro sector. En su lucha por la cuota de mercado, “los autónomos -no los falsos autónomos- tienen como reivindicaciones las mismas que cualquier otro burgués (grande o pequeño), reducir los costos de producción de las mercancías que, en su caso y por el escaso papel que el trabajo asalariado cumple en sus beneficios (en muchas ocasiones el individuo autónomo trabaja más que nadie), suele traducirse en la exigencia del abaratamiento de mercancías dominadas de forma monopolística por grandes consorcios o en una reducción de los costes financieros de los préstamos (bajadas de tipos de interés, créditos blandos, reducción de las cargas fiscales), que provoca choques con los gobiernos y los consorcios“ (La Alargada Sombra de Seattle, 2001, R. Laxe, Rebelión).

Antes de que las teorías pos modernas desclasaran a la sociedad, la alianza entre la clase asalariada y los pequeños empresarios existía; todas las revoluciones desde la de Octubre se hacen bajo esta alianza entre los obreros y obreras con sectores pobres del sociedad, campesinos centralmente. Pero la diferencia de clase estaba clara; era una alianza entre dos clases que se reconocían como tales. De hecho, en ocasiones esta alianza se rompía con efectos nefastos para la revolución, puesto que los sectores pobres, pequeño burgueses de la sociedad, no tienen un proyecto social propio, o apoyan a la clase obrera (a la que en muchas ocasiones desprecian) en el camino de la liberación social, o se convierten en la mano de obra del capital (al que odian) contra la clase obrera, siendo la base social del fascismo.

A consecuencia del desclasamiento brutal que la sociedad ha sufrido todos estos años, atraso al que han colaborado, y colaboran la intelectualidad que se autocalifica de marxista, lo que era una alianza consciente de clases sociales (clase obrera y pequeña burguesa, autónomos, etc.), hoy es un batiburrillo social informe, donde bajo el rótulo de “trabajadores” se incluyen a todos los que “trabajan”. De esta manera, cualquier pequeño empresario que trabaja, que saca adelante su empresa, aunque no tenga asalariados / as, … se le considera parte de la “clase trabajadora”. Los únicos que no lo son, los especuladores, los grandes banqueros, los grandes empresarios… la “oligarquía”. Un viejo concepto que permitió las politicas interclasistas a lo largo de decenios: contra la “oligarquía” unidad anti oligárquica, que viene a ser la traducción dentro de un estado de la interclasista “unidad antiimperialista”.

La burguesía, sea pequeña, grande o mediana, deja de ser una clase que se basa en la propiedad privada de los medios de producción, distribución y financieros (o sus gestores), para transformarse en dos clases, una la oligarquía, que es el enemigo de toda la sociedad, y los demás, asimilados a los y las asalariadas.

 

En conclusión

Las consecuencias políticas de esta teoría son más que obvias; al disolver las fronteras de clase entre los asalariados / as y la pequeña y mediana burguesía, considerándolos a todos “trabajadores” frente a la gran oligarquía, se disuelven las reivindicaciones de los asalariados / as frente a sus patronos. De la misma manera que en un frente popular son los representantes de la pequeña burguesía los que impiden que la clase obrera ponga al frente sus propias reivindicaciones, al servicio de la “unidad” y la “transversalidad”, cuando la clase obrera se disuelve en ese concepto abstracto de “trabajadores” sus reivindicaciones desaparecen. ¿Cómo en la lucha contra la “oligarquía” se va a pensar en salarios o jornada laboral, cuando lo que hay que defender, primero, es la empresa, su mercado que es su futuro?

Como el poder de despedir de un pequeño empresario es tan real como el del grande, está claro que los asalariados / as de la pequeña y mediana empresa no se van a enfrentar a ellos, y se engarza con la ideología dominante burguesa, en la que se apoya ese pequeño empresario; la hegemonía en un movimiento “transversal” (interclasista en términos marxistas) va a estar en manos de las organizaciones de pequeño burguesas (llamadas “sindicales”, pero en realidad patronales), donde propuestas de colectivización de la tierra (ganaderos), de nacionalización de servicios públicos (transporte), etc., les suenan a “comunismo”; y ellos si algo no son, es “comunistas”.

El concepto de “uberización” hay que rechazarlo pues solo viene a echar más leña al fuego del desclasamiento social. Sólo rompiendo con él, la clase obrera podrá establecer alianzas con otras clases, o sectores de ellas, sin rebajar ni un ápice sus reivindicaciones y alternativas sociales independientes. Cualquier otra perspectiva las convierte en mano de obra de una de esas fracciones del capitalismo, sea su versión pequeña, mediana o grande. La visión de clase de cualquier conflicto social es incompatible con el batiburrillo teórico introducido por la pos modernidad y el pos marxismo.

 

 

Corriente Roja

 

 

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