Último escrito del marxista Erik Olin Wright acerca de su inminente muerte acaecida este 23 de enero

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Parece del todo banal quejarse por la ineludible disipación de mi polvo de estrellas en el polvo cósmico después de haber vivido 72 años en esta extraordinaria forma de existencia que solo unas muy pocas moléculas en todo el universo llegan a experimentar

Sobre mis últimas semanas

Ayer me sometí a una biopsia para ver si había algún indicio de regeneración en mi médula ósea. Por desgracia, no lo hay. Mi médula ósea está prácticamente vacía y las células que quedan son, en gran parte, blastos. La doctora Michaelis me dijo que, aunque elimináramos los blastos, seguiría estando demasiado débil como para plantearnos otro trasplante. El trasplante está descartado y esta ha sido siempre mi única esperanza. Lo único que me mantiene con vida en estos momentos son las transfusiones de sangre de glóbulos rojos y plaquetas. La totalidad de mis plaquetas y glóbulos rojos procede de donantes, de transfusiones de sangre normales. Por desgracia, y por la naturaleza de la enfermedad, poco a poco el hígado va “comiéndose”, por utilizar la expresión de la doctora Michaelis, estas transfusiones y los beneficios obtenidos de las mismas son cada vez menores. Llega un momento en el que ya no hay beneficio alguno. Te hacen una transfusión, pero los niveles de hemoglobina no aumentan. Y, cuando esto ocurre, ya no es posible prolongar la vida. Así que, básicamente, conforme te acercas a ese momento (no ocurre de manera repentina, sino durante el transcurso de días y semanas), empiezas a dormir cada vez más, el cuerpo obtiene cada vez menos oxígeno, 15 horas al día, 18, 20, 24; no estás en coma, puedes estar lúcido, intercambiar palabras de amor, puede que hasta mantener una conversación algo más compleja. Pero al final empiezas a dormir la mayor parte del tiempo y, supongo, a desvanecerte. Sería el equivalente de la LMA a morir mientras duermes. Llega un punto en el que duermes las 24 horas y ya no despiertas. Pero también hay otros escenarios posibles. Tengo dos infecciones que, de descontrolarse, podrían matarme de un día para otro, por la espalda. Los médicos hacen todo lo posible por mantener estas infecciones a raya, creo que la fiebre está bajo control y que no es probable que muera de esta forma. Pero, quién sabe, tal vez me sorprenda. Marcia avisará a todo el mundo llegado el momento.

Así que, queridos amigos, lo que sospechábamos desde hacía un tiempo se confirma. Me queda muy poco tiempo en esta fascinante forma de polvo de estrellas de la que he estado hablando durante los últimos meses. No estoy asustado. Quiero aseguraros que no tengo miedo. Parece del todo banal quejarse por la ineludible disipación de mi polvo de estrellas en el polvo cósmico después de haber vivido 72 años en esta extraordinaria forma de existencia que solo unas muy pocas moléculas en todo el universo llegan a experimentar. De hecho, utilizar el término “experimentar” para referirme a mi polvo de estrellas es de por sí maravilloso. Los átomos no tienen experiencias. Solo son materia. Es decir, no soy más que materia. Pero materia organizada de forma tan compleja a través de los distintos umbrales de su propia complejidad que es capaz de reflexionar sobre su propia materialidad y sobre lo extraordinario que ha sido estar viva y consciente de que está viva y consciente de que es consciente de que está viva. Y de esa complejidad nacen el amor, la belleza y el significado que conforman la vida que he vivido. Y, por si fuera poco, formo parte de esa tremendamente privilegiada parte de la materia humana que ha conseguido, contra todo pronóstico, vivir una vida libre de miedo y de dolor por la crueldad de nuestra civilización, que nunca ha sentido el miedo del hambre, el miedo por la integridad física, que ha tenido los medios para criar a una familia maravillosa, mis hijos, en un entorno en el que creo que también se han sentido seguros y con las necesidades básicas cubiertas. Así de simple. Formo parte de una de las más avanzadas, privilegiadas, llámalo como quieras, formas de polvo de estrellas de este inconmensurable universo desde hace 72 años. Así empezó y así acabará. Pero eso lo sé desde que tenía seis años, por lo menos. Es unos cuantos años antes de lo que esperaba, pero no me quejo. No me quejo. Y supongo, por seguir divagando un poco más, supongo que, por si fuera poco, en algún momento entre mis últimos años de adolescencia y los primeros de la veintena, decidí aprovecharme de este extraordinario privilegio que tenía no para vivir una vida de excesos y hedonismo, sino para dotarla de significado para mí mismo y para los demás intentando hacer de este mundo un lugar mejor. La forma concreta que me propuse para cumplir este propósito está por supuesto históricamente ligada a las corrientes y movimientos intelectuales de los últimos años de los 60 y principios de los 70. No creo que por ello deba ser considerado un mero producto de ese momento histórico. Creo que mi obstinado intento de revitalizar la tradición marxista y dotarla de mayor relevancia en la justicia y transformación sociales de hoy en día está basado en una visión científicamente válida de como funciona el mundo. Pero no hubiera sido capaz de perseguir este conjunto de ideas de no haber formado parte de un entorno social donde esas ideas eran debatidas y relacionadas con movimientos sociales de forma más o menos acertada. Pero así fue y, como resultado, he disfrutado de una vida personal repleta de significado e intelectualmente apasionante. Así que no me quejo. Moriré dentro de unas semanas, realizado. No me alegro de estar muriéndome, pero estoy totalmente satisfecho con la vida que he vivido y con la vida que he compartido con todos vosotros.

Un último inciso sobre este tema tan digresivo: en noviembre de 2015 me atropelló un coche mientras iba en bicicleta. El más mínimo cambio en los acontecimientos hubiera bastado para que, en lugar de resultar gravemente herido, hubiera muerto sin siquiera darme cuenta. A veces, la gente reflexiona sobre cuál es la mejor forma de morir: de repente, mientras duermes, de un plumazo, o poco a poco, en un prolongado lapso de tiempo. Para mí, la respuesta está clara: la muerte que estoy experimentando es la muerte que elegiría. Pero hay un pequeño matiz sobre esta forma de morir que no llegué a entender de antemano. A menudo, cuando la gente habla en un contexto médico sobre la muerte, cuando el contexto es el tipo de muerte por la que me muero, poco a poco, se hace referencia a una especie de elección equilibrada entre calidad de vida y cantidad de vida. Bueno, lo que he descubierto es que, cuando estás muy enfermo, cuando el dolor de la enfermedad controla tu vida o incluso cuando, como ocurrió anoche, que tuve un ataque de tos muy doloroso e incontrolable que prácticamente no me dejó dormir, cuando ya no estás a gusto en tu propio cuerpo, deja de ser una cuestión de calidad de vida, es una cuestión de vida. Cinco semanas viviendo como me sentí anoche cuando tosía sin parar no son equiparables a dos semanas sin estos ataques. Cinco semanas viviendo así no es vivir. Así que le he dicho a los médicos que, de aquí en adelante, mi única prioridad es estar cómodo. No quiero estar grogui por la medicación y sentirme físicamente bien, también quiero estar lúcido mentalmente. Quiero poder conectarme y escribir en este blog hasta el final. Pero mi prioridad es estar presente. Y, luego, que dure lo que tenga que durar. Acabará pronto, con suerte durará tanto como sea posible, pero solo en el contexto de estar verdaderamente vivo.

Traducción: Carolina Salvador Aranda

sinpermiso.info/textos/erik-olin-wright-1947-2019-dossier

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