Trump y el socialismo latinoamericano

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Después del desafinamiento de la revolución cubana con Obama, todo sugiere que con Trump el aguerrido espíritu revolucionario castrista puede resurgir.

Una especie de derechización se está sucediendo en el primer mundo, el Brexit, el triunfo de Rajoy en España, el auge de la extrema derecha en Austria y Francia y la huida de Hollande después de no ser capaz de cumplir sus compromisos de izquierdas, han dejado al socialismo internacional desprestigiado.

Pareciera que el mensaje global del capital sobre el bienestar social ha calado y es creído no sólo por la parte más próspera del mundo occidental, las clases trabajadoras, las menos favorecidas, fueron las que llevaron al poder a Trump.

En América Latina, Argentina dejó la estela del socialismo y hace unos días Venezuela fue expulsada de Mercosur con la firma de Brasil, Uruguay, Paraguay y Argentina.

El discurso y los escudos de defensa mediática de la izquierda no encuentran el camino  de la credibilidad y ahora con la política exterior de Trump tienen pocas salidas, una de ellas será la de comportarse como la parte débil del establishment, la otra crear nuevos bloques internacionales haciendo un profundo estudio sobre la calidad de sus discursos y el marxismo de hoy.

Para la política de andar por casa el socialismo se ha plegado al poder del gran capital mundial y es incapaz de presentar un ejemplo valido a seguir.

América Latina y el Caribe (ALC) saben que hoy existen países que conocen lo que es ser más ricos que hace unos 20, 30  o 40 años, países que profesaron el comunismo; Taiwan o Korea del Sur son un ejemplo de ello y nada sugiere que quieran regresar por la senda andada.  Ello también desglobaliza al socialismo latinoamericano.

Con Trump la Latinoamérica socialista debe esperar un Estados Unidos más hostil no sólo hacia los emigrantes mexicanos, debe prepararse para hacer frente a un poder excluyente.

Con la nueva política exterior norteamericana ALC debe prepararse para el regreso a un patriotismo con infinita  más fuerza del que explotó Fidel, Raúl y Chávez, un patriotismo emanado de arriba hacia abajo,  sin máscaras, ni rubores, ni colores.

Sin embargo no se trata sólo del socialismo; Latinoamérica y el mundo deben esperar que todo aquello distinto a lo que Trump considere norteamericano será juzgado con los valores de ese país: la religión y el color de la piel, por ejemplo.

Trump está apostando por un EEUU mucho más rico y militarmente más poderoso, no quiere el papel de la supervivencia rusa o de los segundones europeos.  Apuesta por un patriotismo individualista frente a la pérdida de soberanía y el fortalecimiento de la tolerancia impuestos por el mismo globalismo capitalista.

Para Trump una América (USA) grande tiene que regresar a sus raíces cuando la inmigración venía del norte, una América blanca; una especie de proteccionismo al estilo británico.

Frente a esa política individualista, Venezuela, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Bolivia enfrentan una izquierda globalista incluyente pero envejecida.

Como el fallecido Chávez, Trump se siente predestinado a proteger a los suyos y a su país, se siente obligado a velar por los intereses norteamericanos. Para él no se habla de racismo cuando dice lo que ha dicho y cuando quiere hacer lo que ha dicho que quiere convertir en realidad, aunque sea una realidad desintegracionista con los que vienen de México a pesar de que algunos sean gente buena.

En cuanto a la política laboral, Trump ya ha mostrado sus cartas, no está dispuesto a perder ningún empleo en Norteamérica en beneficio de terceros,  la ha iniciado con Carrier en detrimento de México y la ha continuado amenazando al mundo empresarial que pretenda marcharse del suelo estadounidense para luego revenderle sus productos a los EEUU.

El otrora patio trasero debe saber que no habrá distinción alguna y que se verá obligada a impulsar su industria y a esperar menos inversiones y desarrollos tecnológicos. Una difícil tarea la de Trump y para el mundo.

Esa política de Trump está atada a sus preocupaciones por recuperar y proteger las economías familiares y la grandeza de antes, le importa poco que le llamen populista, sabe que no está solo en este andar, otros también quieren preservar su cultura, en Europa se rechaza de plano el burka, el burkini y el velo, por considerárseles símbolos de la radicalidad musulmana, además se le paga a Turquía para frenar la inmigración.

