Un documento para opinar y cuatro preguntas a responder

Hoy, temprano, leí El parto de los montes, la nueva Reflexión del Comandante en Jefe, Fidel Castro. Confieso que desde ayer la estaba esperando como lógica continuidad de: La reunión de Washington.

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En El parto de los montes, casi al final, Fidel escribe: “Ahora les corresponderá a los teóricos de izquierda y&nbsp de derecha opinar fría o acaloradamente sobre el documento”. Antes, había invitado a responder cuatro preguntas claves como punto de partida para iniciar el debate:

·¿De dónde saldrían tantos dólares, euros y libras esterlinas como no fuera endeudando seriamente a las nuevas generaciones?

·¿Cómo se puede construir el edificio de la economía mundial sobre billetes de papel, que es en lo inmediato lo que realmente se pone en circulación, cuando el país que los emite sufre un enorme déficit fiscal?

·¿Valdría la pena tanto viaje por aire hacia un punto del planeta llamado Washington para reunirse con un Presidente al que le quedan sólo 60 días de gobierno, y&nbsp suscribir un documento que ya estaba diseñado de antemano para ser aprobado en el Washington Museum?

·¿Tendría razón la prensa radial, televisiva y escrita de Estados Unidos al no concederle atención especial a ese viejo rejuego imperialista en la cacareada reunión?

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En su Reflexión, Fidel valora la Declaración Final de la Cumbre del G20 y destaca en ella varias características:

·Lenguaje tecnocrático, inaccesible para las masas.

·Pleitesía al imperio, que no recibe crítica alguna a sus métodos abusivos.

·Loas al FMI, Banco Mundial y las organizaciones multilaterales de créditos, engendradores de deudas, gastos burocráticos fabulosos e inversiones encaminadas al suministro de materias primas a las grandes transnacionales, que son además responsables de la crisis.

·Aburrida, plagada de lugares comunes.

·No dice absolutamente nada.

·Fue suscrita por Bush, campeón del neoliberalismo, responsable de matanzas y guerras genocidas, que ha invertido en sus aventuras sangrientas todo el dinero que habría sido suficiente para cambiar la faz económica del mundo.

·No se dice una palabra de lo absurdo de la política de convertir los alimentos en combustible que propugna Estados Unidos, del intercambio desigual de que somos víctimas los pueblos del Tercer Mundo.

·No dice nada sobre la estéril carrera armamentista, la producción y comercio de armas, la ruptura del equilibrio ecológico, y las gravísimas amenazas a la paz que ponen al mundo al borde del exterminio. Sólo una frasecita perdida en el largo documento menciona la necesidad de “afrontar el cambio climático”, cuatro palabras.

·No fueron rozados ni con el pétalo de una flor los privilegios del imperio.

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Quien disponga de paciencia, dice Fidel al final, “para leerlo desde el principio hasta el final, podrá apreciarse cómo se trata simplemente de una apelación piadosa a la ética del país más poderoso del planeta, tecnológica y militarmente, en&nbsp la época de la globalización de la economía, como quienes ruegan al lobo que no se devore a la Caperucita Roja”.

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Pienso que no solo los teóricos de la derecha y la izquierda deben opinar; creo que los jefes de gobiernos presentes y no presentes en la Cumbre y sus asesores también deben emitir opiniones; del mismo modo en que nosotros, simples mortales afectados por tales decisiones, tampoco nos podemos quedar callados y con los brazos cruzados.

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