Un buen poeta

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Por Jose Luis Merino

El reciente libro del poeta Javier Aguirre Gandarias (Bilbao, 1941), se titula La energía del aire. Lo ha editado Pamiela.

Llevo alrededor de cuarenta enfelizados años leyendo al poeta bilbaíno. En ciertos momentos, ya lejanos, venía a la librería donde yo trabajaba, para darme noticia de su último poema. Mientras me lo leía, con su voz de hierro, en esos instantes iba yo como por el mundo.

A lo largo del tiempo, y ya desde el primer día, el poeta buscaba, con ardor y fulgor, la palabra precisa-justa-necesaria que diera sentido a sus poemas. En este último libro, la instancia poética ha cambiado. Cuanto poetiza discurre por derroteros variopintos. Lo mismo salta a la página una antología de flores sonrientes, como delirantes esbozos oníricos, pasando por dilatados juegos de perplejidades y ternuras del color del viento. Todo ello untado con la mermelada del mejor humor. Y digo más: si antes, las palabras se le resistían, ahora, las palabras van a comer a su mano. Otro rasgo de cambio viene al cortar de golpe los finales de algunos poemas, dejándolos inacabados, para que vayan rodando libres por el mundo.

Lo que fue otrora pura zozobra poética, en el decurso de estos últimos años se ha tornado en una estimulante manera de vivir. El hombre que nos ocupa vive en un territorio próximo a la sabiduría. Lo dice mejor el poeta Wallace Stevens: El poeta es un dios, el joven poeta es un dios. El viejo poeta es un vagabundo.

De los buenos poetas de Bilbao, ya muertos, me quedo con Miguel de Unamuno, Juan Larrea y Blas de Otero. Y de los buenos poetas bilbaínos vivos, con Javier Aguirre Gandarias. No podía ser otro.

 

***

 

He recorrido, a paso lento, todos los libros de Javier Aguirre Gandarias. Estos son algunos, sin orden de prelación: Del bosque y del olvido, Sumar y restar, Otra edad, Sal despacio, Arena, El día y la noche, Música del río, Soles…

En cada uno de ellos siempre me ha parecido escuchar la advertencia whitmaniana Esto que tocas no es un libro. Esto que tocas es un hombre.

  Tomo uno de sus libros. Lleva por título Música del río (Editorial Pamiela). En él se desliza el poema i de Libe. El poeta le da cuenta a una niña, su hija Libe, de algunos de los secretos de la Naturaleza, donde lo que ahora se escinde, aparecerá más tarde. Al final del poema, el poeta pone en la página un conmovido futurible:

No pienses que ya no estaré aquí. / Un día, aunque oculto, también mi corazón / latirá, cuando tus ojos se iluminen / y en tus labios salte la risa del amor, / porque yo estaré allí, aguardando tu risa / y sin dejar nunca de amarte, aunque oculto, / en lo claro de la piedra.

Nada más leer el poema, llamé a Javier. Yo sabía que Libe era su hija. Pero los lectores, no. De saberlo, el poema adquiriría un sentido más profundo y emotivo, además de alcanzar una mayor resonancia poética. El aludido se limitó a esbozar una candorosa sonrisa, como un leve fulgor que pasa. No quise insistir. Sabía que solo a él le importaba saber quién era Libe.

 

[En 1991, la Universidad del País Vasco edito Soles, una antología de su quehacer poético] [En la década anterior, mantuve en San Sebastián un encuentro con el poeta de la Generación del 27, José Bergamín. Tres días después, me dijo Bergamín que le habían gustado mucho los poemas de mi amigo. Lo consideraba un buen poeta. En otra ocasión, contaré lo acaecido en aquel memorable encuentro] [Para dar su currículo a los editores, el poeta bilbaíno señalaba la enfermería como su profesión habitual. Pasaba por alto añadir que era licenciado en Ciencias de la Información. Por cierto, nada más acabar la carrera, me ofrecí para que pudiera colaborar en los medios de comunicación en los que yo merodeaba. Declinó. Temía que la prosa pudiera contaminar su poesía]

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