El “pensamiento único” sigue cosechando victorias. Nos cambian de repente el guion a los espectadores pero seguimos viendo la misma película en la que “el bueno” sigue siendo “el amigo americano”, es decir, EEUU y su quinto de caballería instalado en Europa con su versión OTAN y, los “malos, malos”, China y Rusia, que quieren destruir nuestro poblado.
Como director de escena de este cambio de guion aparece Donald Trump, y como productores que corren con todo el gasto de la película, la Unión Europea, su lacayo desde hace más de siete décadas. Luego, para completar el reparto, están los ucranianos, secundarios de lujo que, además de exponer sus vidas en el campo de batalla van a perder hasta sus propias tierras, incluidas las raras.
Donald Trump llega tarde y mal para salvar el imperio, pero lo va a intentar. Y lo va a hacer con una recetario de medidas que solo servirá, en todo caso, para agravar aún más la crítica situación interna de su país y, quizás, para desencadenar el mayor desorden mundial que imaginarse pueda, no sólo desde un punto de vista militar, sino económico y social.
Algo más de un siglo de intervencionismo golpista a todos los niveles de quien se proclama “el país más fuerte” de este planeta ha desembocado en un compuesto químico altamente explosivo, en una fórmula letal que, en el peor de los casos, puede llevarnos a todos por delante.
Todos los imperios comenzaron a dar muestras de su decadencia y, a veces, desaparición, mucho antes de que las páginas de la Historia lo registrasen. Ya estamos en ello. El corazón del sistema ya no bombea sangre, solo escupe metralla hacia afuera. Sus contradicciones son imposibles de solucionar so pena de un cambio que vaya en dirección totalmente contraria a la tomada, algo que, hoy por hoy se torna imposible dado que forma parte de su genética imperialista.
Trump, su política, su gobierno y gran parte de sus seguidores, son la muestra de una debilidad congénita, de un infantilismo retrógrado propio de quien quiere apropiarse de todos los juguetes en el patio de la escuela, de quien quiere marcar reglas únicas y absolutas para que todos se sometan a sus irracionales propuestas.
No, no es el fin de la Historia, pero se le parece. Eso sí, es el fin de una Historia, el precipitado de una acumulación de aberraciones que ahora, al menos, necesitaría de una corrección radical de lo que venían siendo sus actuaciones para, en todo caso, alargar la agonía del moribundo. ¡Ojo, de un moribundo que puede acabar con todo rastro de vida sobre la faz de este planeta!
Trump no es la solución a nada sino el efecto más patente de la descomposición de un régimen que bien pudiera calificarse como “brutalista”, un término acuñado por el pensador camerunés Achille Mbembe, y que el investigador independiente, activista y “filósofo pirata” Amador Fernández-Savater, en un magnífico escrito titulado “El brutalismo, fase superior del neoliberalismo” nos explica con estas palabras: “Proveniente del universo de la arquitectura, donde denomina un estilo de construcción masivo, industrial, altamente contaminante, el brutalismo como imagen del mundo contemporáneo nombra un proceso de guerra total contra la materia. El diagnóstico de Mbembe no es simplemente político o económico, cultural ni siquiera antropológico, sino civilizatorio, cósmico, cosmopolítico. Designa la relación dominante con lo existente. Una relación de forzamiento y extracción, de explotación intensiva y depredación. El mundo se ha convertido en una gigantesca mina a cielo abierto. La función de los poderes contemporáneos, dice Mbembe, es “hacer posible la extracción”.
Así, de alguna manera, el “brutalismo” sería la consecuencia última de más de un siglo de intentos de hegemonía de lo imposible, el signo fatal de todo imperio: su propia destrucción. Ocurre lo mismo en la Naturaleza. Si una especie se apropia de todo un ecosistema, acaba por acelerar su propia destrucción. En esas estamos con Trump, una especie de dino-empresaurio nato, más que un político al uso. Una máquina de calcular beneficios donde quiera que aposente su mirada, un evaluador de riesgos, un moroso empedernido, la última expresión de cómo la política obedece casi siempre a cálculos económicos. Y en eso está volcada su Administración. No hace falta nada más que ver el elenco de tecnofascistas que ha nombrado para ocupar la Administración USA.
Lo preocupante es que masas enteras de baja extracción social están comprando sus discursos a toda esta gente sin escrúpulos morales y desprovista del menor atisbo de ética y que está ascendiendo a la cúspide de numerosos gobiernos del mundo. Trump es solo el referente principal, otros como Bukele, Milei o Abascal… son aprendices de él. Y llegarán muchos más, todos ávidos de poder.
Por de pronto, el tablero geoestratégico mundial ha comenzado a moverse como un cataclismo de dimensiones colosales. Para Trump y sus adláteres el enemigo es un nuevo Vietcong que está en todas partes, como la cada vez más poderosa China (con otra forma de dominio comercial que amenaza su hegemonía), o como los países emergentes de los BRICs (India, Brasil, Sudáfrica…), o como una Unión Europea que ahora no sabe si quiere o no seguir siendo su “aliado principal” o un socio llorón que suplica que no la abandone, o como los emigrantes, las mujeres, todo lo que huela a transgénero, o como cualquiera que no sea supremacista blanco o detractor del cambio climático…
“Make America great again” no deja de ser una patochada, un recurso para el consumo destinado a distraer a individuos con capacidades mentales severamente afectadas, un engaño masivo a la clase media empobrecida de los EEUU que le ha votado en masa, el último coletazo del “sueño americano” encarnado en Walt Disney y John Wayne, una propuesta de felicidad encapsulada en un Winchester 73 que ahora dispara balas de Inteligencia Artificial y que nos invita a viajar como turistas a Marte en la nave Starship con el comandante Elon Musk al mando.