A Trump le importa un bledo el que sus amigos republicanos sientan en peligro su futuro político, el hombre naranja no es demócrata ni republicano, es un ultraconservador del status y de la identidad de Norteamérica, si por él fuera, aplicaría el USAXIT económico, social, religioso y político.

ALC no es vista por los estadounidenses como exportadora del terrorismo internacional, lo que no sucede con los inmigrantes musulmanes de Oriente Medio, pero Trump ha exacerbado el sentimiento comedido y ha logrado una división en el seno de su sociedad; todo bajo la pretendida amenaza a la seguridad y a la prosperidad nacional. Por ello para los seguidores de Trump el único motivo de lucha es el de mantener su statu quo, su clase social y sus costumbres. Dentro de esta defensa,  todos los que intenten cambiar esos valores serán rechazados.

Con el nuevo presidente la oposición nacional e internacional no necesariamente será de izquierdas, no sería extraño ver que la socialdemocracia y la izquierda más radical se acercaran y los del centro derecha también. Todos, considerándose moralmente superiores, incluso Trump.

Para Trump los multibillonarios norteamericanos, la clase media y quien se ponga de su lado, que utilizaron el globalismo para incrementar sus miserias, bienes y fortunas, ahora están en la obligación de superarlas o consolidarlas bajo la tutela del individualismo, el proteccionismo y el patriotismo.

La pelea de Trump no es sólo contra México sino contra lo que los mexicanos han ido creando en Estados Unidos, no contra los que llegan ahora, sino contra todos los que subvierten los principios del hombre más poderoso de la tierra, no es sólo contra el color, también lo es contra las tradiciones y la lengua; ahí está el ejemplo del famoso periodista mexicano Jorge Ramos, expulsado durante una rueda de prensa mientras Trump le recordaba que trabajaba para un medio latino.

Trump ha decidido enfrentarse al mundo actual, a ese nuevo orden mundial que nunca nadie ha entendido de qué va;  saluda a Taiwán y regaña a China, abraza a Putín y reniega de ALC, tiene negocios en Turquía, en los Emiratos Árabes y proyectos en el país con mayor número de musulmanes en la tierra, Indonesia, y los rechaza públicamente.

El presidente está convencido de que hace lo correcto, de que triunfará, de que logrará que Rusia se convierta en su vecino favorito, desinteresándose si hay mucha o poca libertad de expresión o respeto los derechos humanos con Putin.

Está persuadido de que Rusia se plegará a la exigencia norteamericana del comercio y del ostracismo a quienes no les apoyen. Prefiere tener cerca a Rusia que lejos.

Todo eso es muy posible que lo piense Trump, pero ello no significa que lo mismo suceda con Putin, el presidente ruso quiere regresar al status de superpotencia y no busca ser visitado por su nuevo amigo bajo la égida del hombre más poderoso de la tierra.

Visto así, Trump pareciera estar dando inicio a un juego peligroso: regresar a ser el más fuerte, no realizar grandes inversiones fuera de su territorio, vender más armas y comprar las mínimas y, crear un escudo a la inmigración pero que sus ciudadanos sean respetados en el mundo. Un juego del poder económico que desde ya no parece vaya a tener éxito.

Bajo ese empeño, Trump menosprecia otros componentes claves del nuevo liderazgo mundial, la cultura, la innovación y los principios morales, todos mucho más duraderos que los que él pregona. No quiere  aceptar que hoy a EEUU le queda grande ser el guía del mundo. El poder económico y las armas se antojan incapaces de transformar a USA en lo que fue, además hay otros que tienen las mismas aspiraciones y posibilidades.

Trump quiere volver a intimidar al mundo, regresar a una especie de guerra fría, al ordeno y mando. Prefiere lo dicho por el poeta inglés John Milton: Reinar en el Infierno que servir en el Cielo.

Sus aspiraciones pueden llevarle al más puro despotismo internacional, convirtiéndole en fuente de inspiración para fuerzas extremistas como las inglesas, griegas y francesas. Trump puede crear un vacío en la seguridad y estabilidad mundial y del Medio Oriente y crear desconcierto en las relaciones entre Estados Unidos, Europa y la misma Rusia.

La satisfacción de Trump será colmada en detrimento del resto y en esa misma medida podrán aparecer países que reclamen su propia independencia de soberanía, el respeto a sus prioridades y en algunos casos, el atrincheramiento ideológico.

participa@latinpress.es

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