El “sueño americano” hace tiempo que se convirtió en pesadilla. Hasta la otrora fastuosa “Hollywood” es pasto de las llamas. Ahora, los Estados Unidos de Norteamérica (otro pueblo, al parecer elegido por Dios, en competencia con el sionismo) es un país-puzzle lleno de zombis (tomen o no fentanilo) y de “muertos vivientes” que solo tienen entre ceja y ceja consumir recursos sin límites y a ser posible de otros países.
Ahora, y digámoslo claro, desde su propia Constitución en 1787, los Estados Unidos de Norteamérica no son ningún espejo en el que mirarse. Al contrario, son la prueba más fehaciente de que, como todo imperio, se fundó vía genocidios y masacres. Su historia lo confirma por mucho que las películas del Oeste nos vendieran como héroes a quienes no eran sino asesinos en serie.
Ahora, los Estados Unidos de Norteamericana ya no tienen quien les salve. Van, más pronto que tarde, directos al desastre. Podrán seguir causando daños, podrán seguir exportando guerras por todas las latitudes, pero el reloj de la Historia ha comenzado a marcar su declive y suenan campanadas a muerte.
El “brutalismo” reactivo de Trump no solo se dirige hacia China, los BRICs, la Unión Europea, el Tercer Mundo en su conjunto, los emigrantes, las mujeres, etc. Su plan está contenido en las más de 900 páginas del Proyecto 2025, «un complot distópico que ya está en marcha para desmantelar nuestras instituciones democráticas», como lo ha definido Jared Huffman, un congresista demócrata de California, y todo ello en forma de un vademecum de medidas en múltiples direcciones para reordenar un mundo que se les ha quedado desajustado para sus intereses.
La lista de acciones de Trump comienza por apuntar a su máximo enemigo: China. Luego le sigue el G-7, que va a quedar convertido en la práctica en un G-3 (EEUU, China y Rusia). De esa escena principal queda aparcada la inútil Unión Europea, otro secundario encharcado en sus propias incapacidades en el campo embarrado de Ucrania y supeditada a rearmarse con la criada Ursula Von der Layen que se afanará en dos vertientes: que todo ese macro presupuesto de gasto militar de 800.000 millones de euros sirva para relazar la maltrecha industria germana (ella fue ministra de Defensa) y que, de paso, enriquezca al complejo militar-industrial yanqui.
Pero la cuestión geopolítica fundamental (y este es el dato al que hay que prestar atención en las próximas décadas) esta vinculada, paradójicamente al “cambio climático” y se llama “la navegación por el Ártico”, un mar-continente helado que ya comienza a ser navegable durante algunos meses al año pero que, dentro de medio siglo, estará abierto totalmente y eso cambiará toda la geopolítica de forma definitiva.
Junto a eso, hay otra cuestión que aunque hoy parezca remota, tiene todos los visos de ser la bisagra que cambie los ejes de dominación del mundo en las próximas décadas. Rusia, incluida Siberia, con una grandísima plataforma continental mirando hacia el Ártico, es el país con más superficie territorial de todo el planeta, al que le sigue a mucha distancia Canadá, China, Estados Unidos, Brasil y Australia. Esto es decisivo, porque a pesar de esa predominio territoral de Rusia, este país no dispone de los recursos suficientes para explotar las inmensas riquezas que se esconden bajo la superficie de ese Ártico colindante con Rusia, Canadá y Groenlandia, objetivos prioritarios para Trump a la hora de reconstituir e inyectar recursos, sobre otras bases más sólidas, el imperio norteamericano. Y aquí estarían las numerosas conversaciones secretas entre Trump-Putin para rentabilizar esos recursos por medio de un reparto amistoso que les garantice las máximas cuotas de poder en la tablero de la hegemonía mundial.
Desde esta perspectiva, y de cara al futuro, Ucrania, Irán, Israel-Palestina, los BRICs incluso, son piezas menores, intercambiables como cromos a negociar, porque la partida principal, como decimos, está en otra parte: en el Ártico, no sólo como poseedor de riquezas inmensas sino como nueva vía de comunicación que desequilibrará todos los circuitos de producción-distribución e intercambio de mercancías y servicios actuales.
Pero, no nos engañemos, porque si se llega a eso, en todo caso, se habrá acabado con la mayor reserva de vida y recursos del planeta después de la inexorable explotación de la Amazonia que lleva camino de consumarse en las próximas décadas. Así que “game over” (“juego terminado”), porque vamos camino de nuestra propia destrucción y casi la única cuestión a dilucidar es que su “brutalismo” salpique lo menos posible. En definitiva, navegamos sobre un “Titanic” con Donald Trump al frente. Lo que no sabe este tipo es que este barco hace agua por todas partes y que incluso su amigo Elon Musk en lo que más piensa es en cómo escapar a Marte.
Txema García, periodista y escritor
Imagen de portada: ComeyBerg | Trumps ship of state is sinking – hit by an iceb… Flickr | Detalles de la licencia